LA CEREMONIA DEL RAYO
El cañón del Antílope
Sin embargo, no habíamos concluido todavía, y yo no sabía bien por qué. Parecía que tenía
que estar todo terminado y completo, pero no era así. Le pregunté a la Madre Tierra qué
faltaba por hacer, y ella, sencillamente, me contestó:
—Drunvalo, lo que queda es un regalo para ti. Un regalo de entendimiento.
Pero yo seguía sin entender.
Nos pusimos nuevamente en carretera. Frente a nosotros se extendía el largo y
fascinante camino a Page (Arizona), al extremo superior del Gran Cañón. Allí íbamos a
realizar nuestra ceremonia final. Pero primero pasaríamos la tarde en una catedral
natural única, conocida como cañón del Antílope, donde conoceríamos a Dalvin, un chamán
navajo cuya fiera protección hacia su gente nos iba a proporcionar nuestra última prueba
de fe y amor.
El cañón del Antílope es tan sagrado para los navajos que sólo se permite la entrada a los
visitantes si van acompañados por guías nativos. Estos guías (Dalvin y sus dos tías, Carol y
Lisa) recibieron a nuestro autobús y todos nos apiñamos en sus camiones para efectuar
un trayecto de veinticuatro kilómetros por lo que parecía desierto en estado puro.
A continuación, seguimos a pie a través de un acceso casi escondido y desfilamos desde
el calor de una tarde de agosto en Arizona al frescor tranquilo de un cañón con aspecto
de cueva. El suelo arenoso, de un color claro, resultaba suave bajo nuestros pies. Una luz
multicolor, procedente de las escasas aberturas de la parte superior, se filtraba por los
vórtices como un remolino de energía que podía sentirse a nuestro alrededor.
El cañón del Antílope es un pasaje serpenteante y estrecho, de no más de seis metros en
su parte más ancha, que conduce de un trozo de desierto a otro, con paredes de piedra
roja a ambos lados que parecen haber sido modeladas por algún escultor divino. El espacio
fluye y se arremolina como el agua que lo formó. Se trata de un lugar distinto de
cualquier otro que yo haya visto.
Dalvin nos condujo en silencio por el cañón, y cuando emergimos al otro lado se sentó
sobre un afloramiento rocoso y comenzó a contarnos historias sobre su cultura.
Hablaba muy despacio, con cadencia mesurada, tan bajo, que teníamos que acercarnos
mucho para poder escucharle. Nos relató un accidente casi fatal que había sufrido
cuando era joven, y cómo aquel accidente había marcado el comienzo de su vida como
chamán. Durante el largo tiempo que había estado en coma, había «viajado al fondo del
más allá», y cuando volvió estaba cambiado.
Nos habló acerca de su forma de utilizar el peyote, y nos dijo que aquel cañón era una
iglesia peyote viva. Y mientras hablaba, nos miraba profundamente a los ojos, como si
quisiera comprobar quiénes éramos realmente.
Tras un rato de estar contándonos cosas, Dalvin nos condujo de vuelta al cañón. Me di
cuenta de que no estaba seguro de nosotros, de lo que sentía hacia nuestro deseo de
llevar a cabo una ceremonia en aquel lugar sagrado, y de que no estaba plenamente
convencido de que tuviéramos derecho a hacer nuestra rueda medicinal en Colorado, de lo
que le había hablado uno del grupo. Muchos de nosotros percibimos sus dudas.
Cuando finalmente llegamos a una especie de área circular en las profundidades del
cañón, nos volvimos a reunir alrededor de Dalvin. Él se puso a tocar la guitarra y a cantar,
y luego nos dijo que deseaba cantarnos una canción peyote, pero que no tenía su sonajero.
Entonces Vina, una de las mujeres del grupo, que tenía sangre india, le entregó un
sonajero medicinal que llevaba consigo. Él lo sacudió unas cuantas veces, mirándolo con
atención, escuchando, aparentemente pensando. Luego cantó dos canciones peyotes con el
sonajero, las canciones medicinales de su camino. A continuación, y tal y como nos dijo
Vina, le devolvió el sonajero y le dijo que era bueno.
—Me ha ayudado a cantar bien —le dijo.
El cañón del Antílope.
Después de escuchar las canciones de Dalvin, le devolvimos el regalo con lo que se había
convertido en nuestra canción: Amazing Grace. Él asintió.
Una de las tías de Dalvin nos preguntó si íbamos a celebrar una ceremonia. Asentimos y
todos nos dirigimos juntos al Espacio del Corazón, orando para que llegara la lluvia a las
Cuatro Esquinas y cambiara el clima en aquella sagrada tierra navaja, y para que los
nativos americanos y los hombres blancos se hicieran Uno Solo.
El cañón se iluminó con una suave luz y fue fácil sentir los corazones de todos nosotros
fundiéndose en la unidad, todos como un solo hombre.
Susan Barber, una de las integrantes del grupo, se sentó con las dos tías de Dalvin y se
puso a hablar con la mayor de ellas, una bella mujer llamada Carol. Le preguntó acerca de
lo que había sentido durante nuestra ceremonia.
—Muchísimos grupos vienen a este lugar y hacen rituales que nunca me parecen reales o
auténticos —dijo Carol—. Ésta ha sido la primera vez que he podido sentirme igual en una
ceremonia con blancos que cuando llevamos a cabo las nuestras —sonrió, con una
expresión radiante—. «Vi» cómo venían las lluvias.
Entonces habló Dalvin, y lo que dijo nos puso la carne de gallina a los que estábamos
suficientemente cerca de él como para oírle. Nos dijo que la rueda medicinal (y dibujó
con su dedo índice un círculo imaginario sobre su camiseta) tiene una cruz (dibujó la cruz,
de norte a sur y de este a oeste). El problema era que algunas personas realizaban la
ceremonia «casi bien», pero en lugar de tener energía en forma de cruz la tenían en
forma de X. E indicó la X imaginaria dentro de la imaginaria rueda medicinal de su
camiseta, diciendo:
—La equis conduce al lado oscuro.
¡Era exactamente la misma imagen —hasta en el detalle de la camiseta— que yo había
recibido en mi visión del autobús antes de que cantáramos para conducir a los niños
anasazis hacia la libertad! Y como ya he explicado con anterioridad, más tarde se me
mostró que nuestro alineamiento incorrecto había sido sanado. Y allí estaba aquella
enseñanza en la «vida real», confirmando mis visiones.
Pero Dalvin seguía sin estar convencido.
Un ciego puede ver
De vuelta al exterior, y cuando nos estábamos preparando para ser llevados de regreso a
nuestro autobús, Dalvin señaló una forma de serpiente sobre la pared de la entrada del
cañón del Antílope y empezó a hablarnos sobre ella. Ilustraba cada detalle de lo que
estaba diciendo señalando a la forma de la serpiente y moviendo el dedo a lo largo de la
formación de doce metros de longitud. Mientras lo hacía, su tía Carol se volvió hacia mí, y
me dijo suavemente:
— ¿Verdad que es sorprendente? —Le pregunté qué era lo que quería decir—. Bueno,
está totalmente ciego.
Y así fue cómo supimos que Dalvin, que había llevado a algunos de nosotros en uno de sus
camiones (¡y que iba a llevarnos de vuelta en la oscuridad!), que nos había conducido sin
fallos por el cañón del Antílope, que nos había mirado profundamente a los ojos mientras
hablaba y que en aquel momento estaba señalando las características de la serpiente que
guardaba su iglesia peyote, había perdido la visión de ambos ojos como resultado de aquel
lejano accidente del que nos había hablado.
Según Carol, a los visitantes del cañón nunca se les confesaba la ceguera de Dalvin. De
hecho, ni siquiera lo sabían sus propios hijos.
Una vez más habíamos recibido un regalo de conocimiento secreto que normalmente se
negaba a las mentes tecnológicas modernas de la mayoría de los visitantes de las
reservas. Pero poco sabía yo que Dalvin estaba dispuesto a ir mucho más allá para probar
a nuestro grupo.
Rafting en el río Colorado
Aquella tarde llegamos al lago Powell, en Page (Arizona), un lugar de vacaciones en la
punta norte de la formación del Gran Callón. Allí Diane tenía un regalo para nosotros: una
excursión de rafting por el río Colorado, a través del cañón Glen; una excursión de
veinticinco kilómetros a través de uno de los lugares más formidables de la Tierra.
Inmensas paredes de piedra roja, de más de quinientos metros de altura, se elevaban a
ambos lados del río. Estábamos literalmente metidos en una profunda grieta de la Tierra.
Vimos grandes garzas azules que pasaban rozando el agua y escuchamos las historias que
nos contaron nuestros guías del río acerca de las personas que vivían allí antes de la
llegada del hombre blanco.
En un punto determinado desembarcamos para caminar por la orilla y vimos petroglifos
realizados por los nativos americanos que habitaron en aquellos cañones hace siglos.
Especulamos con el significado de las imágenes. Una de ella parecía decir: «Aquí se puede
cazar». O quizá: «Sigue en esta dirección para encontrar buenos patos».
A la mañana siguiente nos fuimos hacia nuestro destino final, el Parque Nacional del Gran
Cañón. Yo sabía que allí, junto al borde de una de las siete maravillas del mundo natural,
iba a ser donde celebraríamos nuestra última ceremonia.
La ceremonia de la entrega
Elegimos la ceremonia de la entrega porque fue la utilizada hace mucho tiempo por los
Antiguos y la siguen practicando los nativos americanos actuales. Consiste en identificar
un objeto al que nos sentimos muy apegados y deseamos conservar con todas nuestras
fuerzas..., y entregarlo en sacrificio. Para el mundo nativo supone una sanacion para la
propia persona y para sus relaciones.
Parece sencillo. Sin embargo, como damos tanto valor a nuestras posesiones y como
nuestro cuerpo emocional también suele estar conectado a ellas, a menudo se producen
sanaciones profundas.
Tres de nosotros (otros dos hombres y yo) estuvimos mucho tiempo buscando por los
bosques del Gran Cañón y finalmente acordamos un lugar entre los árboles, escondido a la
vista del resto del parque. Marcamos el punto con una piedra especial y dibujamos una
pequeña rueda medicinal en la tierra roja. Luego los otros dos hombres fueron a buscar a
los demás.
Cuando me dejaron solo, dos hembras de alce, madre e hija, se me acercaron para
averiguar qué iba a pasar. Nos miramos y ellas se sentaron para observar. En aquel
momento supe que lo que estaba a punto de suceder sería perfecto, fuera lo que fuese.
Lo preparé todo para la ceremonia, y cuando terminé me senté en el suelo para meditar.
Al hacerlo, Dalvin se me apareció en una visión con muchísima claridad. Me dijo:
—Quiero que demostréis que tú y tu grupo estáis realmente conectados con la Madre
Tierra y con el Gran Espíritu. Si lo hacéis, me uniré a vosotros en mi corazón y os ayudaré
en todo. Pero si no sois capaces de hacerlo, entonces os convertiréis en mis enemigos.
Le dije que yo también buscaba la prueba de que realmente habíamos cumplido el
propósito que albergábamos en aquel viaje sagrado, y le ofrecí lo que debía ser la prueba.
Yo sabía que la única que Dalvin podría aceptar sería una que viniera de la Madre
Naturaleza, una sobre la que yo no tuviera ningún control. Por eso le dije que, cuando
comenzara la ceremonia de la entrega, en el momento exacto en que la primera persona
entregara su regalo a la Abuela, la directora de la ceremonia, un rayo brotaría del cielo y
caería sobre el suelo en un punto muy cercano al círculo. En mi visión, Dalvin aceptó.
Comenzaron a aparecer entre los árboles los miembros del grupo, primero uno, otros
muchos a continuación, y se colocaron alrededor del pequeño círculo de piedras. Los alces
se pusieron nerviosos al ver a tanta gente y desaparecieron rápidamente en el bosque.
Cuando estuvimos colocados, le pedí a la mujer de más edad que se acercara para ser la
Abuela. Ella debía recibir los regalos, escuchar las palabras de las personas que los
entregaban y a continuación, al final de la ceremonia, elegir un regalo para cada una de las
personas del círculo. Susan Barber, o Moonhawk (su nombre medicinal), se convirtió en
nuestra Abuela.
Cuando se colocó en el círculo a un lado de la pequeña rueda medicinal, todos nos dimos
cuenta de que se había producido un cambio en el clima. Era casi la puesta de sol, y en
lugar del aire calmado y caliente al que habíamos estado acostumbrados durante casi dos
semanas, de repente estaba refrescando. Soplaba el viento, azotando los altos pinos que
nos rodeaban. Nubes de tormenta corrían por el cielo oscurecido. Se podía percibir una
sensación misteriosa, como de otro mundo.
Elevé una oración de inicio para que todo se hiciera de una forma amorosa. Entonces la
Abuela pidió a la primera persona que se acercara con su regalo.
Se trataba de Osiris Montenegro. Se acercó con lágrimas en los ojos, pues su regalo en
la ceremonia era un objeto de enorme significado para él, y se arrodilló frente a la
Abuela, sosteniendo su ofrenda con las dos manos.
Justo en el momento en que estaba a punto de entregarla a la Abuela, un relámpago
cruzó el cielo, un trueno ensordecedor nos envolvió y un rayo cayó sobre el suelo a
escasos veinte metros del círculo. Todos los que estaban sentados alrededor de él dieron
un salto, sobresaltados.
Yo no me sentí asustado. Me sentí feliz. Empecé a reír. No pude evitarlo, pues sabía que
habíamos tenido éxito con nuestro viaje sagrado. Recuerdo que miré al grupo y me di
cuenta de que frente a mí se encontraban unas almas de gran profundidad y compasión,
una comunidad global de maestros. No podía pronunciar palabra. Miré hacia el suelo, pero
la felicidad seguía brotando de mi cuerpo.
Tras la ceremonia, Vina, la que había prestado el sonajero a Dalvin para sus canciones
peyote, y que no sabía nada de lo que había sucedido en mi meditación poco antes de la
ceremonia, dijo que Dalvin se le había aparecido después de ésta y le había pedido que me
entregara su sonajero. Yo supe que el gesto había procedido de él y que, a partir de ese
momento, Dalvin sería un amigo que nos ayudaría en las ceremonias sagradas que
celebráramos en otras tierras. El regalo del sonajero de Vina había sido para todos
nosotros. Realmente estábamos respirando con Un Solo Corazón.
La ceremonia de la entrega duró casi tres horas. Durante todo este tiempo, el viento
continuó soplando. Las ramas de los árboles se agitaban con gran ruido por encima de
nuestras cabezas. Muchos creyeron que se estaba acercando una enorme tormenta. Era
el cuarto día después de la rueda medicinal de Colorado.
Pero en el momento en que concluyó la ceremonia, todo aquel despliegue meteorológico
cesó como por arte de magia. Paró el viento, las nubes se alejaron y los árboles quedaron
quietos. Y sobre nuestro círculo, billones de estrellas brillaron en el cielo nocturno.
Y llegaron las lluvias
A la mañana siguiente nos pusimos en camino de vuelta a casa. Al entrar en Flagstaff,
gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza sobre nuestro autobús. Era tal y como
me había dicho la Madre Tierra después de la ceremonia de la rueda medicinal. Habían
pasado exactamente cinco días.
Cuando recogí mi coche aquel mismo día, el cielo estaba cubierto de nubes. Conduje
hasta mi casa en medio de una lluvia torrencial.
Las ruedas medicinales eran ya también Un Solo Corazón, pues eran creación nuestra.
Las personas que se habían reunido en el espacio del Corazón Único para el viaje tomaron
sus respectivos caminos, de vuelta a sus hogares y junto a sus seres queridos. Aunque
ahora estábamos separados por la distancia, en nuestros corazones siempre seríamos
Uno. Siempre recordaremos cómo nuestro amor nos guió en aquella peregrinación;
recordaremos a las personas a las que conocimos y cómo juntamos nuestro poder creativo
en una sola fuerza, y recordaremos las ceremonias que llevamos a cabo por la sanacion del
mundo.
Yo sé que los anasazis son ahora hermanos míos, y que llegará el tiempo en que su
presencia en nuestros corazones pueda contribuir de forma crucial a nuestra gran
ascensión.
Que el Gran Espíritu nos bendiga en nuestro regreso al mundo ordinario y bendiga a
todos aquellos a los que nuestras vidas tocarán.
Este Blog, tiene como objetivo, compartir temas de espiritualidad en un lenguaje simple y fácil de entender. Además también es objetivo del Blog, analizar las enseñanzas de los grandes maestros, buscando presentarlas de manera que cualquier persona pueda comprenderlas.
jueves, 18 de marzo de 2010
miércoles, 17 de marzo de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
CAPÍTULO ONCE
LOS ANASAZIS Y LA RUEDA MEDICINAL DE UN NUEVO SUEÑO
La Serpiente de Luz y los ciclos del tiempo crean un nuevo sueño
Al cabo de doce mil novecientos veinte años, el ciclo se completa cuando el cambio en la
precesión de los equinoccios se acerca a la constelación de Acuario y comienza un nuevo
movimiento. Tíbet e India han cumplido su propósito de iluminar al mundo con gran
integridad, y la Serpiente de Luz está acurrucada en su nuevo hogar en las alturas de los
Andes del norte de Chile, rodeada por Perú, Bolivia, Argentina y el océano Pacífico. Su
fuerza crece día a día a través de su conexión con el centro de la Tierra, y la humanidad
está a punto de recibir una inmensa sorpresa. Un nuevo ciclo de luz está en proceso de
revelarse al mundo, justo en el momento en que parece que la oscuridad está
imponiéndose en el alma humana. Decir «gracia sorprendente» es quedarse corto.
Los acontecimientos relatados en este capítulo tuvieron lugar en 2003, y el momento al
que han hecho referencia tantos libros, la fecha del 21 de diciembre de 2012, se está
acercando con rapidez. Los que están en el conocimiento se preguntan, desde lo más
profundo de su corazón, qué va a suceder. ¿Cómo cambiaremos los seres humanos y la
Tierra? ¿Conseguiremos llegar a esa fecha antes de que el entorno o los políticos de este
loco mundo dicten nuestra desaparición? Son demasiadas las preguntas que han inundado
nuestra consciencia, creando un enorme estrés en nuestras vidas.
Para que lo sepas, los niveles más elevados de consciencia pusieron a la Serpiente de Luz
en este mundo para responder a nuestras preguntas acerca de la supervivencia, la
regeneración y la ascensión. Estaremos bien. De hecho, estaremos mejor que ahora. Por
favor, no te preocupes y confía en la Vida, pues es perfecta. Existe un ADN cósmico que
está desplegando los acontecimientos del mundo tal y como la Consciencia Única lo soñó
originalmente. Esta realidad se aclara a medida que tus ojos se vuelven uno solo cuando
pasas de la dualidad a la Conciencia de Unidad, cuando entras en el corazón de la
Serpiente de Luz.
La Serpiente se enrosca en su nuevo hogar
y nosotros respondemos
Era una mañana de lunes de 2003 y la luz del sol naciente entraba casi
imperceptiblemente por la ventana de mi dormitorio, iluminando el paisaje de mis sueños
interiores. En unos instantes alcanzaría mis ojos físicos y yo respondería, pero por el
momento estaba tan profundamente inmerso en mi meditación que casi no percibí que mi
habitación estaba comenzando a revelarse como si la iluminara con un interruptor que
atenuara la luz. Los ángeles llevaban casi una hora instruyéndome y yo había olvidado que
todavía me encontraba en la Tierra, dentro de un cuerpo humano. Me estaban diciendo
que se me pedía que sirviera a la Madre, para lo cual iba a tener que moverme por todo el
mundo y celebrar ceremonias con las tribus indígenas y para ellas, unas ceremonias
necesarias para las energías que estaban llegando. Me informaron de que había que hacer
aún más cosas para asistir al cambio de poder del varón a la mujer. Eran conscientes de
que yo no era capaz de comprender plenamente la extensión de lo que hablaban, pero
también sabían que confiaba en ellos. Siempre lo he hecho. Los dos ángeles se me han
estado apareciendo desde 1971 y yo sabía que, siempre que lo hacían, era por alguna
razón. Por regla general solían ser muy concretos.
Pero esta vez era diferente. Todo aquello de lo que hablaban parecía estar envuelto en
un velo. Hablaban acerca de determinados pueblos indígenas y lo importantes que eran
para la supervivencia humana. Estos pueblos guardaban recuerdos, conocimientos y
sabiduría, y sin esa experiencia y esos conocimientos la humanidad actual nunca sería
capaz de llevar a cabo la transición a través del gran abismo, que se estaba acercando a
gran velocidad.
Les pregunté de qué tribus estaban hablando, y me contestaron que, de momento, los
anasazis, los mayas, los incas y los zulúes eran los más importantes, pero que en su
momento vendrían otros, tal y como habían hecho en el pasado.
— ¿Y cómo debo empezar a prestar servicio? —pregunté. Me miraron como si les
estuviera tomando el pelo, y respondieron:
—Permanece en tu corazón, Drunvalo, y sabrás lo que debes hacer. En los viajes que
estás a punto de emprender, la Madre Tierra será tu guía. Escúchala. Ella dirigirá cada
uno de los pasos de tu caminar.
El sol naciente alcanzó mis ojos y me sacó de repente de mi meditación. En mi interior
fue como una explosión de luz vibrante, roja y dorada. Antes de que supiera lo que estaba
sucediendo, estaba de vuelta en mi cuerpo y era por la mañana. Me quedé sentado,
preguntándome a mí mismo qué sería lo que querrían decirme los ángeles, pero luego
pensé que lo mejor que podía hacer era comenzar mi día. Seguro que a su momento todo
quedaría claro.
Mi asistente, Diane Cooper, que lleva años ayudándome con los asuntos de negocios, me
llamó al cabo de un rato. Me sugirió que organizáramos un viaje a la región de las Cuatro
Esquinas de Estados Unidos, allí donde se juntan Atizona, Utah, Colorado y Nuevo
México, y que lleváramos allí a un grupo de personas procedentes de todo el mundo. Me
preguntó si aquello me podía interesar.
Llevar a otras personas de viaje alrededor del mundo es algo que no suelo hacer, pues la
mayor parte de mi tiempo lo dedico a enseñar y a escribir libros sobre meditación y
consciencia superior. —Esa es la región de los antiguos anasazis, ¿verdad? —pregunté.
—Drunvalo —me dijo—, tú sabes perfectamente que es allí donde vivían.
Supongo que se lo pregunté para poder escuchar la respuesta. Desde luego que sabía que
los anasazis habían vivido allí, pero me sorprendió escuchar el nombre de esa tribu poco
tiempo después de que los ángeles me dijeran que ellos eran los primeros a los que debía
ofrecer una ceremonia. Le contesté que tenía que pensármelo y que ya le respondería.
Habían pasado muchos años desde mis viajes a Yucatán y Guatemala, la isla de Moorea y
Kauai, y creía que mi trabajo en esos niveles relacionados con el cambio de poder del
varón a la mujer había concluido. Con sesenta y dos años cumplidos, había pensado dejar
todo lo relativo a ese tipo de trabajo, no porque estuviera cansado, sino porque sentía
que mi objetivo con la Tierra estaba cumplido. En mi interior me sentía contento. Pero la
Vida tenía más planes para mí, ¿y quién soy yo para discutir con Ella?
La Red de Conciencia de Unidad había quedado terminada hacia 1989 y 1990, y yo creía
sinceramente que no quedaba más que esperar hasta que el proceso de ascensión
planetaria comenzara a acelerarse. Pero como ahora entendía a través de los ángeles,
había bloqueos inusuales en la red que estaban retrasando el flujo natural de energía de
su interior y que debían ser eliminados o equilibrados para que las mujeres pudieran
utilizar eficazmente el poder que les había sido entregado. Esos bloqueos procedían de
decisiones y actos de determinadas culturas humanas que vivieron mucho tiempo atrás.
Diane y yo organizamos un viaje al suroeste, que denominamos «Viaje a los antiguos
anasazis», e invitamos a cualquier persona procedente de cualquier parte del planeta que
deseara unirse a nosotros. Mis libros se habían traducido a idiomas de todo el mundo y se
leían en al menos cien países, por lo que sabía que sería un grupo realmente internacional.
Limitaríamos el número de asistentes a la capacidad de un único autobús y un camión, que
iría detrás con el avituallamiento. Al final, cerramos la inscripción con cincuenta y seis
personas (sin incluir a nuestro grupo de apoyo, formado por otras cinco personas y yo)
procedentes de veintidós países.
El viaje fue completamente distinto de los íntimos y sagrados que había realizado
anteriormente solo o con algún amigo cercano. Esta vez éramos sesenta y una personas
procedentes de culturas de todo el planeta. A algunos no los conocía, pero evidentemente
estaba a punto de hacerlo. Había quien no hablaba inglés, pero así tenía que ser. Se
trataba de un trabajo espiritual a un nivel que debía hacerse con muchas almas
cooperando, trabajando realmente como una sola.
Lo que es más, creo que en realidad habíamos tomado la decisión de juntarnos para llevar
a cabo este trabajo muchísimo tiempo atrás. Creemos que el tiempo es lineal, pero en
realidad es esférico. El futuro ya ha sucedido. Probablemente, por mucho que te lo
explicara en este momento, no conseguiría que lo entendieras. Sólo la experiencia directa
sirve para ello, y esa experiencia te cambia para siempre cuando descubres la realidad
del tiempo.
Todo el mundo se congregó en Sedona (Arizona), un lugar de rojas montañas rocosas y
con una de las energías espirituales más elevadas del planeta. A pesar de ser un pueblo
pequeño (sólo unas diez mil personas viven en él), su población aumenta hasta las veinte
mil a causa de los cinco millones de turistas que acuden cada año para sentir la gran
energía que sale de la Tierra y entra en contacto directo con el alma. Incluso las
personas materialistas y no creyentes, para quienes la política y los mercados de valores
son las claves secretas de la Vida, la sienten. Sencillamente, con aparcar el brillante
Mercedes negro al borde de la carretera y adentrarse en los vórtices del pasado infinito,
cualquiera puede comprobarlo.
Las razones para organizar este viaje eran complejas y se entrelazaban entre sí. En
primer lugar, estaba el propósito de ayudar a los anasazis, de quienes me habían hablado
los ángeles. Había que devolverlos a este mundo para que la segunda razón pudiera
cumplirse; es decir, el desbloqueo de la red asociado con esa antigua cultura.
Había también otro motivo, relacionado con el tiempo. Puede que esto suene poco
importante, pero el tiempo es una parte del problema asociada con la razón por la cual los
anasazis tuvieron que dejar este mundo. Y el tiempo era la clave para liberar el campo de
energía que mantenía a los anasazis escondidos dentro de los mundos interiores de la
Tierra. Déjame que te lo explique.
Los nativos americanos creen que en este momento nos encontramos en el Cuarto Mundo,
y que pronto todos nos iremos de aquí hacia el Quinto Mundo. Creen que han estado en
otros tres antes de llegar a éste, en el que ahora vivimos todos juntos. Creen que los
otros tres mundos están, literalmente, dentro de la Tierra, y que cuando vinieron desde
el Tercer Mundo realmente salieron del interior de la Tierra hasta la superficie, que es lo
que ellos denominan Cuarto Mundo.
Los ancestros de la región de las Cuatro Esquinas de Estados Unidos fueron un grupo de
gente que desapareció hace muchos años, un pueblo al que ahora llamamos los anasazis. El
término anasazi quiere decir «los antiguos», pero para algunas personas también significa
«el enemigo antiguo». Da la impresión de que los anasazis desaparecieron en un solo día.
La comida y los cacharros de barro se quedaron sobre las mesas. Todo está como si
sencillamente hubiesen decidido salir a dar una vuelta para luego volver. Es como si se
hubieran levantado y todos juntos, en masa, se hubieran volatilizado.
¿Por qué iban a hacer una cosa así? ¿Dónde fueron?
En los últimos años se ha descubierto que, en las etapas finales de la cultura anasazi, la
corriente del océano Atlántico se ralentizó, tal y como está haciendo en la actualidad, y
ese cambio hizo que la región de las Cuatro Esquinas sufriera una sequía extrema, como la
que tiene hoy en día y por la misma razón. Pero para los anasazis, la lluvia desapareció
completamente durante cuarenta y seis años, lo que hizo que todos los lagos, ríos y
reservas subterráneas de agua se secaran. No les quedó elección. Tenían que irse o morir.
Por si fuera poco, se veían amenazados por los conquistadores españoles, que intentaban
eliminarlos. Fue demasiado para los anasazis y tomaron medidas desesperadas.
Muchos de ellos decidieron regresar al Tercer Mundo, dentro de la Tierra, pensando que
eso les salvaría, pero no fueron capaces de comprender cómo aquello iba a afectar a su
futura evolución o a la evolución del mundo.
Así que los Antiguos entraron en sus salas subterráneas de oración, sus kivas, donde
siempre había un sipapu simbólico. Un sipapu era la abertura que se dejaba en la
superficie cuando los Antiguos salían de la Tierra procedentes del Tercer Mundo. Los
anasazis (aunque no todos), utilizando un conocimiento especial, volvieron al interior de la
Tierra, al Tercer Mundo, donde creían que estarían seguros.
Pero tal y como íbamos a aprender en aquel viaje, no todo era tan fácil. Ahora que sus
espíritus estaban conectados con la superficie exterior del Cuarto Mundo, su vida en el
Tercer Mundo se convirtió pronto en un infierno. Muy lentamente se dieron cuenta de
que se habían equivocado al intentar retroceder en la evolución. También comprendieron
que no podían hacer nada contra ello, no hasta que su profecía (su sueño colectivo)
pudiese cumplirse. Y nuestro grupo era aquella profecía que llevaban cientos de años
esperando.
Aquella elección que habían hecho los anasazis hace más de setecientos años debía ser
corregida antes de que las mujeres pudieran tomar el poder. Y tal y como me habían
dicho los ángeles, no eran sólo los anasazis los que estaban produciendo perturbaciones
en la Red de Conciencia de Unidad; había otras antiguas culturas indígenas que estaban
haciendo lo mismo.
Así pues, nuestro grupo estaba encargado de la triple tarea de crear un medio por el
cual los anasazis pudieran volver a este mundo, el Cuarto Mundo; de cambiar los patrones
del clima en la región de la Cuatro Esquinas y, mediante las dos primeras, de realizar
determinadas ceremonias que eliminaran unos bloqueos específicos en la Red de
Conciencia de Unidad para preparar a la mujer para que pudiera usar su nuevo poder. Y
todo eso se iba a conseguir mediante la «magia» ceremonial, o llámalo ciencia, si eso es lo
que entiendes y prefieres.
En 2002, mi mundo, Arizona, había sufrido la peor sequía de los últimos cien años
producida por el calentamiento global y la ralentización de la corriente del océano
Atlántico. Los incendios estaban quemándolo todo. La revista Time sugería, basándose en
la evidencia que había conseguido, que aquella sequía iba a durar otros ciento cincuenta
años. Nuestro grupo debía cambiar esa predicción, poniendo fin a la sequía o, al menos,
alterándola. Nosotros creíamos que ese patrón climático estaba en realidad conectado
con la consciencia humana y el antiguo pueblo llamado anasazi.
Para poder guiar a aquel grupo a través del difícil terreno multicultural, hice lo que los
ángeles me habían pedido. Comencé a meditar con la Madre Tierra todos los días,
pidiéndole que nos guiara. La amo profundamente y puedo sentir su amor hacia mí. Ella
comenzó a instruirme acerca del modo en que debía manejar cada una de nuestras
acciones.
Los Maestros Ascendidos, a través de Thoth, me habían ayudado en los primeros niveles
de mi recuerdo, pero este viaje requería que mi guía llegase de unos niveles cósmicos que
sobrepasaban a la Gran Hermandad Blanca. Ahora iban a dirigirme el espíritu vivo de la
Tierra, la Madre Tierra, y, por supuesto, mis queridos ángeles.
Thoth había sido uno de mis guías principales a lo largo de diez años, pero a mediados de
la década de los noventa, tanto él como la mayoría de los Maestros Ascendidos
abandonaron la Tierra para realizar el viaje al futuro que todos haremos algún día.
Cuando regresó tras el cambio de milenio, se me apareció para hacerme saber que estaba
de vuelta, pero que nuestra relación mutua había concluido. Había llegado el tiempo de
una nueva forma de guía, una que está dentro de cada uno de nosotros: la guía de nuestra
propia Madre Divina.
La primera rueda medicinal
En aquel entonces yo vivía en Payson (Arizona), y los incendios rodeaban mi pueblo. El
mayor en toda la historia de Arizona ardía fuera de control a sólo veinticuatro kilómetros
de mi casa. La Madre Tierra nos había dicho a mí y a mi familia que hiciéramos una rueda
medicinal en nuestras tierras y que rezáramos pidiendo la lluvia.
Lo hicimos de un modo sagrado, hablando a cada piedra, viéndola como si estuviese viva, y
al final la Madre Tierra habló a través de mí a toda mi familia y nos dijo que llovería en
dos días.
Al día siguiente, el aire se llenó de humedad. Los titulares de los periódicos de la zona
hablaron de «día milagroso», porque la humedad se dirigió directamente hacia los
incendios. La lluvia tornó el humo negro en blanco y permitió a los bomberos hacerse con
el cinco por ciento de aquel gigantesco incendio descontrolado. Era el comienzo del fin de
aquel fuego.
Al otro día comenzó a llover ligeramente, pero sólo en la zona que rodeaba Payson.
Lentamente, día tras día, empezó a llover más y más hasta que el área de Payson quedó
empapada y los fuegos se extinguieron. La rueda medicinal estaba funcionando, pero por
desgracia sólo cerca de mi casa. Los incendios seguían por el resto de la región de las
Cuatro Esquinas, por lo que el problema no estaba solucionado. Pero aquella rueda
medicinal era importantísima, ya que había comenzado la sanacion que debería ser
completada por nuestro grupo internacional y los talentos especiales que iba a aportar a
esta región nativa desde todas las partes del mundo.
La Madre Tierra quería que yo fuera a los cuatro estados de las Cuatro Esquinas:
Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, y celebrara una ceremonia para sanar la
relación entre los Antiguos y los Modernos, todos los seres humanos que viven en la
actualidad. Al hacerlo, el mundo exterior y el interior se equilibrarían y,
simultáneamente, un bloqueo existente en una porción de la Red de Conciencia de Unidad
desaparecería.
Los anasazis
Los anasazis vivieron desde los tiempos de Cristo hasta alrededor del año 1300 d.C.,
cuando la corriente del Atlántico comenzó a ralentizarse (históricamente, la Pequeña
Edad del Hielo comenzó en 1300 y duró hasta 1850), y su área de influencia se centró
fundamentalmente en las Cuatro Esquinas. Construyeron edificios, y en la localización y
emplazamiento de sus lugares sagrados se transluce una increíble ciencia, así como en el
uso que hicieron de los dibujos geométricos sagrados. Su historia, recientemente
descubierta, ha sido contada en un documental, narrado por Robert Redford, titulado
The Mystery of Chaco Canyon, que describe cómo los anasazis funcionaban
científicamente en un nivel similar al de los antiguos egipcios.
Los anasazis no eran unos bárbaros; eran gente civilizada que entendían una realidad que
a nosotros nos parecería ciencia ficción. Los otros mundos, las otras dimensiones, eran
para ellos una realidad y sabían cómo moverse entre ellos (al menos hasta un cierto
grado).
Para ser claro, el Tercer Mundo es un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, en
el que estaban atrapados. Los anasazis intentaron pasar a la cuarta dimensión, pero no
estaban preparados para ello y no lo consiguieron. Así que encontraron un mundo
sobretonal fuera de este mundo y se sintieron más seguros en él.
Quizá ha llegado el momento de explicar, al menos de una forma sencilla, los modos en
los que se relacionan las diferentes dimensiones y sobretonos. (En mis dos primeros
libros, El antiguo secreto de la flor de la vida, volúmenes I y II, encontrarás una
explicación más amplia.) Esta descripción de las dimensiones se corresponde con el punto
de vista antiguo, no con el moderno, que considera las tres primeras dimensiones como los
ejes X, Y, Z del espacio y la cuarta dimensión como el tiempo. El punto de vista moderno
continúa subiendo por las dimensiones de forma matemática, según lo define la ciencia
moderna. No es que ese modo científico esté equivocado; es sólo que se basa en
conceptos diferentes.
Lo que explico aquí es completamente distinto. En esta explicación, el universo se
considera un puro sonido o vibración. La relación entre las dimensiones es también
puramente vibratoria y se corresponde perfectamente con las leyes de la música y la
armonía. Las dimensiones están separadas unas de otras exactamente en las mismas
proporciones que las notas de la escala cromática musical. En lugar de medirse en ciclos
por segundo, como en la música, en el caso de las dimensiones la separación se mide en
longitudes de onda, pero las proporciones son las mismas.
Existen doce dimensiones de sobretonos mayores y doce de sobretonos menores, dando
un total de ciento cuarenta y cuatro dimensiones en cada octava. Aparentemente existen
infinitas octavas de dimensiones que se repiten una y otra vez, aunque su experiencia
cambia cuando uno asciende por ellas. Todas las dimensiones penetran unas en las otras,
por lo que en el espacio en que te encuentras ahora, en este momento, todas las
dimensiones están atravesando tu cuerpo.
El universo que podemos ver con las estrellas y los planetas se define como la tercera
(mayor) dimensión dentro de las doce dimensiones mayores. Por tanto, la Tierra está
dentro de la tercera dimensión, pero dentro y alrededor de ella y de todo el universo
existen doce sobretonos de la tercera dimensión. Aunque no puedes ver estos sobretonos
de la tercera dimensión, son mundos que han sido conocidos y experimentados por
chamanes, curanderos y Maestros Ascendidos a lo largo de miles de años.
Si una persona entrara en un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, o de
cualquier otra dimensión, desaparecería de la vista aquí, sobre la Tierra, y reaparecería
en otro mundo. Eso no es fácil de hacer sin un gran conocimiento.
Los antiguos anasazis, en su desesperación, consiguieron pasar de la tercera dimensión
de la Tierra a un sobretono de la misma. El problema fue que, como estaban
retrocediendo en la consciencia al hacer este movimiento, el paso resultó algo parecido al
suicidio y se vieron atrapados, incapaces de salir de aquel mundo de un sobretono menor.
Déjame contarte algo acerca de su naturaleza; puede que llegues a sentir la compasión
que a mí me inspiran. Su esperanza de vida desde el nacimiento a la muerte no solía
sobrepasar los dieciocho o diecinueve años. Si un anasazi vivía hasta los veinticinco, era
una persona muy anciana. Una mujer solía tener su primer hijo a los doce o trece años, y
moría cinco o seis después. Esto significaba que los niños tenían que estar solos y ser
capaces de sobrevivir a una edad muy temprana.
Por eso, aunque poseían un asombroso entendimiento de la Realidad, carecían de la
sabiduría que aporta la edad. Eso es lo que yo siento después de llevar muchos años
percibiendo a los anasazis .11 esos otros niveles durante mis meditaciones.
Comienza el viaje sagrado
Estoy escribiendo esto a finales de 2006, y al recordar aquel viaje de 2003 mi corazón
se siente vivo por la energía. Lo que sucedió en él cambió mi vida.
La mañana en que debía partir hacia Sedona para reunirme con el grupo, me senté frente
a nuestra rueda medicinal «familiar» y recé a la Madre Tierra solicitando su guía y
protección cuando entráramos en los mundos de los anasazis. Los ángeles habían dicho
que aquellas oraciones serían mi camino y mi guía hasta que ellos cambiaran el sendero.
Thoth había sido un hermano y un gran consejero, pero ahora nuestro grupo se
enfrentaba a un nuevo tipo de desafío. En mi corazón, le dije: «Querido Espíritu de la
Tierra, te escucharé y haré todo lo posible para seguir tu consejo».
Dejé la rueda y me dirigí hacia el norte, hacia Sedona, para el primer encuentro con el
grupo internacional. Tras aquella conexión inicial, nos dispusimos a seguir el sendero del
nativo americano, que íbamos a recorrer durante el resto del viaje. En ese camino está
establecido que, antes de una ceremonia o un viaje sagrado, el grupo debe purificarse en
una cabaña de sudación tradicional.
La cabaña de sudación es una pequeña estructura en la que caben entre diez y treinta
personas. Suele estar construida con ramas de sauce rojo tejidas según un patrón
específico y atadas para que formen una estructura. A continuación, se echan encima de
esta estructura diferentes tipos de telas, que antiguamente eran pieles de animales y en
la actualidad son mantas, hasta que el interior queda completamente a oscuras. En la
mayoría de los casos, la pequeña puertecita de una hoja se sitúa hacia el este.
Delante de la puerta se enciende un enorme fuego y en él se colocan unas piedras de lava
especiales y se calientan hasta que están al rojo. Estas piedras se llevan al interior de la
cabaña con una pala o una horca, de una en una, hasta tener normalmente siete en mitad
del suelo. Cuando estas piedras se enfrían, se lleva otro grupo de piedras calientes para
comenzar otra ronda de oración. A veces la sudación es mayor de lo que la gente puede
soportar, pero cumple su propósito: permite que nuestra parte sucia nos abandone. Nos
prepara para la integridad, que debe ser honrada en todo momento para poder cumplir la
profecía.
Nuestro grupo entró en la cabaña de sudación comprendiendo que estábamos entrando
en el seno de la Madre Tierra, y que allí iban a cantar y a rezar a Ella, al Padre Cielo y al
Gran Espíritu, pidiéndoles ser purificados y preparados para el viaje sagrado que nos
aguardaba.
Tras la sudación, fuimos caminando hasta la casa de un amigo, donde sencillamente
empezamos a conocernos con una estupenda comida y unos grandes músicos de la región,
que vibraban canciones desde el corazón y el didgeridoo. Rápidamente comenzamos a
fundir nuestras energías. A la mañana siguiente nos introdujimos en nuestro
ultramoderno barco terrestre, denominado autobús, y nos pusimos en camino hacia la
tierra antigua en busca de un pueblo invisible.
Los navajos
Navajos es el nombre que les dio el hombre blanco. Entre ellos son los diné. En su lengua,
diné significa «los hijos de Dios». A ellos no les gusta el nombre de navajo. Los visitamos
en primer lugar para solicitar permiso para celebrar una ceremonia en sus tierras, pues
son los guardianes, junto con los hopis, de las puertas del lugar en el que existen los
anasazis. Todo comenzó ahí.
Mi mentor de los hopis, Grandfather David, encendió una vez mi corazón con su gran
poder de visión. Grandfather David era el anciano que guardaba las profecías hopis para
la tribu antes de dejar este mundo. Yo tenía su permiso, pero necesitaba que los navajos
nos abrieran su corazón y también nos concedieran la licencia para llevar a cabo una
ceremonia en sus tierras, que se extienden desde Arizona a Utah, Colorado y Nuevo
México, todos los lugares a los que debíamos visitar.
Nunca he visto un navajo que se abra al hombre blanco, pues éste sólo les ha mostrado
engaño y mentiras desde el principio de su relación. Los navajos consideran que el hombre
blanco tiene una «lengua bífida», como una serpiente, que siempre dice una cosa y hace
otra, y su repugnancia se ha ido transmitiendo a lo largo de los años. En toda mi vida
jamás había visto que los navajos actuaran de forma confiada, ni amistosa siquiera, con el
hombre blanco, pero saber que la vida es sueño ayuda a hacer que lo imposible se haga
realidad. He visto esa desconfianza en los ojos de los navajos muchas veces, pero lo que
encontré cuando llegamos al cañón de Chelly fue exactamente lo contrario. El pueblo
navajo nos acercó a sus corazones y nos condujo a zonas de su tierra sagrada que
normalmente no enseñan al mundo exterior.
Nuestros guías navajos nos bajaron a los cañones de su tierra natal y nos señalaron los
pictogramas que habían dibujado los anasazis, los Antiguos, que vivieron allí antes que
ellos. Pero en nuestro caso, y con gran cuidado, también nos enseñaron lugares y nos
contaron historias acerca de su tierra sagrada que otros visitantes blancos no habían
escuchado jamás.
La mayor parte de nuestro grupo no conocía la situación. Creían que era normal que los
navajos se mostraran así de amistosos, pero muchos de nosotros entendimos que no era
así. Nuestro guía nos dijo que había llevado a muchos grupos hasta aquel cañón, pero que
el nuestro era diferente. Nos estuvo revelando conocimientos acerca de su tribu y de los
anasazis que normalmente se guardan para las conversaciones en familia.
En nuestro segundo día de estancia en el cañón de Chelly, los guías navajos que nos
acompañaban celebraron con nosotros nuestra ceremonia sobre un rocoso acantilado que
daba al corazón secreto del cañón. Juntos acudimos al «espacio del corazón» y rezamos
por la sanacion de la Tierra. Fue una experiencia realmente conmovedora y
extraordinaria.
Sin embargo, fue la noche anterior, la de nuestro primer día en el cañón de Chelly,
cuando muchos de los integrantes del grupo experimentaron la primera apertura del
corazón diñé. Yo me ausenté en mitad de aquella experiencia, pues necesitaba meditar y
prepararme para lo que se avecinaba. Por eso te voy a narrar la historia del recuerdo de
alguien que sí estuvo allí.
Uno de los miembros de nuestro grupo, John Dumas, decidió unirse a un flautista navajo
que, junto con dos acompañantes que tocaban el tambor, estaba entreteniendo a los
invitados en el restaurante navajo donde cenamos. John toca la flauta y el didgeridoo, y
la música que creó con tanta maestría y sentimiento se convirtió en un verdadero lazo de
unión entre nuestro grupo y los navajos, una increíble improvisación que duró hasta bien
entrada la noche.
Aunque algunos de los integrantes de nuestro grupo estaban muy cansados por haber
estado viajando durante todo el día, no éramos capaces de irnos. Era una experiencia muy
bella. La música era extraordinaria. Y la comunicación del corazón, no sólo entre los
músicos, sino [también] entre los navajos y los miembros de nuestro grupo, fue una de las
experiencias más asombrosas que habíamos sentido jamás de lo que significan la amistad
y el cariño. Por primera vez, al menos en aquella pequeña habitación, el navajo y el hombre
blanco eran Uno. John tocaba mientras le brillaban los ojos, y la felicidad que brotaba de
él era algo digno de contemplar, reflejada en los rostros de nuestros amigos navajos.
Al final, cuando estábamos preparándonos para irnos, un hombre muy, muy anciano se
acercó al micrófono. Nos dijo que durante la Segunda Guerra Mundial había estado
encargado de la retransmisión de mensajes en clave, en idioma navajo, y que había
formado parte del grupo que erigió la bandera en Iwo Jima. Allí, en Iwo Jima, había
estado con otros tres navajos. Todos ellos habían fallecido, todo menos él. Con suavidad,
como si no tuviera importancia, nos dio sus nombres y nos contó cómo habían muerto.
Nos dijo que había escrito una canción sagrada para aquel día, para Iwo Jima y la batalla
que habían entablado allí. Y luego, en la silenciosa sala, sin acompañamiento alguno, nos
honró del modo antiguo cantándonos su canción.
Cuando aquel anciano abandonó la sala, todos nos abrazamos.
Esta historia sólo tiene sentido interior cuando te das cuenta de lo raro que es para los
navajos hacer amistad con el que llaman «hombre blanco». Pero ellos sabían que nuestro
propósito era su propósito: sanar el interior de la Tierra y a los anasazis.
La segunda rueda medicinal
Desde el cañón de Chelly nos dirigimos al cañón del Chaco, el centro principal de los
anasazis, situado en Nuevo México. Teníamos la esperanza de hacer allí una rueda
medicinal, pero al llegar descubrimos que el gobierno había cerrado toda posibilidad de
llevar a cabo una ceremonia así en aquel lugar. Hablamos con los funcionarios locales, pero
nos dejaron muy claro que ni siquiera podíamos llevar tambores.
Por tanto, fuimos todos a la más importante de las ruinas antiguas y nos vimos
arrastrados a una de las kivas abandonadas, donde la energía era poderosa. La kiva
carecía de techo, pues en su retirada los chacos habían destruido gran parte de su
civilización y las kivas habían perdido el techo. Como no había forma de entrar en ella, la
rodeamos y comenzamos la ceremonia sólo con nuestros cuerpos y nuestros espíritus.
Pedimos permiso para entrar en contacto, pero sólo el silencio nos respondió.
Más tarde decidimos pasear por el extenso lugar y conectarnos como individuos con la
tierra y con los Antiguos. Fue el único camino que nos dejaron.
Al principio trepé por un acantilado, con unos cuantos miembros del grupo, hasta la
cumbre, desde donde podía contemplar todo el cañón. Toqué la flauta un rato,
sintonizando mi corazón con la tierra, y luego mi voz interior me dijo que continuara yo
solo hasta un saliente escondido para el grupo (y para los funcionarios del gobierno).
El cañón del Chaco padecía sequía; estaba seco, sin rastro de lluvia ni de humedad
siquiera. La vida se mantenía por los pelos. La Madre Tierra me pidió que creara una
pequeña rueda medicinal en aquel lugar escondido y que la conectara energéticamente con
la de mis tierras de Arizona, a cientos de kilómetros de distancia.
Encontré algunas piedrecitas de hierro y las coloqué sobre una gran roca plana para
hacer la rueda. Recé a la Madre Tierra como si fuera una rueda medicinal de tamaño
normal y le pedí que la conectara con la que estaba cerca de mi casa, tal y como se me
había dicho que hiciera.
Después de una hora y media, parecía completa. Regresé al grupo y volví a convertirme
en un turista.
En este punto debes recordar que en Arizona llevaba casi dos semanas lloviendo, y todo
se estaba volviendo verde y bello. Los incendios eran agua pasada. Pero cuando la rueda
medicinal del Chaco se conectó con la de Arizona, la energía creada por esta última fue
absorbida y trasladada al cañón del Chaco. Al día siguiente, mi familia me dijo que el
tiempo cerca de mi casa había vuelto al mismo estado seco de antes de que hiciéramos
nuestra pequeña rueda familiar.
En realidad, yo pude percibir este cambio en el momento en que sucedió, cuando
completé la pequeña rueda medicinal del cañón del Chaco. Fue como si me hubieran
extraído la fuerza vital. Fue algo personal.
Expliqué a los demás lo que había sucedido y les dije que debíamos seguir moviéndonos
para encontrar el lugar correcto en el que crear nuestra rueda medicinal de grupo. Yo
sabía que muy pronto iba a llegar el equilibrio a la región.
La ceremonia de la kiva
Durante el siguiente día de viaje, y mientras buscábamos un lugar donde celebrar la
ceremonia de la rueda medicinal, visitamos dos de las antiguas ruinas anasazis de la
cultura chaco. Están valladas y gestionadas con mucho cariño por sus cuidadores
oficiales.
En las ruinas Salmón pudimos caminar por el interior de las estructuras sagradas y las
casas que habitaron los Antiguos. Sabíamos que los anasazis eran de pequeña estatura,
comparados con nosotros, pero el tamaño de las puertas nos lo confirmó.
En las ruinas aztecas, que en realidad son anasazis, nos encontramos, por primera y única
vez en nuestro viaje, dentro de una kiva techada y bajo tierra. Podíamos sentir su
energía y su misterio. Nuestro grupo se sentó alrededor del borde de la sala circular y
con aspecto de cueva, en unos bancos dispuestos para los visitantes, y yo hablé sobre la
historia de la creación de los anasazis, sobre cómo habían surgido del Tercer Mundo y
cómo la kiva representaba aquello, con el simbólico sipapu en la parte superior, allí donde
los Antiguos habían trepado hasta la superficie de la Tierra. A continuación, entramos
todos en el lugar sagrado del corazón, tal y como hicimos juntos muchas veces durante el
viaje, y llevamos a cabo en él una ceremonia de sanacion.
No recuerdo lo que dije, pero sí de la energía. Una familia de visitantes se nos acercó y
se nos unió reverentemente en la ceremonia. Podía sentir a los Antiguos a nuestro
alrededor, conectándose con nosotros. Se estaba preparando el camino mientras
meditábamos todos juntos en aquella oscura sala del interior de la Tierra.
Un pequeño apunte. Mientras rezábamos en esta kiva, pedimos a los anasazis que
estuvieran presentes con nuestro grupo. Cuando se terminó la ceremonia, muchos de los
miembros tomaron fotografías. Aquellas instantáneas revelaron que los espíritus de los
anasazis estaban presentes. En total, había más de veinte cámaras que constituían las
mismas esferas de luz que aparecen en las fotografías, pero ahora sólo tenemos las
imágenes de tres de ellas. Estas esferas de luz no fueron el resultado de la luz que se
refractaba en la lente de la cámara; aparecen en las instantáneas de todas ellas. Los
anasazis estaban realmente con nosotros, y eso se hizo evidente a medida que continuaba
nuestro viaje.
Ceremonia en la kiva anasazi. John Dumas toca el didgeridoo durante la ceremonia.
Lionfire y el destino
Al día siguiente nos metimos en nuestro hogar sobre ruedas y nos dirigimos hacia el
norte, a Colorado, el tercer estado de la Cuatro Esquinas y la región más septentrional
del imperio anasazi.
Cuando nos acercábamos a los grandes espacios abiertos del Hovenweep National
Monument, todos podíamos sentir el poder sobrecogedor de aquella remota región.
Paramos en las principales ruinas anasazi de Hovenweep y fuimos recibidos por un
guardabosques del U.S. National Park Service para todas las ruinas de Hovenweep. Se
llamaba Lionfire.
Cuando Lionfire vio quiénes éramos espiritualmente y descubrió lo que intentábamos
hacer, una rueda medicinal para la sanacion de los anasazis, supo que el gobierno no nos
iba a permitir llevarla a cabo en las tierras de un parque nacional. Se abrió su corazón y
nos ofreció llevarnos a sus propias tierras, que estaban dentro de la zona del Hovenweep
National Monument y también cubiertas con ruinas anasazis. Él simplemente las llamaba
Hovenweep.
Desde sus tierras, situadas en un punto estratégico y especial, podíamos ver picos
sagrados y formaciones de tierra de los anasazis y de los modernos nativos americanos
en todas direcciones. Cientos de miles de anasazis habían vivido en un tiempo en la zona
que rodeaba las tierras de Lionfire, y cientos directamente sobre éstas, y todos pudimos
sentirlo y comentamos cómo nos estaba afectando, cómo nos tocaba el corazón.
El aire estaba saturado con el olor de la salvia. Los cañones laterales secretos eran el
hogar de los espíritus de las águilas. Antiguos trozos de cerámica estaban esparcidos por
el suelo, como si los hubieran echado allí para conducirnos hasta nuestro destino.
Lionfire no era sólo el empleado del U.S. National Park Service que guardaba las ruinas
más septentrionales de los anasazis, sino también un chamán que llevaba la mayor parte
de su vida estudiando a los Antiguos y que sabía mucho acerca de cómo vivían.
Hovenweep está en la misma longitud del cañón del Chaco, directamente sobre la «línea
sagrada», la Great North Road, que se dirige hacia el norte desde Chaco. Hoy día nadie
sabe dónde se pretendía que fuera esta carretera ni por qué es tan importante. Sin
embargo, Hovenweep está en su ruta y en un tiempo fue un lugar de gran poder.
Cuando llegamos, supe que estábamos en el lugar correcto. Todo el grupo lo percibió. En
Hovenweep nos sentíamos «en casa» e inmediatamente supimos que, por fin, aquél era el
lugar donde íbamos a construir nuestra rueda medicinal para sanar a los anasazis.
Comenzamos nuestra visita recorriendo un complejo de antiguas viviendas. En algunas de
ellas pudimos entrar y, una vez más, comprobamos lo bajos de estatura que tuvieron que
ser los Antiguos.
Recibimos el permiso para realizar nuestra rueda medicinal no sólo de Lionfire y de
Mary, su mujer, sino también de la Madre Tierra. Ésta nos dijo que nos «relajáramos» y
tratáramos aquella tierra como si fuese nuestra. La rueda, una vez construida, sería
protegida por Lionfire y Mary, fieles guardianes de la tierra. Según nos dijeron estos,
muchos años antes habían recibido una profecía que les comunicaba que nosotros íbamos
a ir y a celebrar aquella ceremonia.
Antes de que llegáramos, y sin saber que íbamos a ir a Hovenweep (recuerda que en
principio habíamos pretendido hacer la rueda medicinal en el cañón del Chaco), Mary
había escrito un poema en honor a nuestro viaje. Nos contó que le llegó entero y que ella
se había limitado a escribirlo. Cuando nos juntamos en la gigantesca kiva (sin techo, pero
tan profunda que tuvimos que bajar por una escalera), nos lo leyó.
El tejido
Aquí estamos, rodeados por las montañas sagradas, en el sipapu, el lugar donde
nuestro mundo comenzó. Venimos de las cuatro esquinas de esta tierra, caminando con
amor, trayendo nuestro conocimiento de muchas culturas, muchos idiomas. Buscando
entendimiento, crecimiento y cambio para nosotros mismos, para nuestros países, para
nuestro mundo.
¡Esta es nuestra intención! ¡Aquí, en este momento, creamos un nuevo mundo, tejemos
una nueva realidad!
¡Oramos pidiendo ayuda y solicitamos testimonios de las sagradas energías de nuestro
mundo!
• AlRE: vientos de las cuatro direcciones, vientos que mueven las estrellas.
• AGUA: lluvia, ríos, manantiales.
• FUEGO: nuestro Sol, el relámpago que baila sobre el cielo.
• TIERRA: nuestra Madre, su arena, sus acantilados, sus montañas.
• NUESTROS HERMANOS: los de cuatro patas, los alados, los niños del agua y
aquellos que se arrastran.
• NUESTRAS HERMANAS: las que están de pie, desde el majestuoso árbol a la más
pequeña de las flores.
• NUESTRA PROPIA RAZA HUMANA: desde nuestros ancestros, que caminaron los
primeros sobre esta tierra, hasta los hijos de nuestros hijos, hasta siete generaciones;
a ésos, sobre todo, invocamos.
• NOSOTROS MISMOS, aquí y ahora, para ser testigos y luchar.
Estamos aquí para crear un tejido de una nueva realidad.
En todo tejido, la belleza es creada por la urdimbre, la trama y el dibujo.
Traemos: para la fundación, el hilo de la urdimbre,
Energía humana, las experiencias de culturas diversas.
Fortaleza y orgullo de nuestras sociedades, de nuestras familias.
Historia, nuestra lucha para manifestar nuestro propio camino.
Todo esto lo trenzamos y ensartamos en nuestro telar para formar la urdimbre, la
forma de nuestro tejido.
Sobre ella tejemos la trama de nuestro viaje diario, el hilo de la belleza, hilado,
momento a momento, con cada paso de integridad, mientras nuestras acciones van
convirtiendo el tiempo en historia.
¿Y el Dibujo?
¿El dibujo que llamará al resto de la raza humana al entendimiento, al cambio?
Este dibujo está formado por nuestros maestros y nuestra intención.
Afirmamos nuestra intención de manifestar un mundo en el cual cada espíritu (humano,
animal, vegetal y mineral) camine en armonía y equilibrio, salud y felicidad.
Pedimos a nuestros maestros que nos guíen hacia acciones que coincidan con esta
intención.
Buscamos manifestar esa divinidad de nuestro interior que creará esta nueva realidad.
Éste es nuestro tiempo.
Hemos sido llamados.
¡Juntos tejeremos un nuevo mundo!
El poema de Mary nos dejó atónitos. Hablaba de lo que todos habíamos estado pensando
y hablando, y sin embargo acabábamos de conocerla el día anterior. Lo más sorprendente
fue su mención de «las cuatro esquinas de la tierra» y de «muchas culturas, muchos
idiomas». Mary no tenía forma de saber que menos de la mitad de nosotros éramos
estadounidenses. Los miembros de nuestro grupo procedían de muchísimos países. Dos de
ellos ni siquiera hablaban inglés, pero nos escuchaban con sus corazones.
Tras nuestra ceremonia en la gigantesca kiva de Hovenweep, llegó el momento de buscar
el lugar exacto donde situar nuestra rueda medicinal.
La tercera rueda medicinal
Hovenweep es inmenso. Recorrí el terreno, hacia un lado y hacia otro, buscando y
«sintiendo» el lugar adecuado para aquella ceremonia de tantísima importancia. Al fin,
cuando caminaba sobre una zona concreta, todas las montañas y el antiguo y cercano
cañón anasazi parecieron quedar alineados. Justo hacia el sur, a unos metros de distancia,
había una ruina anasazi que hace mucho tiempo tuvo una importancia fundamental debido
a su situación sobre el punto más alto.
Supe en mi corazón que aquél era el lugar correcto.
Al mirar a mi alrededor, una gran piedra «me dijo» que debía ser la piedra central, y la
coloqué sobre el suelo de lo que sería el centro mismo de nuestra rueda medicinal.
Encontré otras cuatro piedras vivas para marcar las cuatro direcciones. Con esta
disposición básica, el diámetro de la rueda medía unos diez metros y quedó lista para que
el grupo la completara.
Todo el grupo seguía en el autobús con aire acondicionado, resguardados del calor,
esperando a que yo terminara mi trabajo. Me había distanciado más de un kilómetro, por
lo que enviamos a un mensajero para que los trajera.
Todo el grupo se apresuró a bajar del autobús, ansiosos de comenzar algo que cada uno
de nosotros sabía que iba a sanar no sólo a los Antiguos y a los Modernos, sino también al
árbol familiar de cada persona, remontándose miles de años. Por la salud espiritual de
todos nuestros antepasados, y para sanar la tierra de las Cuatro Esquinas, comenzamos
como hijos de la Tierra y como una familia del hombre.
En primer lugar, cada persona se encaminó en una dirección diferente para «hablar» con
los espíritus de las piedras esparcidas sobre la tierra, pidiéndoles permiso para usarlas
en nuestra rueda. Uno a uno fueron volviendo, sosteniendo las piedras vivas cerca de sus
corazones, preparados para el momento en el que debíamos comenzar a crear la rueda.
Algunas personas tuvieron que hacer varios viajes.
Rueda medicinal.
Se eligió a dos hombres y a dos mujeres para representar a cada una de las cuatro
direcciones. Se colocaron en sus lugares respectivos, detrás de cada una de las cuatro
piedras de dirección.
Comencé las oraciones pidiendo permiso una vez más, para luego expresar el propósito y
la intención de la rueda medicinal. A continuación, los guardianes elegidos de las cuatro
direcciones elevaron sus plegarias para proteger cada una de las direcciones y el espacio
interior de la rueda, de forma que fuera sagrado y santo.
Después, y con el acompañamiento de los tambores y los cánticos, el resto de las
personas llevó sus piedras una a una al espacio sagrado, entrando por la «puerta» del
este, dedicando cada piedra a los guardianes de las cuatro direcciones y colocándola a
continuación i-n la rueda. Se creó, en primer lugar, un círculo de piedras, cada una en
contacto con la que se encontraba a su lado. Luego se hizo una cruz de piedras en el
centro para marcar las cuatro direcciones. (Recuerda la cruz.)
Como la rueda tenía unos diez metros de diámetro, nos llevó más de dos horas
terminarla. Siguió aumentando la energía hasta que pudimos «ver» a los anasazis
bailando con nosotros, conduciéndonos a la plenitud. Cada miembro de nuestro grupo
colocaba una piedra para unirse después a los demás, que bailaban, rezaban, cantaban o
tocaban los tambores en el exterior del círculo mientras esperaban a que fuera colocada
la siguiente piedra.
Y de este modo, con un ritmo similar al del corazón, se construyó la rueda medicinal del
Nuevo Sueño.
Todos nos sentamos, y tras un momento de silencio comenzaron las oraciones
individuales. Cada persona, con el «palo de hablar» en la mano, pronunció bellas y
sagradas plegarias hacia la rueda: unas plegarias para la sanacion de esta tierra y sus
formas de vida; para la reaparición de la lluvia y para que los ríos volvieran a fluir; para el
florecimiento de la salud, el amor y la belleza; para que las relaciones de la humanidad
florecieran en armonía; para que la brecha entre el hombre blanco y el indio se cerrara.
Los corazones de las personas estaban abiertos, y la energía y el poder del espacio
siguieron aumentando hasta que la última persona hubo hablado. Una sensación de
inmensa energía y pureza rodeaba nuestra ceremonia.
En el momento final conduje un ritual especial basado en las ceremonias de los taos
pueblo. Aquel ritual insufló aún más vida al círculo al establecer una pirámide sobre
muchos kilómetros de tierra, hasta el cielo y las profundidades de la Tierra, conectando
la Tierra y los cielos con la rueda medicinal como centro. El propósito de la pirámide era
llevar la lluvia y el equilibrio espiritual a todos los seres de las Cuatro Esquinas.
Al final de la ceremonia de la rueda medicinal, la Madre Tierra me dijo que llovería en
cinco días, y así se lo anuncié al grupo, pues ésa era mi formación de los taos pueblo.
Como estábamos en medio de una sequía histórica, este mensaje ofreció una chispa de
esperanza para aquellos que vivían cerca de esa tierra.
Nuestra intención era que esa lluvia comenzara la restauración del suroeste, aportando
agua a la tierra y amor y sanacion a las relaciones entre el hombre blanco y los nativos
americanos.
Todos podíamos sentir el amor y la paz. Podíamos sentir a los anasazis a nuestro
alrededor. Era estupendo.
El encuentro con las estrellas
Cuando oscureció y las estrellas comenzaron a asomarse a los cielos, nos reunimos en las
principales ruinas anasazi, en el punto más elevado de aquellas tierras. Allí, Daniel
Giamario, un astrólogo chamánico que viajaba con nosotros y enseñaba su sabiduría, nos
invitó una vez más, como ya había hecho en otras ocasiones, a mirar hacia el cielo
nocturno.
Los conocimientos y la percepción que posee Daniel de los modos antiguos son realmente
sobresalientes. Este hombre fue, durante todo el viaje, una estrella que se entregó a sí
mismo para ayudar a los demás. En aquella noche tan importante, nos condujo a un
entendimiento de los cielos como pocos de nosotros habíamos conocido jamás. Juntos
contemplamos el centro de la galaxia, en la forma en la que él nos había enseñado, y
dirigimos nuestras plegarias individuales al cosmos. El Padre Cielo escuchó nuestras
oraciones.
A continuación, nos dirigimos lentamente y en la oscuridad de vuelta al autobús, guiados
sólo por la luz de las estrellas, tal y como los anasazis habían caminado por aquella tierra
tantos cientos de años atrás. Nos abrazamos, intentando inmortalizar el sentimiento que
albergábamos en nuestros corazones.
Podía sentir cómo se unían las tres ruedas medicinales: la de Payson, la pequeña del cañón
del Chaco y la que habíamos creado ese día. Sabía que llegarían las lluvias.
Y lo que es más importante, los anasazis contarían ahora con un vórtice que les
permitiría volver a entrar en este mundo, de forma que pudieran venir con nosotros
cuando la Tierra entrara en los niveles superiores de consciencia, lo que muchos
denominan ascensión. Al hacerlo, la Red de Unidad sobre la Tierra se acerca aún más al
equilibrio perfecto.
Antiguas viviendas en los riscos
Al día siguiente deseábamos visitar las viviendas anasazi de los riscos de Mesa Verde,
cerca de Hovenweep. Mesa Verde fue uno de los más bellos lugares de asentamiento de
los anasazis, una alta meseta rodeada por escarpadas montañas. Sin embargo, y a causa
de la increíble sequía, se había desatado un incendio forestal que aún no había sido
controlado y el Parque Nacional de Mesa Verde estaba cerrado a los visitantes. Los utes,
los guardianes de Mesa Verde, nos permitieron visitar de forma privada una parte de la
reserva que les pertenece sólo a ellos y no al National Forest Service. Se trataba de un
lugar que muy pocos blancos han visto ni oído mencionar jamás.
Para llegar allí, nuestro inmenso autobús, con sus asientos parecidos a los de los aviones
y su aire acondicionado, tuvo que atravesar muchas diminutas carreteras de tierra que
serpenteaban por los bosques de cedros. Nuestro conductor estaba empezando a
desesperarse en silencio, temeroso de que nunca consiguiéramos salir de aquel primitivo
lugar. Pero todo fue bien.
Los utes nos trataron con gran honor, pues conocían el propósito que estábamos viviendo.
Mientras comíamos, nuestro guía nos contó relatos de la historia tribal del pueblo ute. A
continuación, nos condujo al borde de un profundo cañón. Parecía imposible que un ser
humano fuera capaz de descender por él sin cuerdas, pero nuestro guía nos mostró tres
escaleras de madera que se descolgaban sobre los escarpados riscos.
En estos escarpados, más de uno de los miembros de nuestro grupo se vio obligado a
superar su miedo a las alturas para poder bajar por las empinadas escaleras hasta llegar
a los salientes que había debajo, donde se encontraban las viviendas. Una de las mujeres
sólo fue capaz de descender con la ayuda de los protectores por encima de ella, por
debajo y a cada uno de sus lados, pero al final consiguió bajar y volver a subir. Se
afrontaron los miedos. Las personas se cuidaron unas a otras. Nuestro grupo se había
convertido realmente en Un Solo Corazón.
Una vez en el interior de aquel mágico lugar, pudimos percibir lo vivo que estaba, lo lleno
de los espíritus anasazis. Me sentí tan honrado de que se me permitiera entrar en él que
casi no podía hablar. Las voces del pasado me rodeaban y me hablaban acerca de sus vidas
y de su grandeza. Pude entrar en sus casas, tocar las piedras que ellos habían tocado,
sentir con mis dedos la cerámica que ellos habían elaborado hacía tantos cientos de años.
Aquella noche, después de Mesa Verde, tuve un sueño.
Los niños perdidos
Aquél fue uno de esos sueños cuya claridad siempre me avisa de que va a ser especial.
Suelo recordarlos, pues son muy importantes para mi crecimiento espiritual.
En aquel sueño yo vivía con mi familia en un lugar cercano a Mesa Verde, en una casa que
no había visto con anterioridad. Estaba entrando en el garaje para sacar el coche (en el
sueño el garaje era enorme) cuando vi que unos indios vivían en él. Me acerqué a ellos para
preguntarles si todo iba bien, pero ellos echaron a correr. Nunca me había pasado nada
parecido. Recuerdo que pensé: «Qué extraño que quieran vivir en mi garaje.»
Entonces, mientras me dirigía hacia mi coche, vi a tres pequeños niños indios que corrían
hacia la parte trasera para esconderse de mí. Me acerqué para ver dónde se escondían y
hablar con ellos, y observé que se habían metido en un agujero redondo de un metro de
diámetro. Sabía que nunca había visto aquel agujero antes.
Miré por él y vi que penetraba profundamente en la tierra, por lo que me dejé caer para
ver qué había allí.
El espacio subterráneo se abría a un túnel muy grande, de unos tres metros de alto y
ancho, que descendía suavemente hacia las profundidades. No veía a nadie, por lo que
seguí adelante para explorar aquel lugar.
Estoy seguro de que no había avanzado ni medio kilómetro cuando me di cuenta de que
había personas, muchas personas, bloqueando el camino a pocos metros de distancia. De
la mayoría no veía más que los ojos.
Al principio no supe quiénes eran, pero cuando mis ojos se habituaron comprobé que eran
todos niños, de entre diez y dieciocho o diecinueve años de edad. Ninguno dijo una
palabra. Sólo me miraban. Y no me permitían pasar.
Entonces aparecieron tres hombres de algo menos de cuarenta años y se abrieron paso
hacia delante, se me acercaron y me miraron a los ojos. Estaban cubiertos de raspones,
magulladuras y heridas infectadas. Estaban sucios y daba la sensación de que necesitaban
ayuda.
El mayor, que podía rondar los cuarenta años, comenzó a hablar. Me dijo que era el jefe
de los anasazis, como nosotros los llamábamos, y quería saber qué hacía yo allí. Le
contesté que sólo deseaba ayudar.
Él se volvió hacia los niños y me hizo señas de que los mirara. Pude ver que tenían un
aspecto similar al de los hombres. Rompía el corazón ver a tantos niños cubiertos de
heridas y sufriendo tanto dolor. Yo sólo era capaz de pensar en cómo iba a ayudarles.
El jefe vio mi reacción.
—Gracias por estar aquí —me dijo—. Pero ahora debes irte.
Así que me di la vuelta y volví al agujero de mi garaje. Ahora había más niños por mi casa,
y yo les dejé estar allí. No sabía qué hacer. Y ahí terminaba el sueño.
Durante la ceremonia de la rueda medicinal, yo había percibido con fuerza la presencia
de los anasazis todo el tiempo, al igual que muchos de los integrantes del grupo. Pero en
ese momento no fui capaz de relacionar mi sueño con la presencia que sentimos de aquel
pueblo durante nuestro viaje.
Un ritual milagroso
A la mañana siguiente, los cielos estaban tan despejados como de costumbre mientras
nos dirigíamos al monumento nacional navajo conocido como Monument Valley.
Circulábamos por una carretera llana y bien asfaltada, y estábamos a punto de acceder
al sagrado valle navajo, con sus rojas montañas que se elevan hasta el cielo, cuando dio
comienzo una visión en mi interior. Frente a nosotros lo único que podía ver era una
muchedumbre de anasazis que nos miraban desde ambos lados de la carretera. Es posible
que hubiera cientos de miles.
Un hombre pareció acercarse a nuestro autobús hasta que quedó centrado en mi visión, a
pocos metros de distancia. Era el jefe anasazi de mi sueño, pero esta vez se presentaba
regio y majestuoso, adornado con plumas y con preciosas ropas multicolores. Comenzó a
hablar.
Me dijo que la ceremonia de la rueda medicinal que habíamos celebrado había sido
profetizada por sus ancianos y les iba a ofrecer una conexión con este mundo exterior.
Me dijo también que, mediante aquella rueda y nuestra amorosa intención, su pueblo podía
ser salvado de los terribles problemas y dolores que sufrían. Nos dio muchas veces las
gracias de corazón por nuestros esfuerzos.
Sin embargo, me dijo que, como grupo, no teníamos nuestras energías correctamente
alineadas. Me «mostró» a mí mismo con una camiseta con la imagen de una X en medio de
un círculo, y me dijo que lo que hacía falta era girar la X de nuestra energía para que
fuera una cruz. Y para hacerlo, todos debíamos juntarnos mucho.
Me informó de que él y los demás estaban atrapados «entre los mundos», y que nosotros
habíamos ido allí para liberarlos. Para cada uno de los que ocupábamos el autobús, aquello
era una misión que se nos había dado para esta vida. Y todo el trabajo y las penalidades
que habíamos pasado, tanto en nuestras vidas como en aquel momento, viajando bajo el
ardiente sol del agosto suroccidental, eran necesarios para aquella tarea que estábamos a
punto de llevar a cabo.
A través del micrófono de la parte delantera del autobús conté al grupo mi sueño y mi
visión. Uno de los miembros había recibido una visión pareja a la mía. Cuando describí
aquellos acontecimientos al grupo, casi no era capaz de hablar, pues no dejaba de sentir
un gran pesar por el sufrimiento que había visto en aquellos niños anasazi, sus cuerpecitos
magullados y flacos cubiertos de heridas supurantes.
En ese momento tan emotivo, y mientras me volvía a sentar, todo el mundo unió sus
manos de forma espontánea y entró en una profunda conexión del corazón. Y
espontáneamente de nuevo, con lágrimas rodando por nuestras mejillas, todos
comenzamos a cantar al mismo tiempo el himno Amazing Grace. Podíamos «ver» a los
niños a nuestro alrededor y podíamos sentir que se alegraban.
«Una vez estuve perdido, pero ahora he sido encontrado.» En el momento mismo en que
empezamos a cantar, el conductor tomó un desvío, de la carretera 666 a la autopista 160,
en dirección al punto donde Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, las Cuatro Esquinas,
se juntan.
El jefe anasazi de la visión se me volvió a aparecer, y me dijo: —Mira.
La imagen del círculo y la X que me había mostrado con anterioridad se transformó en la
imagen de nuestra rueda medicinal, con las cuatro piedras centrales formando una cruz.
—Ahora debes llevar a cabo una ceremonia —me dijo—. Debes poner los pies sobre la
Madre Tierra.
Necesitábamos encontrar el lugar más cercano posible donde pudiéramos parar y
realizar la ceremonia sobre la tierra, y aquel «lugar más cercano posible» dio la
casualidad que era la intersección de las Cuatro Esquinas. Diane Cooper, nuestra «chica
para todo», dirigió el autobús hacia el monumento, que está gestionado por los navajos.
Por nuestras experiencias pasadas temíamos que no nos permitieran efectuar nuestra
ceremonia en un lugar público. Miramos a la nativa americana que vendía las entradas a los
ojos y le pedimos permiso. Sin dudarlo, nos respondió:
—Podéis rezar aquí, podéis celebrar vuestra ceremonia. Os dejaremos —y señaló a una
zona concreta—. Elegid algún sitio por ahí.
Como un grupo único, nos dirigimos a la zona que la mujer nos había señalado y
comprobamos que estábamos en Utah, el único estado que aún no habíamos visitado.
Aquello era perfecto, pues la Madre Tierra había dicho que debíamos realizar ceremonias
en cada uno de los estados de las Cuatro Esquinas.
Nos reunimos en apretado círculo y construimos una pequeñísima rueda medicinal en el
centro, utilizando muchas piedrecitas; era la cuarta rueda. Intentamos utilizar una
brújula para situar las piedras, ¡pero ninguna de las que llevábamos funcionaba! Cada vez
que colocábamos una sobre la tierra, señalaba el norte en una dirección diferente. No
tuvimos más remedio que averiguarlo mediante los cercanos carteles de información
turística.
Quemamos salvia y cedro y ofrecimos tabaco. Vertimos agua e insuflamos vida al círculo.
Todos nuestros corazones se abrieron de golpe, y la belleza y el poder del momento
resultaron abrumadores. Podíamos sentir el amor y la pureza en el aire. Me eché a llorar,
pues sabía que nuestra Madre nos quiere y cuida de nosotros. Fue una experiencia
realmente buena.
Una vez más, la canción Amazing Grace brotó en medio de nosotros. Una de las
integrantes del grupo sabía toda la letra, y su voz clara y dulce nos llevó hasta el final:
«Dios, que me llamó aquí abajo, será mío por siempre».
Y así fue cómo los niños anasazis fueron liberados de su encarcelamiento de cientos de
años.
La Serpiente de Luz y los ciclos del tiempo crean un nuevo sueño
Al cabo de doce mil novecientos veinte años, el ciclo se completa cuando el cambio en la
precesión de los equinoccios se acerca a la constelación de Acuario y comienza un nuevo
movimiento. Tíbet e India han cumplido su propósito de iluminar al mundo con gran
integridad, y la Serpiente de Luz está acurrucada en su nuevo hogar en las alturas de los
Andes del norte de Chile, rodeada por Perú, Bolivia, Argentina y el océano Pacífico. Su
fuerza crece día a día a través de su conexión con el centro de la Tierra, y la humanidad
está a punto de recibir una inmensa sorpresa. Un nuevo ciclo de luz está en proceso de
revelarse al mundo, justo en el momento en que parece que la oscuridad está
imponiéndose en el alma humana. Decir «gracia sorprendente» es quedarse corto.
Los acontecimientos relatados en este capítulo tuvieron lugar en 2003, y el momento al
que han hecho referencia tantos libros, la fecha del 21 de diciembre de 2012, se está
acercando con rapidez. Los que están en el conocimiento se preguntan, desde lo más
profundo de su corazón, qué va a suceder. ¿Cómo cambiaremos los seres humanos y la
Tierra? ¿Conseguiremos llegar a esa fecha antes de que el entorno o los políticos de este
loco mundo dicten nuestra desaparición? Son demasiadas las preguntas que han inundado
nuestra consciencia, creando un enorme estrés en nuestras vidas.
Para que lo sepas, los niveles más elevados de consciencia pusieron a la Serpiente de Luz
en este mundo para responder a nuestras preguntas acerca de la supervivencia, la
regeneración y la ascensión. Estaremos bien. De hecho, estaremos mejor que ahora. Por
favor, no te preocupes y confía en la Vida, pues es perfecta. Existe un ADN cósmico que
está desplegando los acontecimientos del mundo tal y como la Consciencia Única lo soñó
originalmente. Esta realidad se aclara a medida que tus ojos se vuelven uno solo cuando
pasas de la dualidad a la Conciencia de Unidad, cuando entras en el corazón de la
Serpiente de Luz.
La Serpiente se enrosca en su nuevo hogar
y nosotros respondemos
Era una mañana de lunes de 2003 y la luz del sol naciente entraba casi
imperceptiblemente por la ventana de mi dormitorio, iluminando el paisaje de mis sueños
interiores. En unos instantes alcanzaría mis ojos físicos y yo respondería, pero por el
momento estaba tan profundamente inmerso en mi meditación que casi no percibí que mi
habitación estaba comenzando a revelarse como si la iluminara con un interruptor que
atenuara la luz. Los ángeles llevaban casi una hora instruyéndome y yo había olvidado que
todavía me encontraba en la Tierra, dentro de un cuerpo humano. Me estaban diciendo
que se me pedía que sirviera a la Madre, para lo cual iba a tener que moverme por todo el
mundo y celebrar ceremonias con las tribus indígenas y para ellas, unas ceremonias
necesarias para las energías que estaban llegando. Me informaron de que había que hacer
aún más cosas para asistir al cambio de poder del varón a la mujer. Eran conscientes de
que yo no era capaz de comprender plenamente la extensión de lo que hablaban, pero
también sabían que confiaba en ellos. Siempre lo he hecho. Los dos ángeles se me han
estado apareciendo desde 1971 y yo sabía que, siempre que lo hacían, era por alguna
razón. Por regla general solían ser muy concretos.
Pero esta vez era diferente. Todo aquello de lo que hablaban parecía estar envuelto en
un velo. Hablaban acerca de determinados pueblos indígenas y lo importantes que eran
para la supervivencia humana. Estos pueblos guardaban recuerdos, conocimientos y
sabiduría, y sin esa experiencia y esos conocimientos la humanidad actual nunca sería
capaz de llevar a cabo la transición a través del gran abismo, que se estaba acercando a
gran velocidad.
Les pregunté de qué tribus estaban hablando, y me contestaron que, de momento, los
anasazis, los mayas, los incas y los zulúes eran los más importantes, pero que en su
momento vendrían otros, tal y como habían hecho en el pasado.
— ¿Y cómo debo empezar a prestar servicio? —pregunté. Me miraron como si les
estuviera tomando el pelo, y respondieron:
—Permanece en tu corazón, Drunvalo, y sabrás lo que debes hacer. En los viajes que
estás a punto de emprender, la Madre Tierra será tu guía. Escúchala. Ella dirigirá cada
uno de los pasos de tu caminar.
El sol naciente alcanzó mis ojos y me sacó de repente de mi meditación. En mi interior
fue como una explosión de luz vibrante, roja y dorada. Antes de que supiera lo que estaba
sucediendo, estaba de vuelta en mi cuerpo y era por la mañana. Me quedé sentado,
preguntándome a mí mismo qué sería lo que querrían decirme los ángeles, pero luego
pensé que lo mejor que podía hacer era comenzar mi día. Seguro que a su momento todo
quedaría claro.
Mi asistente, Diane Cooper, que lleva años ayudándome con los asuntos de negocios, me
llamó al cabo de un rato. Me sugirió que organizáramos un viaje a la región de las Cuatro
Esquinas de Estados Unidos, allí donde se juntan Atizona, Utah, Colorado y Nuevo
México, y que lleváramos allí a un grupo de personas procedentes de todo el mundo. Me
preguntó si aquello me podía interesar.
Llevar a otras personas de viaje alrededor del mundo es algo que no suelo hacer, pues la
mayor parte de mi tiempo lo dedico a enseñar y a escribir libros sobre meditación y
consciencia superior. —Esa es la región de los antiguos anasazis, ¿verdad? —pregunté.
—Drunvalo —me dijo—, tú sabes perfectamente que es allí donde vivían.
Supongo que se lo pregunté para poder escuchar la respuesta. Desde luego que sabía que
los anasazis habían vivido allí, pero me sorprendió escuchar el nombre de esa tribu poco
tiempo después de que los ángeles me dijeran que ellos eran los primeros a los que debía
ofrecer una ceremonia. Le contesté que tenía que pensármelo y que ya le respondería.
Habían pasado muchos años desde mis viajes a Yucatán y Guatemala, la isla de Moorea y
Kauai, y creía que mi trabajo en esos niveles relacionados con el cambio de poder del
varón a la mujer había concluido. Con sesenta y dos años cumplidos, había pensado dejar
todo lo relativo a ese tipo de trabajo, no porque estuviera cansado, sino porque sentía
que mi objetivo con la Tierra estaba cumplido. En mi interior me sentía contento. Pero la
Vida tenía más planes para mí, ¿y quién soy yo para discutir con Ella?
La Red de Conciencia de Unidad había quedado terminada hacia 1989 y 1990, y yo creía
sinceramente que no quedaba más que esperar hasta que el proceso de ascensión
planetaria comenzara a acelerarse. Pero como ahora entendía a través de los ángeles,
había bloqueos inusuales en la red que estaban retrasando el flujo natural de energía de
su interior y que debían ser eliminados o equilibrados para que las mujeres pudieran
utilizar eficazmente el poder que les había sido entregado. Esos bloqueos procedían de
decisiones y actos de determinadas culturas humanas que vivieron mucho tiempo atrás.
Diane y yo organizamos un viaje al suroeste, que denominamos «Viaje a los antiguos
anasazis», e invitamos a cualquier persona procedente de cualquier parte del planeta que
deseara unirse a nosotros. Mis libros se habían traducido a idiomas de todo el mundo y se
leían en al menos cien países, por lo que sabía que sería un grupo realmente internacional.
Limitaríamos el número de asistentes a la capacidad de un único autobús y un camión, que
iría detrás con el avituallamiento. Al final, cerramos la inscripción con cincuenta y seis
personas (sin incluir a nuestro grupo de apoyo, formado por otras cinco personas y yo)
procedentes de veintidós países.
El viaje fue completamente distinto de los íntimos y sagrados que había realizado
anteriormente solo o con algún amigo cercano. Esta vez éramos sesenta y una personas
procedentes de culturas de todo el planeta. A algunos no los conocía, pero evidentemente
estaba a punto de hacerlo. Había quien no hablaba inglés, pero así tenía que ser. Se
trataba de un trabajo espiritual a un nivel que debía hacerse con muchas almas
cooperando, trabajando realmente como una sola.
Lo que es más, creo que en realidad habíamos tomado la decisión de juntarnos para llevar
a cabo este trabajo muchísimo tiempo atrás. Creemos que el tiempo es lineal, pero en
realidad es esférico. El futuro ya ha sucedido. Probablemente, por mucho que te lo
explicara en este momento, no conseguiría que lo entendieras. Sólo la experiencia directa
sirve para ello, y esa experiencia te cambia para siempre cuando descubres la realidad
del tiempo.
Todo el mundo se congregó en Sedona (Arizona), un lugar de rojas montañas rocosas y
con una de las energías espirituales más elevadas del planeta. A pesar de ser un pueblo
pequeño (sólo unas diez mil personas viven en él), su población aumenta hasta las veinte
mil a causa de los cinco millones de turistas que acuden cada año para sentir la gran
energía que sale de la Tierra y entra en contacto directo con el alma. Incluso las
personas materialistas y no creyentes, para quienes la política y los mercados de valores
son las claves secretas de la Vida, la sienten. Sencillamente, con aparcar el brillante
Mercedes negro al borde de la carretera y adentrarse en los vórtices del pasado infinito,
cualquiera puede comprobarlo.
Las razones para organizar este viaje eran complejas y se entrelazaban entre sí. En
primer lugar, estaba el propósito de ayudar a los anasazis, de quienes me habían hablado
los ángeles. Había que devolverlos a este mundo para que la segunda razón pudiera
cumplirse; es decir, el desbloqueo de la red asociado con esa antigua cultura.
Había también otro motivo, relacionado con el tiempo. Puede que esto suene poco
importante, pero el tiempo es una parte del problema asociada con la razón por la cual los
anasazis tuvieron que dejar este mundo. Y el tiempo era la clave para liberar el campo de
energía que mantenía a los anasazis escondidos dentro de los mundos interiores de la
Tierra. Déjame que te lo explique.
Los nativos americanos creen que en este momento nos encontramos en el Cuarto Mundo,
y que pronto todos nos iremos de aquí hacia el Quinto Mundo. Creen que han estado en
otros tres antes de llegar a éste, en el que ahora vivimos todos juntos. Creen que los
otros tres mundos están, literalmente, dentro de la Tierra, y que cuando vinieron desde
el Tercer Mundo realmente salieron del interior de la Tierra hasta la superficie, que es lo
que ellos denominan Cuarto Mundo.
Los ancestros de la región de las Cuatro Esquinas de Estados Unidos fueron un grupo de
gente que desapareció hace muchos años, un pueblo al que ahora llamamos los anasazis. El
término anasazi quiere decir «los antiguos», pero para algunas personas también significa
«el enemigo antiguo». Da la impresión de que los anasazis desaparecieron en un solo día.
La comida y los cacharros de barro se quedaron sobre las mesas. Todo está como si
sencillamente hubiesen decidido salir a dar una vuelta para luego volver. Es como si se
hubieran levantado y todos juntos, en masa, se hubieran volatilizado.
¿Por qué iban a hacer una cosa así? ¿Dónde fueron?
En los últimos años se ha descubierto que, en las etapas finales de la cultura anasazi, la
corriente del océano Atlántico se ralentizó, tal y como está haciendo en la actualidad, y
ese cambio hizo que la región de las Cuatro Esquinas sufriera una sequía extrema, como la
que tiene hoy en día y por la misma razón. Pero para los anasazis, la lluvia desapareció
completamente durante cuarenta y seis años, lo que hizo que todos los lagos, ríos y
reservas subterráneas de agua se secaran. No les quedó elección. Tenían que irse o morir.
Por si fuera poco, se veían amenazados por los conquistadores españoles, que intentaban
eliminarlos. Fue demasiado para los anasazis y tomaron medidas desesperadas.
Muchos de ellos decidieron regresar al Tercer Mundo, dentro de la Tierra, pensando que
eso les salvaría, pero no fueron capaces de comprender cómo aquello iba a afectar a su
futura evolución o a la evolución del mundo.
Así que los Antiguos entraron en sus salas subterráneas de oración, sus kivas, donde
siempre había un sipapu simbólico. Un sipapu era la abertura que se dejaba en la
superficie cuando los Antiguos salían de la Tierra procedentes del Tercer Mundo. Los
anasazis (aunque no todos), utilizando un conocimiento especial, volvieron al interior de la
Tierra, al Tercer Mundo, donde creían que estarían seguros.
Pero tal y como íbamos a aprender en aquel viaje, no todo era tan fácil. Ahora que sus
espíritus estaban conectados con la superficie exterior del Cuarto Mundo, su vida en el
Tercer Mundo se convirtió pronto en un infierno. Muy lentamente se dieron cuenta de
que se habían equivocado al intentar retroceder en la evolución. También comprendieron
que no podían hacer nada contra ello, no hasta que su profecía (su sueño colectivo)
pudiese cumplirse. Y nuestro grupo era aquella profecía que llevaban cientos de años
esperando.
Aquella elección que habían hecho los anasazis hace más de setecientos años debía ser
corregida antes de que las mujeres pudieran tomar el poder. Y tal y como me habían
dicho los ángeles, no eran sólo los anasazis los que estaban produciendo perturbaciones
en la Red de Conciencia de Unidad; había otras antiguas culturas indígenas que estaban
haciendo lo mismo.
Así pues, nuestro grupo estaba encargado de la triple tarea de crear un medio por el
cual los anasazis pudieran volver a este mundo, el Cuarto Mundo; de cambiar los patrones
del clima en la región de la Cuatro Esquinas y, mediante las dos primeras, de realizar
determinadas ceremonias que eliminaran unos bloqueos específicos en la Red de
Conciencia de Unidad para preparar a la mujer para que pudiera usar su nuevo poder. Y
todo eso se iba a conseguir mediante la «magia» ceremonial, o llámalo ciencia, si eso es lo
que entiendes y prefieres.
En 2002, mi mundo, Arizona, había sufrido la peor sequía de los últimos cien años
producida por el calentamiento global y la ralentización de la corriente del océano
Atlántico. Los incendios estaban quemándolo todo. La revista Time sugería, basándose en
la evidencia que había conseguido, que aquella sequía iba a durar otros ciento cincuenta
años. Nuestro grupo debía cambiar esa predicción, poniendo fin a la sequía o, al menos,
alterándola. Nosotros creíamos que ese patrón climático estaba en realidad conectado
con la consciencia humana y el antiguo pueblo llamado anasazi.
Para poder guiar a aquel grupo a través del difícil terreno multicultural, hice lo que los
ángeles me habían pedido. Comencé a meditar con la Madre Tierra todos los días,
pidiéndole que nos guiara. La amo profundamente y puedo sentir su amor hacia mí. Ella
comenzó a instruirme acerca del modo en que debía manejar cada una de nuestras
acciones.
Los Maestros Ascendidos, a través de Thoth, me habían ayudado en los primeros niveles
de mi recuerdo, pero este viaje requería que mi guía llegase de unos niveles cósmicos que
sobrepasaban a la Gran Hermandad Blanca. Ahora iban a dirigirme el espíritu vivo de la
Tierra, la Madre Tierra, y, por supuesto, mis queridos ángeles.
Thoth había sido uno de mis guías principales a lo largo de diez años, pero a mediados de
la década de los noventa, tanto él como la mayoría de los Maestros Ascendidos
abandonaron la Tierra para realizar el viaje al futuro que todos haremos algún día.
Cuando regresó tras el cambio de milenio, se me apareció para hacerme saber que estaba
de vuelta, pero que nuestra relación mutua había concluido. Había llegado el tiempo de
una nueva forma de guía, una que está dentro de cada uno de nosotros: la guía de nuestra
propia Madre Divina.
La primera rueda medicinal
En aquel entonces yo vivía en Payson (Arizona), y los incendios rodeaban mi pueblo. El
mayor en toda la historia de Arizona ardía fuera de control a sólo veinticuatro kilómetros
de mi casa. La Madre Tierra nos había dicho a mí y a mi familia que hiciéramos una rueda
medicinal en nuestras tierras y que rezáramos pidiendo la lluvia.
Lo hicimos de un modo sagrado, hablando a cada piedra, viéndola como si estuviese viva, y
al final la Madre Tierra habló a través de mí a toda mi familia y nos dijo que llovería en
dos días.
Al día siguiente, el aire se llenó de humedad. Los titulares de los periódicos de la zona
hablaron de «día milagroso», porque la humedad se dirigió directamente hacia los
incendios. La lluvia tornó el humo negro en blanco y permitió a los bomberos hacerse con
el cinco por ciento de aquel gigantesco incendio descontrolado. Era el comienzo del fin de
aquel fuego.
Al otro día comenzó a llover ligeramente, pero sólo en la zona que rodeaba Payson.
Lentamente, día tras día, empezó a llover más y más hasta que el área de Payson quedó
empapada y los fuegos se extinguieron. La rueda medicinal estaba funcionando, pero por
desgracia sólo cerca de mi casa. Los incendios seguían por el resto de la región de las
Cuatro Esquinas, por lo que el problema no estaba solucionado. Pero aquella rueda
medicinal era importantísima, ya que había comenzado la sanacion que debería ser
completada por nuestro grupo internacional y los talentos especiales que iba a aportar a
esta región nativa desde todas las partes del mundo.
La Madre Tierra quería que yo fuera a los cuatro estados de las Cuatro Esquinas:
Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, y celebrara una ceremonia para sanar la
relación entre los Antiguos y los Modernos, todos los seres humanos que viven en la
actualidad. Al hacerlo, el mundo exterior y el interior se equilibrarían y,
simultáneamente, un bloqueo existente en una porción de la Red de Conciencia de Unidad
desaparecería.
Los anasazis
Los anasazis vivieron desde los tiempos de Cristo hasta alrededor del año 1300 d.C.,
cuando la corriente del Atlántico comenzó a ralentizarse (históricamente, la Pequeña
Edad del Hielo comenzó en 1300 y duró hasta 1850), y su área de influencia se centró
fundamentalmente en las Cuatro Esquinas. Construyeron edificios, y en la localización y
emplazamiento de sus lugares sagrados se transluce una increíble ciencia, así como en el
uso que hicieron de los dibujos geométricos sagrados. Su historia, recientemente
descubierta, ha sido contada en un documental, narrado por Robert Redford, titulado
The Mystery of Chaco Canyon, que describe cómo los anasazis funcionaban
científicamente en un nivel similar al de los antiguos egipcios.
Los anasazis no eran unos bárbaros; eran gente civilizada que entendían una realidad que
a nosotros nos parecería ciencia ficción. Los otros mundos, las otras dimensiones, eran
para ellos una realidad y sabían cómo moverse entre ellos (al menos hasta un cierto
grado).
Para ser claro, el Tercer Mundo es un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, en
el que estaban atrapados. Los anasazis intentaron pasar a la cuarta dimensión, pero no
estaban preparados para ello y no lo consiguieron. Así que encontraron un mundo
sobretonal fuera de este mundo y se sintieron más seguros en él.
Quizá ha llegado el momento de explicar, al menos de una forma sencilla, los modos en
los que se relacionan las diferentes dimensiones y sobretonos. (En mis dos primeros
libros, El antiguo secreto de la flor de la vida, volúmenes I y II, encontrarás una
explicación más amplia.) Esta descripción de las dimensiones se corresponde con el punto
de vista antiguo, no con el moderno, que considera las tres primeras dimensiones como los
ejes X, Y, Z del espacio y la cuarta dimensión como el tiempo. El punto de vista moderno
continúa subiendo por las dimensiones de forma matemática, según lo define la ciencia
moderna. No es que ese modo científico esté equivocado; es sólo que se basa en
conceptos diferentes.
Lo que explico aquí es completamente distinto. En esta explicación, el universo se
considera un puro sonido o vibración. La relación entre las dimensiones es también
puramente vibratoria y se corresponde perfectamente con las leyes de la música y la
armonía. Las dimensiones están separadas unas de otras exactamente en las mismas
proporciones que las notas de la escala cromática musical. En lugar de medirse en ciclos
por segundo, como en la música, en el caso de las dimensiones la separación se mide en
longitudes de onda, pero las proporciones son las mismas.
Existen doce dimensiones de sobretonos mayores y doce de sobretonos menores, dando
un total de ciento cuarenta y cuatro dimensiones en cada octava. Aparentemente existen
infinitas octavas de dimensiones que se repiten una y otra vez, aunque su experiencia
cambia cuando uno asciende por ellas. Todas las dimensiones penetran unas en las otras,
por lo que en el espacio en que te encuentras ahora, en este momento, todas las
dimensiones están atravesando tu cuerpo.
El universo que podemos ver con las estrellas y los planetas se define como la tercera
(mayor) dimensión dentro de las doce dimensiones mayores. Por tanto, la Tierra está
dentro de la tercera dimensión, pero dentro y alrededor de ella y de todo el universo
existen doce sobretonos de la tercera dimensión. Aunque no puedes ver estos sobretonos
de la tercera dimensión, son mundos que han sido conocidos y experimentados por
chamanes, curanderos y Maestros Ascendidos a lo largo de miles de años.
Si una persona entrara en un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, o de
cualquier otra dimensión, desaparecería de la vista aquí, sobre la Tierra, y reaparecería
en otro mundo. Eso no es fácil de hacer sin un gran conocimiento.
Los antiguos anasazis, en su desesperación, consiguieron pasar de la tercera dimensión
de la Tierra a un sobretono de la misma. El problema fue que, como estaban
retrocediendo en la consciencia al hacer este movimiento, el paso resultó algo parecido al
suicidio y se vieron atrapados, incapaces de salir de aquel mundo de un sobretono menor.
Déjame contarte algo acerca de su naturaleza; puede que llegues a sentir la compasión
que a mí me inspiran. Su esperanza de vida desde el nacimiento a la muerte no solía
sobrepasar los dieciocho o diecinueve años. Si un anasazi vivía hasta los veinticinco, era
una persona muy anciana. Una mujer solía tener su primer hijo a los doce o trece años, y
moría cinco o seis después. Esto significaba que los niños tenían que estar solos y ser
capaces de sobrevivir a una edad muy temprana.
Por eso, aunque poseían un asombroso entendimiento de la Realidad, carecían de la
sabiduría que aporta la edad. Eso es lo que yo siento después de llevar muchos años
percibiendo a los anasazis .11 esos otros niveles durante mis meditaciones.
Comienza el viaje sagrado
Estoy escribiendo esto a finales de 2006, y al recordar aquel viaje de 2003 mi corazón
se siente vivo por la energía. Lo que sucedió en él cambió mi vida.
La mañana en que debía partir hacia Sedona para reunirme con el grupo, me senté frente
a nuestra rueda medicinal «familiar» y recé a la Madre Tierra solicitando su guía y
protección cuando entráramos en los mundos de los anasazis. Los ángeles habían dicho
que aquellas oraciones serían mi camino y mi guía hasta que ellos cambiaran el sendero.
Thoth había sido un hermano y un gran consejero, pero ahora nuestro grupo se
enfrentaba a un nuevo tipo de desafío. En mi corazón, le dije: «Querido Espíritu de la
Tierra, te escucharé y haré todo lo posible para seguir tu consejo».
Dejé la rueda y me dirigí hacia el norte, hacia Sedona, para el primer encuentro con el
grupo internacional. Tras aquella conexión inicial, nos dispusimos a seguir el sendero del
nativo americano, que íbamos a recorrer durante el resto del viaje. En ese camino está
establecido que, antes de una ceremonia o un viaje sagrado, el grupo debe purificarse en
una cabaña de sudación tradicional.
La cabaña de sudación es una pequeña estructura en la que caben entre diez y treinta
personas. Suele estar construida con ramas de sauce rojo tejidas según un patrón
específico y atadas para que formen una estructura. A continuación, se echan encima de
esta estructura diferentes tipos de telas, que antiguamente eran pieles de animales y en
la actualidad son mantas, hasta que el interior queda completamente a oscuras. En la
mayoría de los casos, la pequeña puertecita de una hoja se sitúa hacia el este.
Delante de la puerta se enciende un enorme fuego y en él se colocan unas piedras de lava
especiales y se calientan hasta que están al rojo. Estas piedras se llevan al interior de la
cabaña con una pala o una horca, de una en una, hasta tener normalmente siete en mitad
del suelo. Cuando estas piedras se enfrían, se lleva otro grupo de piedras calientes para
comenzar otra ronda de oración. A veces la sudación es mayor de lo que la gente puede
soportar, pero cumple su propósito: permite que nuestra parte sucia nos abandone. Nos
prepara para la integridad, que debe ser honrada en todo momento para poder cumplir la
profecía.
Nuestro grupo entró en la cabaña de sudación comprendiendo que estábamos entrando
en el seno de la Madre Tierra, y que allí iban a cantar y a rezar a Ella, al Padre Cielo y al
Gran Espíritu, pidiéndoles ser purificados y preparados para el viaje sagrado que nos
aguardaba.
Tras la sudación, fuimos caminando hasta la casa de un amigo, donde sencillamente
empezamos a conocernos con una estupenda comida y unos grandes músicos de la región,
que vibraban canciones desde el corazón y el didgeridoo. Rápidamente comenzamos a
fundir nuestras energías. A la mañana siguiente nos introdujimos en nuestro
ultramoderno barco terrestre, denominado autobús, y nos pusimos en camino hacia la
tierra antigua en busca de un pueblo invisible.
Los navajos
Navajos es el nombre que les dio el hombre blanco. Entre ellos son los diné. En su lengua,
diné significa «los hijos de Dios». A ellos no les gusta el nombre de navajo. Los visitamos
en primer lugar para solicitar permiso para celebrar una ceremonia en sus tierras, pues
son los guardianes, junto con los hopis, de las puertas del lugar en el que existen los
anasazis. Todo comenzó ahí.
Mi mentor de los hopis, Grandfather David, encendió una vez mi corazón con su gran
poder de visión. Grandfather David era el anciano que guardaba las profecías hopis para
la tribu antes de dejar este mundo. Yo tenía su permiso, pero necesitaba que los navajos
nos abrieran su corazón y también nos concedieran la licencia para llevar a cabo una
ceremonia en sus tierras, que se extienden desde Arizona a Utah, Colorado y Nuevo
México, todos los lugares a los que debíamos visitar.
Nunca he visto un navajo que se abra al hombre blanco, pues éste sólo les ha mostrado
engaño y mentiras desde el principio de su relación. Los navajos consideran que el hombre
blanco tiene una «lengua bífida», como una serpiente, que siempre dice una cosa y hace
otra, y su repugnancia se ha ido transmitiendo a lo largo de los años. En toda mi vida
jamás había visto que los navajos actuaran de forma confiada, ni amistosa siquiera, con el
hombre blanco, pero saber que la vida es sueño ayuda a hacer que lo imposible se haga
realidad. He visto esa desconfianza en los ojos de los navajos muchas veces, pero lo que
encontré cuando llegamos al cañón de Chelly fue exactamente lo contrario. El pueblo
navajo nos acercó a sus corazones y nos condujo a zonas de su tierra sagrada que
normalmente no enseñan al mundo exterior.
Nuestros guías navajos nos bajaron a los cañones de su tierra natal y nos señalaron los
pictogramas que habían dibujado los anasazis, los Antiguos, que vivieron allí antes que
ellos. Pero en nuestro caso, y con gran cuidado, también nos enseñaron lugares y nos
contaron historias acerca de su tierra sagrada que otros visitantes blancos no habían
escuchado jamás.
La mayor parte de nuestro grupo no conocía la situación. Creían que era normal que los
navajos se mostraran así de amistosos, pero muchos de nosotros entendimos que no era
así. Nuestro guía nos dijo que había llevado a muchos grupos hasta aquel cañón, pero que
el nuestro era diferente. Nos estuvo revelando conocimientos acerca de su tribu y de los
anasazis que normalmente se guardan para las conversaciones en familia.
En nuestro segundo día de estancia en el cañón de Chelly, los guías navajos que nos
acompañaban celebraron con nosotros nuestra ceremonia sobre un rocoso acantilado que
daba al corazón secreto del cañón. Juntos acudimos al «espacio del corazón» y rezamos
por la sanacion de la Tierra. Fue una experiencia realmente conmovedora y
extraordinaria.
Sin embargo, fue la noche anterior, la de nuestro primer día en el cañón de Chelly,
cuando muchos de los integrantes del grupo experimentaron la primera apertura del
corazón diñé. Yo me ausenté en mitad de aquella experiencia, pues necesitaba meditar y
prepararme para lo que se avecinaba. Por eso te voy a narrar la historia del recuerdo de
alguien que sí estuvo allí.
Uno de los miembros de nuestro grupo, John Dumas, decidió unirse a un flautista navajo
que, junto con dos acompañantes que tocaban el tambor, estaba entreteniendo a los
invitados en el restaurante navajo donde cenamos. John toca la flauta y el didgeridoo, y
la música que creó con tanta maestría y sentimiento se convirtió en un verdadero lazo de
unión entre nuestro grupo y los navajos, una increíble improvisación que duró hasta bien
entrada la noche.
Aunque algunos de los integrantes de nuestro grupo estaban muy cansados por haber
estado viajando durante todo el día, no éramos capaces de irnos. Era una experiencia muy
bella. La música era extraordinaria. Y la comunicación del corazón, no sólo entre los
músicos, sino [también] entre los navajos y los miembros de nuestro grupo, fue una de las
experiencias más asombrosas que habíamos sentido jamás de lo que significan la amistad
y el cariño. Por primera vez, al menos en aquella pequeña habitación, el navajo y el hombre
blanco eran Uno. John tocaba mientras le brillaban los ojos, y la felicidad que brotaba de
él era algo digno de contemplar, reflejada en los rostros de nuestros amigos navajos.
Al final, cuando estábamos preparándonos para irnos, un hombre muy, muy anciano se
acercó al micrófono. Nos dijo que durante la Segunda Guerra Mundial había estado
encargado de la retransmisión de mensajes en clave, en idioma navajo, y que había
formado parte del grupo que erigió la bandera en Iwo Jima. Allí, en Iwo Jima, había
estado con otros tres navajos. Todos ellos habían fallecido, todo menos él. Con suavidad,
como si no tuviera importancia, nos dio sus nombres y nos contó cómo habían muerto.
Nos dijo que había escrito una canción sagrada para aquel día, para Iwo Jima y la batalla
que habían entablado allí. Y luego, en la silenciosa sala, sin acompañamiento alguno, nos
honró del modo antiguo cantándonos su canción.
Cuando aquel anciano abandonó la sala, todos nos abrazamos.
Esta historia sólo tiene sentido interior cuando te das cuenta de lo raro que es para los
navajos hacer amistad con el que llaman «hombre blanco». Pero ellos sabían que nuestro
propósito era su propósito: sanar el interior de la Tierra y a los anasazis.
La segunda rueda medicinal
Desde el cañón de Chelly nos dirigimos al cañón del Chaco, el centro principal de los
anasazis, situado en Nuevo México. Teníamos la esperanza de hacer allí una rueda
medicinal, pero al llegar descubrimos que el gobierno había cerrado toda posibilidad de
llevar a cabo una ceremonia así en aquel lugar. Hablamos con los funcionarios locales, pero
nos dejaron muy claro que ni siquiera podíamos llevar tambores.
Por tanto, fuimos todos a la más importante de las ruinas antiguas y nos vimos
arrastrados a una de las kivas abandonadas, donde la energía era poderosa. La kiva
carecía de techo, pues en su retirada los chacos habían destruido gran parte de su
civilización y las kivas habían perdido el techo. Como no había forma de entrar en ella, la
rodeamos y comenzamos la ceremonia sólo con nuestros cuerpos y nuestros espíritus.
Pedimos permiso para entrar en contacto, pero sólo el silencio nos respondió.
Más tarde decidimos pasear por el extenso lugar y conectarnos como individuos con la
tierra y con los Antiguos. Fue el único camino que nos dejaron.
Al principio trepé por un acantilado, con unos cuantos miembros del grupo, hasta la
cumbre, desde donde podía contemplar todo el cañón. Toqué la flauta un rato,
sintonizando mi corazón con la tierra, y luego mi voz interior me dijo que continuara yo
solo hasta un saliente escondido para el grupo (y para los funcionarios del gobierno).
El cañón del Chaco padecía sequía; estaba seco, sin rastro de lluvia ni de humedad
siquiera. La vida se mantenía por los pelos. La Madre Tierra me pidió que creara una
pequeña rueda medicinal en aquel lugar escondido y que la conectara energéticamente con
la de mis tierras de Arizona, a cientos de kilómetros de distancia.
Encontré algunas piedrecitas de hierro y las coloqué sobre una gran roca plana para
hacer la rueda. Recé a la Madre Tierra como si fuera una rueda medicinal de tamaño
normal y le pedí que la conectara con la que estaba cerca de mi casa, tal y como se me
había dicho que hiciera.
Después de una hora y media, parecía completa. Regresé al grupo y volví a convertirme
en un turista.
En este punto debes recordar que en Arizona llevaba casi dos semanas lloviendo, y todo
se estaba volviendo verde y bello. Los incendios eran agua pasada. Pero cuando la rueda
medicinal del Chaco se conectó con la de Arizona, la energía creada por esta última fue
absorbida y trasladada al cañón del Chaco. Al día siguiente, mi familia me dijo que el
tiempo cerca de mi casa había vuelto al mismo estado seco de antes de que hiciéramos
nuestra pequeña rueda familiar.
En realidad, yo pude percibir este cambio en el momento en que sucedió, cuando
completé la pequeña rueda medicinal del cañón del Chaco. Fue como si me hubieran
extraído la fuerza vital. Fue algo personal.
Expliqué a los demás lo que había sucedido y les dije que debíamos seguir moviéndonos
para encontrar el lugar correcto en el que crear nuestra rueda medicinal de grupo. Yo
sabía que muy pronto iba a llegar el equilibrio a la región.
La ceremonia de la kiva
Durante el siguiente día de viaje, y mientras buscábamos un lugar donde celebrar la
ceremonia de la rueda medicinal, visitamos dos de las antiguas ruinas anasazis de la
cultura chaco. Están valladas y gestionadas con mucho cariño por sus cuidadores
oficiales.
En las ruinas Salmón pudimos caminar por el interior de las estructuras sagradas y las
casas que habitaron los Antiguos. Sabíamos que los anasazis eran de pequeña estatura,
comparados con nosotros, pero el tamaño de las puertas nos lo confirmó.
En las ruinas aztecas, que en realidad son anasazis, nos encontramos, por primera y única
vez en nuestro viaje, dentro de una kiva techada y bajo tierra. Podíamos sentir su
energía y su misterio. Nuestro grupo se sentó alrededor del borde de la sala circular y
con aspecto de cueva, en unos bancos dispuestos para los visitantes, y yo hablé sobre la
historia de la creación de los anasazis, sobre cómo habían surgido del Tercer Mundo y
cómo la kiva representaba aquello, con el simbólico sipapu en la parte superior, allí donde
los Antiguos habían trepado hasta la superficie de la Tierra. A continuación, entramos
todos en el lugar sagrado del corazón, tal y como hicimos juntos muchas veces durante el
viaje, y llevamos a cabo en él una ceremonia de sanacion.
No recuerdo lo que dije, pero sí de la energía. Una familia de visitantes se nos acercó y
se nos unió reverentemente en la ceremonia. Podía sentir a los Antiguos a nuestro
alrededor, conectándose con nosotros. Se estaba preparando el camino mientras
meditábamos todos juntos en aquella oscura sala del interior de la Tierra.
Un pequeño apunte. Mientras rezábamos en esta kiva, pedimos a los anasazis que
estuvieran presentes con nuestro grupo. Cuando se terminó la ceremonia, muchos de los
miembros tomaron fotografías. Aquellas instantáneas revelaron que los espíritus de los
anasazis estaban presentes. En total, había más de veinte cámaras que constituían las
mismas esferas de luz que aparecen en las fotografías, pero ahora sólo tenemos las
imágenes de tres de ellas. Estas esferas de luz no fueron el resultado de la luz que se
refractaba en la lente de la cámara; aparecen en las instantáneas de todas ellas. Los
anasazis estaban realmente con nosotros, y eso se hizo evidente a medida que continuaba
nuestro viaje.
Ceremonia en la kiva anasazi. John Dumas toca el didgeridoo durante la ceremonia.
Lionfire y el destino
Al día siguiente nos metimos en nuestro hogar sobre ruedas y nos dirigimos hacia el
norte, a Colorado, el tercer estado de la Cuatro Esquinas y la región más septentrional
del imperio anasazi.
Cuando nos acercábamos a los grandes espacios abiertos del Hovenweep National
Monument, todos podíamos sentir el poder sobrecogedor de aquella remota región.
Paramos en las principales ruinas anasazi de Hovenweep y fuimos recibidos por un
guardabosques del U.S. National Park Service para todas las ruinas de Hovenweep. Se
llamaba Lionfire.
Cuando Lionfire vio quiénes éramos espiritualmente y descubrió lo que intentábamos
hacer, una rueda medicinal para la sanacion de los anasazis, supo que el gobierno no nos
iba a permitir llevarla a cabo en las tierras de un parque nacional. Se abrió su corazón y
nos ofreció llevarnos a sus propias tierras, que estaban dentro de la zona del Hovenweep
National Monument y también cubiertas con ruinas anasazis. Él simplemente las llamaba
Hovenweep.
Desde sus tierras, situadas en un punto estratégico y especial, podíamos ver picos
sagrados y formaciones de tierra de los anasazis y de los modernos nativos americanos
en todas direcciones. Cientos de miles de anasazis habían vivido en un tiempo en la zona
que rodeaba las tierras de Lionfire, y cientos directamente sobre éstas, y todos pudimos
sentirlo y comentamos cómo nos estaba afectando, cómo nos tocaba el corazón.
El aire estaba saturado con el olor de la salvia. Los cañones laterales secretos eran el
hogar de los espíritus de las águilas. Antiguos trozos de cerámica estaban esparcidos por
el suelo, como si los hubieran echado allí para conducirnos hasta nuestro destino.
Lionfire no era sólo el empleado del U.S. National Park Service que guardaba las ruinas
más septentrionales de los anasazis, sino también un chamán que llevaba la mayor parte
de su vida estudiando a los Antiguos y que sabía mucho acerca de cómo vivían.
Hovenweep está en la misma longitud del cañón del Chaco, directamente sobre la «línea
sagrada», la Great North Road, que se dirige hacia el norte desde Chaco. Hoy día nadie
sabe dónde se pretendía que fuera esta carretera ni por qué es tan importante. Sin
embargo, Hovenweep está en su ruta y en un tiempo fue un lugar de gran poder.
Cuando llegamos, supe que estábamos en el lugar correcto. Todo el grupo lo percibió. En
Hovenweep nos sentíamos «en casa» e inmediatamente supimos que, por fin, aquél era el
lugar donde íbamos a construir nuestra rueda medicinal para sanar a los anasazis.
Comenzamos nuestra visita recorriendo un complejo de antiguas viviendas. En algunas de
ellas pudimos entrar y, una vez más, comprobamos lo bajos de estatura que tuvieron que
ser los Antiguos.
Recibimos el permiso para realizar nuestra rueda medicinal no sólo de Lionfire y de
Mary, su mujer, sino también de la Madre Tierra. Ésta nos dijo que nos «relajáramos» y
tratáramos aquella tierra como si fuese nuestra. La rueda, una vez construida, sería
protegida por Lionfire y Mary, fieles guardianes de la tierra. Según nos dijeron estos,
muchos años antes habían recibido una profecía que les comunicaba que nosotros íbamos
a ir y a celebrar aquella ceremonia.
Antes de que llegáramos, y sin saber que íbamos a ir a Hovenweep (recuerda que en
principio habíamos pretendido hacer la rueda medicinal en el cañón del Chaco), Mary
había escrito un poema en honor a nuestro viaje. Nos contó que le llegó entero y que ella
se había limitado a escribirlo. Cuando nos juntamos en la gigantesca kiva (sin techo, pero
tan profunda que tuvimos que bajar por una escalera), nos lo leyó.
El tejido
Aquí estamos, rodeados por las montañas sagradas, en el sipapu, el lugar donde
nuestro mundo comenzó. Venimos de las cuatro esquinas de esta tierra, caminando con
amor, trayendo nuestro conocimiento de muchas culturas, muchos idiomas. Buscando
entendimiento, crecimiento y cambio para nosotros mismos, para nuestros países, para
nuestro mundo.
¡Esta es nuestra intención! ¡Aquí, en este momento, creamos un nuevo mundo, tejemos
una nueva realidad!
¡Oramos pidiendo ayuda y solicitamos testimonios de las sagradas energías de nuestro
mundo!
• AlRE: vientos de las cuatro direcciones, vientos que mueven las estrellas.
• AGUA: lluvia, ríos, manantiales.
• FUEGO: nuestro Sol, el relámpago que baila sobre el cielo.
• TIERRA: nuestra Madre, su arena, sus acantilados, sus montañas.
• NUESTROS HERMANOS: los de cuatro patas, los alados, los niños del agua y
aquellos que se arrastran.
• NUESTRAS HERMANAS: las que están de pie, desde el majestuoso árbol a la más
pequeña de las flores.
• NUESTRA PROPIA RAZA HUMANA: desde nuestros ancestros, que caminaron los
primeros sobre esta tierra, hasta los hijos de nuestros hijos, hasta siete generaciones;
a ésos, sobre todo, invocamos.
• NOSOTROS MISMOS, aquí y ahora, para ser testigos y luchar.
Estamos aquí para crear un tejido de una nueva realidad.
En todo tejido, la belleza es creada por la urdimbre, la trama y el dibujo.
Traemos: para la fundación, el hilo de la urdimbre,
Energía humana, las experiencias de culturas diversas.
Fortaleza y orgullo de nuestras sociedades, de nuestras familias.
Historia, nuestra lucha para manifestar nuestro propio camino.
Todo esto lo trenzamos y ensartamos en nuestro telar para formar la urdimbre, la
forma de nuestro tejido.
Sobre ella tejemos la trama de nuestro viaje diario, el hilo de la belleza, hilado,
momento a momento, con cada paso de integridad, mientras nuestras acciones van
convirtiendo el tiempo en historia.
¿Y el Dibujo?
¿El dibujo que llamará al resto de la raza humana al entendimiento, al cambio?
Este dibujo está formado por nuestros maestros y nuestra intención.
Afirmamos nuestra intención de manifestar un mundo en el cual cada espíritu (humano,
animal, vegetal y mineral) camine en armonía y equilibrio, salud y felicidad.
Pedimos a nuestros maestros que nos guíen hacia acciones que coincidan con esta
intención.
Buscamos manifestar esa divinidad de nuestro interior que creará esta nueva realidad.
Éste es nuestro tiempo.
Hemos sido llamados.
¡Juntos tejeremos un nuevo mundo!
El poema de Mary nos dejó atónitos. Hablaba de lo que todos habíamos estado pensando
y hablando, y sin embargo acabábamos de conocerla el día anterior. Lo más sorprendente
fue su mención de «las cuatro esquinas de la tierra» y de «muchas culturas, muchos
idiomas». Mary no tenía forma de saber que menos de la mitad de nosotros éramos
estadounidenses. Los miembros de nuestro grupo procedían de muchísimos países. Dos de
ellos ni siquiera hablaban inglés, pero nos escuchaban con sus corazones.
Tras nuestra ceremonia en la gigantesca kiva de Hovenweep, llegó el momento de buscar
el lugar exacto donde situar nuestra rueda medicinal.
La tercera rueda medicinal
Hovenweep es inmenso. Recorrí el terreno, hacia un lado y hacia otro, buscando y
«sintiendo» el lugar adecuado para aquella ceremonia de tantísima importancia. Al fin,
cuando caminaba sobre una zona concreta, todas las montañas y el antiguo y cercano
cañón anasazi parecieron quedar alineados. Justo hacia el sur, a unos metros de distancia,
había una ruina anasazi que hace mucho tiempo tuvo una importancia fundamental debido
a su situación sobre el punto más alto.
Supe en mi corazón que aquél era el lugar correcto.
Al mirar a mi alrededor, una gran piedra «me dijo» que debía ser la piedra central, y la
coloqué sobre el suelo de lo que sería el centro mismo de nuestra rueda medicinal.
Encontré otras cuatro piedras vivas para marcar las cuatro direcciones. Con esta
disposición básica, el diámetro de la rueda medía unos diez metros y quedó lista para que
el grupo la completara.
Todo el grupo seguía en el autobús con aire acondicionado, resguardados del calor,
esperando a que yo terminara mi trabajo. Me había distanciado más de un kilómetro, por
lo que enviamos a un mensajero para que los trajera.
Todo el grupo se apresuró a bajar del autobús, ansiosos de comenzar algo que cada uno
de nosotros sabía que iba a sanar no sólo a los Antiguos y a los Modernos, sino también al
árbol familiar de cada persona, remontándose miles de años. Por la salud espiritual de
todos nuestros antepasados, y para sanar la tierra de las Cuatro Esquinas, comenzamos
como hijos de la Tierra y como una familia del hombre.
En primer lugar, cada persona se encaminó en una dirección diferente para «hablar» con
los espíritus de las piedras esparcidas sobre la tierra, pidiéndoles permiso para usarlas
en nuestra rueda. Uno a uno fueron volviendo, sosteniendo las piedras vivas cerca de sus
corazones, preparados para el momento en el que debíamos comenzar a crear la rueda.
Algunas personas tuvieron que hacer varios viajes.
Rueda medicinal.
Se eligió a dos hombres y a dos mujeres para representar a cada una de las cuatro
direcciones. Se colocaron en sus lugares respectivos, detrás de cada una de las cuatro
piedras de dirección.
Comencé las oraciones pidiendo permiso una vez más, para luego expresar el propósito y
la intención de la rueda medicinal. A continuación, los guardianes elegidos de las cuatro
direcciones elevaron sus plegarias para proteger cada una de las direcciones y el espacio
interior de la rueda, de forma que fuera sagrado y santo.
Después, y con el acompañamiento de los tambores y los cánticos, el resto de las
personas llevó sus piedras una a una al espacio sagrado, entrando por la «puerta» del
este, dedicando cada piedra a los guardianes de las cuatro direcciones y colocándola a
continuación i-n la rueda. Se creó, en primer lugar, un círculo de piedras, cada una en
contacto con la que se encontraba a su lado. Luego se hizo una cruz de piedras en el
centro para marcar las cuatro direcciones. (Recuerda la cruz.)
Como la rueda tenía unos diez metros de diámetro, nos llevó más de dos horas
terminarla. Siguió aumentando la energía hasta que pudimos «ver» a los anasazis
bailando con nosotros, conduciéndonos a la plenitud. Cada miembro de nuestro grupo
colocaba una piedra para unirse después a los demás, que bailaban, rezaban, cantaban o
tocaban los tambores en el exterior del círculo mientras esperaban a que fuera colocada
la siguiente piedra.
Y de este modo, con un ritmo similar al del corazón, se construyó la rueda medicinal del
Nuevo Sueño.
Todos nos sentamos, y tras un momento de silencio comenzaron las oraciones
individuales. Cada persona, con el «palo de hablar» en la mano, pronunció bellas y
sagradas plegarias hacia la rueda: unas plegarias para la sanacion de esta tierra y sus
formas de vida; para la reaparición de la lluvia y para que los ríos volvieran a fluir; para el
florecimiento de la salud, el amor y la belleza; para que las relaciones de la humanidad
florecieran en armonía; para que la brecha entre el hombre blanco y el indio se cerrara.
Los corazones de las personas estaban abiertos, y la energía y el poder del espacio
siguieron aumentando hasta que la última persona hubo hablado. Una sensación de
inmensa energía y pureza rodeaba nuestra ceremonia.
En el momento final conduje un ritual especial basado en las ceremonias de los taos
pueblo. Aquel ritual insufló aún más vida al círculo al establecer una pirámide sobre
muchos kilómetros de tierra, hasta el cielo y las profundidades de la Tierra, conectando
la Tierra y los cielos con la rueda medicinal como centro. El propósito de la pirámide era
llevar la lluvia y el equilibrio espiritual a todos los seres de las Cuatro Esquinas.
Al final de la ceremonia de la rueda medicinal, la Madre Tierra me dijo que llovería en
cinco días, y así se lo anuncié al grupo, pues ésa era mi formación de los taos pueblo.
Como estábamos en medio de una sequía histórica, este mensaje ofreció una chispa de
esperanza para aquellos que vivían cerca de esa tierra.
Nuestra intención era que esa lluvia comenzara la restauración del suroeste, aportando
agua a la tierra y amor y sanacion a las relaciones entre el hombre blanco y los nativos
americanos.
Todos podíamos sentir el amor y la paz. Podíamos sentir a los anasazis a nuestro
alrededor. Era estupendo.
El encuentro con las estrellas
Cuando oscureció y las estrellas comenzaron a asomarse a los cielos, nos reunimos en las
principales ruinas anasazi, en el punto más elevado de aquellas tierras. Allí, Daniel
Giamario, un astrólogo chamánico que viajaba con nosotros y enseñaba su sabiduría, nos
invitó una vez más, como ya había hecho en otras ocasiones, a mirar hacia el cielo
nocturno.
Los conocimientos y la percepción que posee Daniel de los modos antiguos son realmente
sobresalientes. Este hombre fue, durante todo el viaje, una estrella que se entregó a sí
mismo para ayudar a los demás. En aquella noche tan importante, nos condujo a un
entendimiento de los cielos como pocos de nosotros habíamos conocido jamás. Juntos
contemplamos el centro de la galaxia, en la forma en la que él nos había enseñado, y
dirigimos nuestras plegarias individuales al cosmos. El Padre Cielo escuchó nuestras
oraciones.
A continuación, nos dirigimos lentamente y en la oscuridad de vuelta al autobús, guiados
sólo por la luz de las estrellas, tal y como los anasazis habían caminado por aquella tierra
tantos cientos de años atrás. Nos abrazamos, intentando inmortalizar el sentimiento que
albergábamos en nuestros corazones.
Podía sentir cómo se unían las tres ruedas medicinales: la de Payson, la pequeña del cañón
del Chaco y la que habíamos creado ese día. Sabía que llegarían las lluvias.
Y lo que es más importante, los anasazis contarían ahora con un vórtice que les
permitiría volver a entrar en este mundo, de forma que pudieran venir con nosotros
cuando la Tierra entrara en los niveles superiores de consciencia, lo que muchos
denominan ascensión. Al hacerlo, la Red de Unidad sobre la Tierra se acerca aún más al
equilibrio perfecto.
Antiguas viviendas en los riscos
Al día siguiente deseábamos visitar las viviendas anasazi de los riscos de Mesa Verde,
cerca de Hovenweep. Mesa Verde fue uno de los más bellos lugares de asentamiento de
los anasazis, una alta meseta rodeada por escarpadas montañas. Sin embargo, y a causa
de la increíble sequía, se había desatado un incendio forestal que aún no había sido
controlado y el Parque Nacional de Mesa Verde estaba cerrado a los visitantes. Los utes,
los guardianes de Mesa Verde, nos permitieron visitar de forma privada una parte de la
reserva que les pertenece sólo a ellos y no al National Forest Service. Se trataba de un
lugar que muy pocos blancos han visto ni oído mencionar jamás.
Para llegar allí, nuestro inmenso autobús, con sus asientos parecidos a los de los aviones
y su aire acondicionado, tuvo que atravesar muchas diminutas carreteras de tierra que
serpenteaban por los bosques de cedros. Nuestro conductor estaba empezando a
desesperarse en silencio, temeroso de que nunca consiguiéramos salir de aquel primitivo
lugar. Pero todo fue bien.
Los utes nos trataron con gran honor, pues conocían el propósito que estábamos viviendo.
Mientras comíamos, nuestro guía nos contó relatos de la historia tribal del pueblo ute. A
continuación, nos condujo al borde de un profundo cañón. Parecía imposible que un ser
humano fuera capaz de descender por él sin cuerdas, pero nuestro guía nos mostró tres
escaleras de madera que se descolgaban sobre los escarpados riscos.
En estos escarpados, más de uno de los miembros de nuestro grupo se vio obligado a
superar su miedo a las alturas para poder bajar por las empinadas escaleras hasta llegar
a los salientes que había debajo, donde se encontraban las viviendas. Una de las mujeres
sólo fue capaz de descender con la ayuda de los protectores por encima de ella, por
debajo y a cada uno de sus lados, pero al final consiguió bajar y volver a subir. Se
afrontaron los miedos. Las personas se cuidaron unas a otras. Nuestro grupo se había
convertido realmente en Un Solo Corazón.
Una vez en el interior de aquel mágico lugar, pudimos percibir lo vivo que estaba, lo lleno
de los espíritus anasazis. Me sentí tan honrado de que se me permitiera entrar en él que
casi no podía hablar. Las voces del pasado me rodeaban y me hablaban acerca de sus vidas
y de su grandeza. Pude entrar en sus casas, tocar las piedras que ellos habían tocado,
sentir con mis dedos la cerámica que ellos habían elaborado hacía tantos cientos de años.
Aquella noche, después de Mesa Verde, tuve un sueño.
Los niños perdidos
Aquél fue uno de esos sueños cuya claridad siempre me avisa de que va a ser especial.
Suelo recordarlos, pues son muy importantes para mi crecimiento espiritual.
En aquel sueño yo vivía con mi familia en un lugar cercano a Mesa Verde, en una casa que
no había visto con anterioridad. Estaba entrando en el garaje para sacar el coche (en el
sueño el garaje era enorme) cuando vi que unos indios vivían en él. Me acerqué a ellos para
preguntarles si todo iba bien, pero ellos echaron a correr. Nunca me había pasado nada
parecido. Recuerdo que pensé: «Qué extraño que quieran vivir en mi garaje.»
Entonces, mientras me dirigía hacia mi coche, vi a tres pequeños niños indios que corrían
hacia la parte trasera para esconderse de mí. Me acerqué para ver dónde se escondían y
hablar con ellos, y observé que se habían metido en un agujero redondo de un metro de
diámetro. Sabía que nunca había visto aquel agujero antes.
Miré por él y vi que penetraba profundamente en la tierra, por lo que me dejé caer para
ver qué había allí.
El espacio subterráneo se abría a un túnel muy grande, de unos tres metros de alto y
ancho, que descendía suavemente hacia las profundidades. No veía a nadie, por lo que
seguí adelante para explorar aquel lugar.
Estoy seguro de que no había avanzado ni medio kilómetro cuando me di cuenta de que
había personas, muchas personas, bloqueando el camino a pocos metros de distancia. De
la mayoría no veía más que los ojos.
Al principio no supe quiénes eran, pero cuando mis ojos se habituaron comprobé que eran
todos niños, de entre diez y dieciocho o diecinueve años de edad. Ninguno dijo una
palabra. Sólo me miraban. Y no me permitían pasar.
Entonces aparecieron tres hombres de algo menos de cuarenta años y se abrieron paso
hacia delante, se me acercaron y me miraron a los ojos. Estaban cubiertos de raspones,
magulladuras y heridas infectadas. Estaban sucios y daba la sensación de que necesitaban
ayuda.
El mayor, que podía rondar los cuarenta años, comenzó a hablar. Me dijo que era el jefe
de los anasazis, como nosotros los llamábamos, y quería saber qué hacía yo allí. Le
contesté que sólo deseaba ayudar.
Él se volvió hacia los niños y me hizo señas de que los mirara. Pude ver que tenían un
aspecto similar al de los hombres. Rompía el corazón ver a tantos niños cubiertos de
heridas y sufriendo tanto dolor. Yo sólo era capaz de pensar en cómo iba a ayudarles.
El jefe vio mi reacción.
—Gracias por estar aquí —me dijo—. Pero ahora debes irte.
Así que me di la vuelta y volví al agujero de mi garaje. Ahora había más niños por mi casa,
y yo les dejé estar allí. No sabía qué hacer. Y ahí terminaba el sueño.
Durante la ceremonia de la rueda medicinal, yo había percibido con fuerza la presencia
de los anasazis todo el tiempo, al igual que muchos de los integrantes del grupo. Pero en
ese momento no fui capaz de relacionar mi sueño con la presencia que sentimos de aquel
pueblo durante nuestro viaje.
Un ritual milagroso
A la mañana siguiente, los cielos estaban tan despejados como de costumbre mientras
nos dirigíamos al monumento nacional navajo conocido como Monument Valley.
Circulábamos por una carretera llana y bien asfaltada, y estábamos a punto de acceder
al sagrado valle navajo, con sus rojas montañas que se elevan hasta el cielo, cuando dio
comienzo una visión en mi interior. Frente a nosotros lo único que podía ver era una
muchedumbre de anasazis que nos miraban desde ambos lados de la carretera. Es posible
que hubiera cientos de miles.
Un hombre pareció acercarse a nuestro autobús hasta que quedó centrado en mi visión, a
pocos metros de distancia. Era el jefe anasazi de mi sueño, pero esta vez se presentaba
regio y majestuoso, adornado con plumas y con preciosas ropas multicolores. Comenzó a
hablar.
Me dijo que la ceremonia de la rueda medicinal que habíamos celebrado había sido
profetizada por sus ancianos y les iba a ofrecer una conexión con este mundo exterior.
Me dijo también que, mediante aquella rueda y nuestra amorosa intención, su pueblo podía
ser salvado de los terribles problemas y dolores que sufrían. Nos dio muchas veces las
gracias de corazón por nuestros esfuerzos.
Sin embargo, me dijo que, como grupo, no teníamos nuestras energías correctamente
alineadas. Me «mostró» a mí mismo con una camiseta con la imagen de una X en medio de
un círculo, y me dijo que lo que hacía falta era girar la X de nuestra energía para que
fuera una cruz. Y para hacerlo, todos debíamos juntarnos mucho.
Me informó de que él y los demás estaban atrapados «entre los mundos», y que nosotros
habíamos ido allí para liberarlos. Para cada uno de los que ocupábamos el autobús, aquello
era una misión que se nos había dado para esta vida. Y todo el trabajo y las penalidades
que habíamos pasado, tanto en nuestras vidas como en aquel momento, viajando bajo el
ardiente sol del agosto suroccidental, eran necesarios para aquella tarea que estábamos a
punto de llevar a cabo.
A través del micrófono de la parte delantera del autobús conté al grupo mi sueño y mi
visión. Uno de los miembros había recibido una visión pareja a la mía. Cuando describí
aquellos acontecimientos al grupo, casi no era capaz de hablar, pues no dejaba de sentir
un gran pesar por el sufrimiento que había visto en aquellos niños anasazi, sus cuerpecitos
magullados y flacos cubiertos de heridas supurantes.
En ese momento tan emotivo, y mientras me volvía a sentar, todo el mundo unió sus
manos de forma espontánea y entró en una profunda conexión del corazón. Y
espontáneamente de nuevo, con lágrimas rodando por nuestras mejillas, todos
comenzamos a cantar al mismo tiempo el himno Amazing Grace. Podíamos «ver» a los
niños a nuestro alrededor y podíamos sentir que se alegraban.
«Una vez estuve perdido, pero ahora he sido encontrado.» En el momento mismo en que
empezamos a cantar, el conductor tomó un desvío, de la carretera 666 a la autopista 160,
en dirección al punto donde Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, las Cuatro Esquinas,
se juntan.
El jefe anasazi de la visión se me volvió a aparecer, y me dijo: —Mira.
La imagen del círculo y la X que me había mostrado con anterioridad se transformó en la
imagen de nuestra rueda medicinal, con las cuatro piedras centrales formando una cruz.
—Ahora debes llevar a cabo una ceremonia —me dijo—. Debes poner los pies sobre la
Madre Tierra.
Necesitábamos encontrar el lugar más cercano posible donde pudiéramos parar y
realizar la ceremonia sobre la tierra, y aquel «lugar más cercano posible» dio la
casualidad que era la intersección de las Cuatro Esquinas. Diane Cooper, nuestra «chica
para todo», dirigió el autobús hacia el monumento, que está gestionado por los navajos.
Por nuestras experiencias pasadas temíamos que no nos permitieran efectuar nuestra
ceremonia en un lugar público. Miramos a la nativa americana que vendía las entradas a los
ojos y le pedimos permiso. Sin dudarlo, nos respondió:
—Podéis rezar aquí, podéis celebrar vuestra ceremonia. Os dejaremos —y señaló a una
zona concreta—. Elegid algún sitio por ahí.
Como un grupo único, nos dirigimos a la zona que la mujer nos había señalado y
comprobamos que estábamos en Utah, el único estado que aún no habíamos visitado.
Aquello era perfecto, pues la Madre Tierra había dicho que debíamos realizar ceremonias
en cada uno de los estados de las Cuatro Esquinas.
Nos reunimos en apretado círculo y construimos una pequeñísima rueda medicinal en el
centro, utilizando muchas piedrecitas; era la cuarta rueda. Intentamos utilizar una
brújula para situar las piedras, ¡pero ninguna de las que llevábamos funcionaba! Cada vez
que colocábamos una sobre la tierra, señalaba el norte en una dirección diferente. No
tuvimos más remedio que averiguarlo mediante los cercanos carteles de información
turística.
Quemamos salvia y cedro y ofrecimos tabaco. Vertimos agua e insuflamos vida al círculo.
Todos nuestros corazones se abrieron de golpe, y la belleza y el poder del momento
resultaron abrumadores. Podíamos sentir el amor y la pureza en el aire. Me eché a llorar,
pues sabía que nuestra Madre nos quiere y cuida de nosotros. Fue una experiencia
realmente buena.
Una vez más, la canción Amazing Grace brotó en medio de nosotros. Una de las
integrantes del grupo sabía toda la letra, y su voz clara y dulce nos llevó hasta el final:
«Dios, que me llamó aquí abajo, será mío por siempre».
Y así fue cómo los niños anasazis fueron liberados de su encarcelamiento de cientos de
años.
CAPÍTULO DIEZ
LA ISLA DE KAUAIY LA CEREMONIA
TETRADIMENSIONAL DE LA
TRANSFERENCIA DE PODER DEL VARÓN
A LA HEMBRA
Por fin, mi novia y yo pudimos quedar en libertad para movernos sin presión alguna por
parte de los Maestros Ascendidos. Sin embargo, no tuvimos elección en lo referente a
dejar Moorea, pues ya teníamos los billetes de avión y no disponíamos de dinero
suficiente para cambiarlos.
Nos costó muchísimo abandonar la isla. Nuestros corazones iban a permanecer por
siempre en aquel diminuto pedazo de arena y árboles. Pero la idea de ir a Australia
también resultaba emocionante. Era el lugar que habíamos decidido visitar después de
aquel viaje espiritual, y cuanto más hablábamos de ello, más animados nos sentíamos.
¡Gran Barrera de Coral, allá vamos!
Tomamos un barco lento a Tahití y desde allí volamos a Sidney. Era una ciudad
extraordinaria, preciosa, con su puerto lleno de velas blancas flotando unas junto a otras
sobre las aguas azul oscuro. Sin embargo, no nos quedamos en ella mucho tiempo, pues la
Gran Barrera nos llamaba. Para entonces éramos prácticamente unos expertos en el arte
del buceo y nos habían dicho que este arrecife era por lo menos tan bueno como el de
Moorea. Hicimos autostop por la costa oriental, charlarnos con sus habitantes y
comenzamos a comprender la asombrosa naturaleza, de los australianos. Son tan abiertos
y amantes de la diversión... Yo creo que no me había reído tanto en mi vida.
Acabamos en un lugar llamado Byron Bay. Allí se juntan los océanos del norte y el del sur,
y crean uno de los mejores lugares del mundo para practicar el surf gracias a las
inmensas olas que se suceden a un ritmo de maquinaria de relojería.
Estoy convencido de que todos los hippies de los años sesenta habían, de un modo u otro,
encontrado el camino hasta aquel pueblecito y se habían establecido como cabecera de
playa para no permitir que el hombre volviera a entrar y acabar con su paz, amor y buenas
vibraciones. Como yo fui uno de los primeros hippies, pensé que había muerto y ascendido
al cielo. Tenía la sensación de haber vivido aquello con anterioridad, pero esta vez elevado
a la décima potencia. Estaba seguro de que mi idioma sería el mismo que el de aquella
gente. A mi novia y a mí nos costaba abandonar el lugar, por lo que decidimos que no
teníamos prisa por llegar al arrecife y que podíamos quedarnos un tiempo.
Un día, a las dos semanas de estar viviendo como un vagabundo de playa, me encontraba
meditando en un saliente del terreno sobre el océano Pacífico cuando Thoth apareció. Al
principio pensé que sólo estaba haciendo acto de presencia, pero no era así. Tenía otros
planes.
Aquélla fue la única vez que pude observar un atisbo de timidez en Thoth. Le pregunté si
pasaba algo, y me respondió:
—Drunvalo, lo siento mucho, pero debo pedirte que hagas algo por nosotros otra vez.
Se me puso todo el pelo de punta. ¡Oh, no! Podía sentirlo.
— ¿Qué quieres? —chillé, incapaz de hablar.
—Lo siento de veras —dijo—, pero debes partir inmediatamente hacia Hawai, a la isla de
Kauai, lo antes posible.
—Thoth, creí que iba a tener algo de tiempo para descansar. ¿No puedes esperar al
menos un par de semanas?
—No —me dijo sencillamente—. Esto es aún más importante que lo que hiciste en
Moorea. Por favor, intenta entenderlo.
Guardé silencio durante un rato. No sabía qué decir. Era consciente de que aquel trabajo
espiritual era una de las principales razones por las cuales yo había cruzado el universo
para estar aquí, en la Tierra. Era algo que estaba por delante de todos los demás
aspectos de mi vida.
También me di cuenta en aquel momento de que mi novia no iba a tomárselo nada bien.
Estaba harta de andar de acá para allá, y deseaba unas vacaciones con todas sus fuerzas.
Al final, levanté la vista hacia mi mentor y dije:
—De acuerdo, si tú dices que es importante, será porque lo es. ¿Qué quieres que haga?
—Todavía no —me dijo—. Espera hasta estar en Kauai y te lo explicaré todo. Gracias,
Drunvalo. Si hubiera otra persona que pudiera hacer este trabajo, no te lo habría pedido
—y desapareció.
Me quedé sentado largo rato, intentando encontrar el modo de contárselo a mi novia,
pero ninguno me parecía adecuado. Sabía que me iba a caer una buena.
Ella estaba sentada junto a nuestra tienda cosiendo una prenda de ropa que se había
roto. Levantó la vista cuando me acerqué a ella y luego volvió a dirigirla hacia su trabajo.
— ¿Qué ocurre, Drunvalo?
Se lo conté todo, intentando que sonara como si fuera una gran idea dejar Australia e
irnos a Kauai. Me miró, muy decepcionada, y dijo:
—Mi vida, no puedes irte sin ver ni disfrutar la Gran Barrera de Coral. Si tú tienes que
irte, lo entiendo, pero yo no me voy. ¿Lo has entendido?
—Sí, lo he entendido. Realmente no me apetece nada irme, pero tengo que hacerlo. Es lo
que hago en la vida.
—Entonces me uniré contigo en algún lugar, no sé dónde ni cuándo. Este sitio es tan
bueno que quizá no lo abandone nunca.
Nos abrazamos, hice mi equipaje y la dejé allí, en un país extranjero, pero ella era una
viajera del mundo y una muchacha muy práctica. Y Australia es un país muy bello y seguro.
No volvimos a vernos hasta casi seis meses después. La vida puede en ocasiones ser muy
extraña, además de sorprendente.
Aterricé en Maui y tomé un pequeño trasbordador interinsular que transportaba más que
nada a los habitantes del lugar de una isla a otra, para llegar a las costas de Kauai, la isla
más antigua de la cadena y un resto de Lemuria. Allí, la energía es antigua para los
estándares de cualquiera.
Cuando descendía del cielo para aterrizar, comencé a preguntarme qué era lo que se
suponía que debía hacer allí. No tenía ni idea. ¿Cómo iba a evitar hacerme preguntas?
Densas nubes de lluvia flotaban sobre el centro de la isla. En ese lugar, casi siempre está
lloviendo. Es el lugar más húmedo de la Tierra. Cualquier localidad en la que caiga metro o
metro y medio de lluvia se considera muy húmeda. En Kauai caen doce, de ahí las
impresionantes cataratas que adornan las laderas de prácticamente todas las montañas
de la isla.
Pronto me encontré en el aeropuerto, con esa sensación de estar fuera de lugar que los
aeropuertos parecen producir en las personas. Decidí alquilar un coche, no sólo para
moverme por allí, sino también por la sensación de volver a tener un hogar. Creo que
echaba de menos a mi novia.
La decisión de alquilar un coche resultó ser muy acertada, pues Thoth me tuvo
correteando por toda la isla. El terreno es tan abrupto en la parte noroccidental que
nunca han sido capaces de construir una carretera que rodee completamente la isla; la
principal tiene unos cincuenta y tres kilómetros y forma de herradura. Cualquiera que
fuera el lugar al que tenía que ir a continuación, siempre daba la sensación de encontrarse
en el extremo opuesto de la herradura. Cada vez que llegaba a un sitio al que Thoth me
había dicho que fuera, me ordenaba que me diera la vuelta y volviera al otro lado de la
isla. Nunca olvidaré el momento en que devolví el coche. La mayoría de las personas
recorren unos cien kilómetros, pero yo le había hecho mil doscientos. El encargado del
alquiler no podía creérselo, pero yo sí.
La primera noche dormí en mi tienda junto al mar, sobre una loma cubierta de hierba. Por
vez primera en mucho tiempo sentí paz, y con el arrullo del mar me quedé profundamente
dormido.
Cuando desperté a la mañana siguiente, recordé que Thoth todavía no me había dicho
para qué estaba allí, pero sabía que aquella actitud somnolienta pronto se transformaría
en trabajo. Y tenía razón. De hecho, Thoth debió escuchar mis pensamientos, pues no
tardó más de media hora en aparecer.
—Lo que tienes que hacer es demasiado complicado como para que te lo explique todo
junto —me dijo—. Vamos a ir por partes. Puesto de la forma más sencilla, debes tomar
parte en una ceremonia que se va a celebrar aquí, en esta isla, y que cambiará el curso de
la historia, pero puede que no tenga lugar hasta que determinadas cosas no estén en su
sitio.
«Como ya te he dicho, te he traído aquí para que tomes parte en una ceremonia de la
Tierra, pero antes de que esta ceremonia principal pueda ser celebrada debes participar
en otra más pequeña, que tiene lugar aquí cada año y que está relacionada con el chakra
corazón de esta isla. El lugar se encuentra bajo un árbol de mango. Pregunta y lo
encontrarás.
Y después de esto, desapareció abruptamente. Comencé a charlar con los hawaianos,
pero siempre que les hablaba acerca de la ceremonia con el chakra corazón bajo el mango,
se iban. Evidentemente, aquello era algo que a los extranjeros no nos estaba permitido
conocer.
Por fin encontré a un joven hawaiano que sabía exactamente de lo que estaba hablando.
Me dijo:
—Si es verdad que debes formar parte de esa ceremonia, asciende por este río —y
señaló un ancho río de aguas verde oscuro que parecía proceder del centro de la isla.
Dudó un momento, y añadió—: Y si por casualidad encuentras el camino, cuando abandones
la ceremonia no mires hacia atrás, pues si lo haces tu vida puede correr peligro.
Le pedí que me explicara lo que quería decir, pero se encogió de hombros y se alejó.
— ¿Cómo encuentro la ceremonia del chakra corazón? —grité.
Sin volverse, me respondió: —Usa tu corazón. ¿Qué otra cosa crees que podrías hacer?
Y desapareció en una vieja tienda de comestibles. Yo pensé: « ¿Por qué tiene que ser
siempre tan misteriosa la vida?»
El río serpenteaba a través de una vegetación maravillosa y unas casas muy caras. Supe
que lo que tenía que hacer y el lugar al que tenía que ir estaban en algún punto aguas
arriba, pero como de costumbre, aparte de eso, no sabía nada más. Arranqué el pequeño
Toyota alquilado y me encaminé río arriba, intentando sentir mi corazón, pero tenía la
sensación de que seguir conduciendo sin saber dónde iba no tenía ningún sentido. Además,
estaba cansado y lo que realmente deseaba era aparcar y dormir. Y eso fue lo que hice:
paré el coche junto al borde de la carretera y cerré los ojos. Me hice sensible a la
vibración del corazón y esperé.
Al cabo de unos treinta o cuarenta minutos, cuando estaba a punto de irme, dos jóvenes
parejas aparecieron entre los árboles vestidos con ropas ceremoniales y con flores en las
manos. Uno de ellos sostenía un puchero de barro. Entraron en un coche y en unos
minutos se fueron.
Por puro instinto salí de mi coche y seguí el camino por el que habían venido. El sendero
me condujo a las profundidades de la arboleda y por fin llegué al borde del mismo río
verde oscuro. Mientras recorría aquella vereda me crucé con más indígenas hawaianos
que venían de regreso. Ninguno de ellos me miró a los ojos ni me saludó. Yo seguí
adelante. Tras recorrer medio kilómetro siguiendo el río encontré el enorme árbol de
mango. La mitad de él estaba sobre la tierra y la otra mitad sobre el agua. En su base se
encontraban unas ofrendas con aspecto ceremonial.
Una muchacha de unos dieciocho años, con un aire puramente hawaiano, estaba sentada
en tranquila meditación. Al principio no reparé en ella, pues estaba casi escondida entre
unos árboles pequeños. Cuando la vi, quedó patente que ella me había visto primero, pero
bajó los ojos como si no supiera que yo estaba allí.
Yo sabía que había penetrado en un lugar sagrado y comencé a tratar a aquel árbol y a
aquel sitio con respeto y honor. Llevaba un pequeño cristal y había cogido algunas flores a
lo largo del camino para imitar a las dos parejas que había visto.
Dejé el cristal y las flores en la base del árbol, me senté un poco alejado de él e intenté
hacerme invisible. Entré en meditación, sintiendo mi corazón. Una bellísima sensación de
alegría me inundó y supe con seguridad que aquél era el lugar que Thoth quería que
encontrara.
En el momento en que sentí aquella certeza, Thoth se apareció en mi visión interior, y me
dijo:
—El cristal guarda tu vibración y debe ser arrojado al río. Antes de que golpee el agua,
date la vuelta y vete, y no mires hacia atrás. Abandona el lugar y regresa a tu coche.
Hice exactamente lo que me había indicado que hiciera. Lancé el cristal al aire allí donde
el mango extendía sus ramas sobre el río, y antes de que golpeara el agua me di la vuelta
y me fui. Seguí caminando sin mirar atrás. No sé si la muchacha seguía allí o si sucedió
algo raro. Sencillamente, obedecí las reglas.
Más hawaianos se me cruzaron en su camino hacia el árbol de mango, pero yo bajé los
ojos y continué caminando hasta que alcancé la carretera; me imaginé que ya había salido
del campo de energía. Y volví en mi coche hasta el mar.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, Thoth vino a mi consciencia y comenzó a
hablar acerca de algo nuevo. Me dijo:
—Ahora debes obtener permiso de la kahuna de la isla para realizar la ceremonia
principal.
Me dio su nombre y me mostró el aspecto que tenía. Era una anciana fornida y de gran
voluntad, según lo que Thoth proyectó sobre mí.
— ¿Y cómo la puedo encontrar?
—Eso forma parte del proceso —me dijo—. Debes hacerlo tú solo. Pero la encontrarás
cuando encuentres este cristal.
Y en ese momento vi, en mi visión interior, un enorme cristal de cuarzo, de metro y
medio de alto y casi uno de ancho. Nunca había visto un cristal tan grande excepto en
fotografías. Thoth me preguntó si podía ver el cristal que me estaba enseñando. Le
contesté que sí. Me dijo que no podía decirme dónde estaba, pues encontrarlo también
formaba parte de mi proceso espiritual. Y me dejó con la siguiente frase:
—Encuentra el cristal y encontrarás a la kahuna. »Y una cosa más —añadió—, el cristal
está cerca del chakra corazón de la isla—y desapareció.
Conduje el coche por toda la zona que había recorrido el día anterior, preguntando a la
gente si había visto un cristal tan grande, pero no conseguí nada. Tras dos días de
búsqueda, decidí que para encontrarlo debía utilizar mis habilidades interiores, aquellas
que había aprendido en Yucatán.
Al día siguiente fui de nuevo al lugar donde estaba el chakra corazón, pero la carretera
era muy larga y tenía muchos desvíos. Me podía llevar toda la eternidad encontrar lo que
estaba buscando.
Así que, tal y como había hecho para encontrar el templo de Kohunlich en Yucatán, dejé
que fuera mi tercer ojo el que condujera. Mantuve la imagen del enorme cristal en mi
mente y seguí circulando por aquella carretera hasta que sentí que debía girar en una
dirección concreta. Continué así durante varios kilómetros, girando donde sentía que
debía hacerlo. Por fin llegué a lo alto de una cadena montañosa, a una zona residencial con
lujosas casas a ambos lados de la carretera. De forma repentina, cuando volví a girar por
otra carretera, me encontré acercándome a un templo hindú. Mi coche decidió girar hacia
el aparcamiento y parar el motor. Es la única manera en que puedo describir cómo llegué
allí: mi coche lo hizo.
Me bajé y caminé hasta una enorme estatua de Ganesh, el dios elefante indio. Tenía
probablemente unos cuatro metros y medio de altura y me pareció que estaba muy bien
hecha. Pero no fue la estatua lo que me atrajo. Fue la sensación de que el cristal estaba
en algún lugar cercano.
Era domingo y se estaba celebrando el servicio en el templo. El aparcamiento estaba
lleno de coches. Decidí entrar en el edificio para ver dónde me llevaba todo aquello.
La gente estaba en mitad de un cántico hindú y el humo del incienso penetró
inmediatamente por todo mi cuerpo. El servicio me resultaba familiar, pues había pasado
muchas noches en la Ram Dass's Hanuman Foundation de Taos (Nuevo México) cantando y
salmodiando durante el darshan. Cerré los ojos y me uní a los cánticos, olvidando durante
un breve lapso de tiempo mi verdadero propósito.
Pareció como si no hubieran pasado más que unos minutos, aunque mi mente sabía que
llevaba allí casi una hora. Al cabo de otros diez minutos, la mayoría de la gente se fue y
aquel trasplantado templo antiguo recuperó rápidamente su silencio habitual.
Por primera vez, ahora que todo el mundo se había marchado, pude ver el altar, y allí
estaba el gigantesco cristal de cuarzo. Era una visión increíble: en lo alto del altar,
resonando su influencia a cada centímetro del templo. No era capaz de imaginar cómo no
lo había sentido al entrar.
Comenzaba a avanzar hacia él para ver lo que me tenía que decir, cuando el sacerdote
que había dirigido el servicio se interpuso en mi camino.
— ¿Puedo ayudarle? —dijo en tono autoritario.
Le miré y pude comprobar que acercarme al cristal estaba totalmente fuera de mis
posibilidades.
Lo que le respondí fue:
—Estoy buscando a una abuela kahuna. Se llama... —y pronuncié su nombre—. ¿Sabe
dónde puedo encontrarla?
Sonrió y dijo:
—No hace falta que busques muy lejos. Date la vuelta.
Volví la cabeza y justo detrás de mí estaba la verdadera imagen que Thoth me había
mostrado dos días antes. Su sonrisa y su genuino afecto evaporaron cualquier
preocupación que pudiera estar imponiéndome a mí mismo acerca de ella.
—Abuela —le dije—, la he estado buscando. ¿Podemos hablar?
— ¿Qué es lo que quieres de mí?
Exhalé un suspiro de alivio y le conté todo. Le hablé de Thoth, de la ceremonia que debía
celebrarse en su isla y cómo necesitaba su permiso antes de continuar.
—Abuela, ¿puedo contar con su permiso para llevar a cabo esta ceremonia?
Tomó mi mano con mucho amor, y dijo:
—Drunvalo, tienes mi permiso, pero eso no es suficiente para una cosa tan importante.
Ahora debes obtener el del espíritu de esta isla —me dijo el nombre del espíritu, y
explicó—: Tienes que encontrarle tú solo y pedírselo. Que el Espíritu te bendiga a ti y a
lo que haces.
Me dio un gran abrazo y se inclinó frente a mí a la manera hindú, mientras me decía:
—Namaste.
Le devolví la reverencia y me fui.
Sentado en mi coche, me sentía al mismo tiempo contento por haber conseguido
encontrarla y haber obtenido su permiso, y defraudado porque aparentemente no había
conseguido acercarme más a mi objetivo. Todavía tenía que conseguir otra autorización.
Cerré los ojos y entré en meditación para recibir asistencia. Thoth apareció de
inmediato, y sonrió:
—Estás más cerca de lo que crees, Drunvalo. ¿No te das cuenta de que la vida ya ha
tenido lugar? La idea del fracaso o de tener que realizar más trabajos es sólo la parte de
tu sueño que sigue creyendo en la separación.
—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. ¿Qué es lo que viene ahora?
Thoth, con su estilo pausado, contestó:
—Toma la carretera a Hanalei y continúa después de pasar el pueblo hasta que se
termine. Aparca el coche y espera mis instrucciones.
Mientras conducía bordeando la costa, comencé a recordar todo lo que me había pasado
en los últimos meses. Parecía que el tiempo transcurría demasiado deprisa, casi fuera de
control. Por otro lado, era mucho lo que se estaba consiguiendo.
Aquel Thoth se había convertido en un elemento fundamental del trabajo que yo estaba
llevando a cabo. Los ángeles eran la principal luz de guía dentro de mí, la verdadera
fuente de mis decisiones espirituales, pero me habían dejado claro que lo que debía hacer
en aquel momento era escuchar a Thoth. En aquel entonces lo ignoraba, pero no iba a
pasar mucho tiempo antes de que concluyera mi trabajo con Thoth.
En aquel momento estaba atravesando Hanalei, que se encuentra situado en el extremo
norte de la carretera con forma de herradura. No es posible continuar en coche mucho
más allá. Es como una casa en un callejón sin salida, y me di cuenta una vez más de lo
mucho que quiero a este pueblo. La zona es asombrosamente bonita, el estilo de vida muy
abierto y libre, y las personas reflejan el entorno en el que viven. Mi corazón siempre
late un poco más fácilmente cuando estoy allí.
Llegué al final de la carretera y paré en un lugar donde sabía que mi coche no podía
estorbar. No sabía cuánto tiempo iba a durar mi viaje. Cerré los ojos y esperé a que
apareciera Thoth.
Como de costumbre, no me falló.
—Drunvalo —me dijo—, aquí están tus instrucciones. Quítate toda la ropa, incluidos los
zapatos, y enróllate el chal blanco que tienes en el maletero alrededor de las caderas.
Lleva sólo el bolso medicinal que usas siempre.
Este bolso medicinal era algo que llevaba conmigo desde hacía muchos años. Contenía
objetos de poder que uso en las ceremonias, tales como cristales, piedras, maíz con
poderes, salvia y cedro para purificar y trozos de plumas.
—Cuando entres en el camino hacia las montañas, estarás empezando la ceremonia —dijo
Thoth—. No te preocupes por el permiso del espíritu de la isla, pues él forma parte de
esta ceremonia y ya nos lo ha otorgado. Recuerda que debes respirar y permanecer en tu
corazón.
»Debes buscar una cascada que se divide en dos partes iguales a mitad de la caída.
Cuando encuentres ese lugar, colócate de pie exactamente delante de ella y gírate ciento
ochenta grados. Mira frente a ti y verás una gran roca plana. Ahí es donde te recibirá el
espíritu de la isla y donde comenzará la ceremonia. Te queremos y te damos las gracias
por anticipado por el trabajo que haces en favor de este planeta.
Con esta frase, Thoth desapareció. Abrí el maletero y encontré el chai blanco. El bolso
medicinal colgaba de mi cuello. Me quité la ropa, me enrollé el chai alrededor de la cintura
y agarré el bolso medicinal en unos segundos. Cerré los ojos y allí estaban los ángeles.
Sonrieron.
—Te queremos —me dijeron.
Crucé la calle hasta el camino donde iba a empezar la ceremonia, según me había dicho
Thoth. Allí, en la cabecera del sendero, pude ver una gran señal de peligro. En la parte
superior se veía el dibujo de la calavera y las tibias entrecruzadas, y la señal decía: «No
caminen por esta zona sin botas de goma hasta las rodillas; en el agua hay una bacteria
que resulta mortal si entra en contacto con la piel. No toquen el agua».
Bueno, allí estaba yo, comenzando mi viaje y la ceremonia, casi desnudo y descalzo, y esa
señal intentando inmediatamente meterme el miedo en el cuerpo y en la mente. Thoth no
esperó a que cerrara los ojos. Sencillamente apareció fuera de mí, y dijo:
—Drunvalo, esto es una prueba. Debes confiar en quien eres y en tu conexión con el
universo y el Creador. Céntrate en tu corazón y sigue adelante. No te preocupes, no
sufrirás ningún daño.
Respiré hondo e hice exactamente lo que me había dicho. Todas mis preocupaciones
abandonaron mi cuerpo y supe que estaba completamente protegido. Sin sentir miedo
alguno y lleno de emoción comencé aquel viaje sagrado hacia las bellas y abruptas
montañas.
Al principio el camino era fácil, pues me encontraba al nivel del mar y cerca de la
carretera. Pero a medida que iba pasando el tiempo comencé a subir cada vez más alto,
más lejos del nivel del océano, y a adentrarme más en las montañas selváticas, que
parecían un paisaje de millones de años atrás. Si hubiera visto un dinosaurio, no me habría
sorprendido. Había agua por todas partes: chorreando por las rocas, corriendo por el
camino, fluyendo por los riachuelos. Yo estaba empapado. Incluso los árboles de la selva
goteaban. Cada cien metros más o menos pasaba junto a alguna cascada espectacular, que
me quitaba la respiración. Evidentemente estaba esperando ver la que se dividía en dos.
En un momento dado hice un alto en uno de los raros claros en los que podía ver a través
de la selva hacia el océano, a mis pies. Me asombré de lo mucho que había ascendido. La
sensación de belleza, los sonidos de las eternas cascadas, los pájaros exóticos que
volaban por todas partes, las flores y plantas increíblemente bellas, todo me hacía sentir
que no podía estar sobre la Tierra. Tenía que tratarse de un planeta en el que la vida
estaba empezando y no había sido aún perturbada.
Thoth me había dicho una cosa más que no he mencionado, algo que probablemente
debería decirte ahora. Kauai era el punto geográfico de la Tierra en el que se había
conservado la memoria del planeta durante los últimos trece mil años. Sí. Hay un Registro
Akáshico almacenado en la atmósfera, además de en el cuerpo humano; pero la memoria
de la Tierra también está guardada, de forma intencional y literalmente, en cada uno de
cristales colocados junto a la costa frente al lugar exacto en el que me encontraba. No
estoy seguro de por qué se hace eso; Thoth nunca me lo explicó.
Había trece cristales en total, pero uno de ellos era el auténtico banco de memoria. Los
cristales estaban colocados según el patrón del cubo de Metatrón: uno en el centro de la
isla, seis a su alrededor y en la isla y otros seis más en el agua, alejados de la costa y
rodeando los seis interiores. Este sistema fue usado por otros pueblos en el pasado
lejano. Sabemos que los lemurianos y los atlantes utilizaban esta misma disposición de
cristales y con el mismo propósito, sin cambiarlos. Pero según el recuerdo de Thoth, el
sistema es mucho, mucho más antiguo que cualquiera de esas dos culturas. Quién lo creó,
ni siquiera Thoth lo sabe.
El que estaba en el agua debajo del lugar donde yo me encontraba pertenecía a un tipo
de piedra denominado «cristal esquelético», cuya apariencia le da un aspecto espacial. De
hecho, éste sí procedía del espacio. Tenía unos sesenta centímetros de largo, treinta de
diámetro y era de doble punta; es decir, ambos extremos terminaban en punta.
Los cristales esqueléticos son muy raros, y si nunca has visto ninguno son difíciles de
describir. Son cristales de cuarzo, pero no se parecen nada al cuarzo normal. Lo raro de
los cristales esqueléticos es que sus superficies están recubiertas de «tubos» de cuarzo.
Es como si alguien hubiera pegado tubos redondos de medio centímetro de diámetro por
toda la superficie, siguiendo un patrón aleatorio. En el mundo que yo conozco, no hay nada
parecido a ellos. Pueden almacenar una cantidad infinita de datos dentro de sí mismos y
en el espacio que los rodea.
Fue esta característica la que hizo que se eligiera este cristal para almacenar la
memoria del planeta y de todo lo que vive y sucede sobre él. En otras palabras, son los
Registros Akásicos de la Tierra descargados en el diminuto espacio de un cristal. La
explicación de la importancia de todo esto supondría otro relato, y como ya he dicho, en
realidad no lo entiendo.
Me volví y seguí ascendiendo camino arriba, buscando la cascada especial, y al cabo de
unos cinco minutos apareció. Permanecí de pie junto a su base durante al menos diez
minutos. Era imponente. El agua caía unos sesenta metros antes de chocar contra una
enorme roca que sobresalía de la falda de la montaña y partía el agua en dos.
Era una vista realmente espectacular. En parte, estaba también descansando de la
subida. Sabía que pronto tendría que ponerme a trabajar.
Cuando sentí que había llegado el momento oportuno, me giré ciento ochenta grados y me
coloqué de cara al océano. Tal y como Thoth me había dicho, justo frente a mí había una
gran roca plana, ligeramente elevada sobre la superficie de la montaña, desde la que se
divisaba una fantástica vista del profundo océano azul que se extendía hasta el
horizonte, lo que hacía de ella un sitio perfecto para celebrar una ceremonia. Supe con
seguridad que estaba en el lugar correcto.
Como no sabía lo que iba a suceder, procedí según lo que me habían enseñado los taos
pueblo de Nuevo México. Abrí mi bolso medicinal y coloqué cuatro cristales de cuarzo,
uno en cada una de las cuatro direcciones, formando un cuadrado de unos sesenta
centímetros de lado. En el centro coloqué un cristal especial denominado diamante
Herkimer, un cristal de doble terminación y de excepcional transparencia que afecta al
mundo de los sueños de un modo positivo, lo que constituye su uso fundamental.
Recé a cada una de las cuatro direcciones para consagrar la ceremonia y pidiendo
protección para no ser molestado de ningún modo. Utilicé maíz y tabaco, según manda mi
tradición, y coloqué esas sustancias sobre cada uno de los cristales en cada una de las
direcciones. También recé a las direcciones bajo el cristal central y sobre él, así como al
centro en sí mismo: las siete direcciones. Formé un círculo conectando los cuatro
cristales de las cuatro direcciones con muchos cristales más pequeños y piedras de
diferentes tipos que creí necesarios, dibujando una rueda. Dentro de ella hice una cruz
con piedras del lugar conectando el cristal central con el borde.
Cuando la ceremonia estuvo preparada, cerré los ojos y entré en profunda meditación,
esperando al espíritu de la isla. Sabía que eso era lo primero que debía ocurrir, pero no
tenía ni idea de cómo iba a suceder. Todo lo que podía hacer era cumplir lo que Thoth me
había pedido: permanecer en mi corazón y estar abierto.
Seguí meditando durante una media hora y nada ocurrió. Estaba empezando a sentirme
ligeramente preocupado por aquella tardanza; no obstante, sabía que debía tener
paciencia y continuar, aunque la espera durara todo el día.
Otros quince minutos pasaron sin que nada sucediera en mi interior. Entonces escuché un
ruido. Abrí un ojo y allí, sobre la piedra, había un diminuto ratón blanco, paseándose,
oliendo el maíz y revisándolo todo. Era tan gracioso que no vi motivo para molestarle y le
dejé que siguiera haciendo lo que quisiera.
Estaba a punto de volver a cerrar el ojo cuando el ratoncito pasó al cristal central, el
Herkimer. Colocó sus patitas delanteras sobre él, se volvió y clavó su mirada en mi ojo
abierto. Me miraba fijamente. Abrí los dos ojos. El ratón permaneció inmóvil durante un
minuto. Estábamos mirándonos mutuamente. El tiempo se detuvo y luego se expandió. Y
de repente sucedió.
No recuerdo haber cerrado los ojos, pero necesariamente tuve que haberlo hecho. De
repente, el ratoncito creció hasta convertirse en un hombre gigante de más de cuatro
metros de altura. Tenía aspecto polinesio, con la piel marrón oscuro, el pelo negro y los
ojos marrones. Le envolvían vibraciones de guerrero y su cuerpo era poderoso y
musculado.
Su mirada me penetró, y con voz profunda me dijo:
—Soy el espíritu de la isla y te invito a esta ceremonia.
Retrocedió, y al hacerlo el espacio se expandió para formar un círculo de casi cien
metros de diámetro. Allí, de pie junto al borde exterior del círculo y al lado del enorme
espíritu, estaba Thoth con otros tres hombres que yo no conocía (aunque mi
conocimiento interior me dijo que formaban parte de los Maestros Ascendidos, y todos
tenían aspecto polinesio) y una mujer, que supongo estaba asonada a la Atlántida.
En el centro del círculo se encontraba un hombre cuyo nombre no puedo decir porque no
me lo permiten. Era la persona que la Tierra había elegido para ser el varón que iba a
proteger a la humanidad durante el último ciclo de trece mil años. Cuando le vi, supe con
exactitud cuál era el propósito de aquella ceremonia.
Se trataba de la ceremonia tetradimensional que se realiza cada doce mil novecientos
veinte años para entregar el poder y la responsabilidad de una energía a otra, en este
caso del varón a la mujer. En la Tierra todo tiene lugar primero en la cuarta dimensión, y
luego se filtra hasta esta tercera dimensión, que todos conocemos.
Lo que aquello significó para mí al instante fue que, después de esa ceremonia, algún día
se celebraría otra tridimensional para cristalizar esas energías en nuestro mundo
habitual. Cuando esta segunda ceremonia tuviera lugar, la energía femenina conduciría a
la humanidad hacia la luz durante los próximos doce mil novecientos veinte años.
Una sensación de humildad me embargó. Comprendí entonces la importancia de la
ceremonia y por qué Thoth me había pedido que dejara todo lo demás para hacer este
viaje.
El hombre del centro del círculo estaba de rodillas, de cara a mi derecha. En sus brazos
sostenía el cristal esquelético que guarda la memoria de la última mitad del Gran Ciclo (en
realidad, hasta el comienzo de los tiempos en la Tierra).
Comenzó a hablar. Habló de su experiencia durante la última mitad del ciclo y de lo
agradecido que se sentía de que nosotros, la humanidad, hubiéramos alcanzado este punto
de tiempo/espacio/ dimensión sin demasiados problemas. Pude sentir que estaba
terriblemente emocionado y conteniendo lágrimas de alivio por lo que estaba a punto de
suceder.
En el instante siguiente, una hermosa joven entró en el círculo desde la derecha, la
dirección hacia la que miraba el hombre, y caminó hacia el centro, donde se arrodilló
frente a él, inclinándose con gran reverencia. Mantuvo la inclinación durante medio minuto
y luego se enderezó con los ojos cerrados y de cara a él.
Abrió los ojos y fijó su mirada en los ojos del hombre, pero no dijo nada. El comenzó a
hablar:
—Se me ha otorgado la responsabilidad de proteger y guiar a la humanidad durante la
última mitad del Gran Ciclo. Ahora tú has sido elegida para protegernos y guiarnos en la
próxima mitad de este ciclo. Este cristal es la herramienta que necesitarás para unir las
dos partes del ciclo y llevar a cabo tu trabajo. Al entregártelo, mi trabajo queda
terminado y completo, y comienza el tuyo. ¿Aceptas esta sagrada responsabilidad?
Ella bajó los ojos, apartándolos de los de él, y comenzó a hablar con voz suave y fluida:
—Muchas gracias por todo lo que has hecho. Eres un gran hombre. Sí, acepto esta
responsabilidad con mi vida. Lo haré lo mejor que pueda.
Tras aquellas sencillas palabras, quedó en silencio.
El hizo una breve pausa y luego levantó el enorme cristal, lo colocó en el suelo frente a
ella y volvió a su sitio.
—Ahora tienes plenos poderes para seguir a tu corazón y tomar las decisiones que
deberán guiar el curso de la historia humana —dijo.
Los allí presentes estábamos siendo testigos del cambio de guardia más importante en
varios miles de años. No había nada que decir. Era perfecto.
La muchacha se levantó, se inclinó ante nosotros y se volvió para irse. El cristal se elevó
del suelo y flotó tras ella, siguiéndola como un perrito. Ambos desaparecieron en otro
reino de la existencia.
Lo que pasó cuando ella se fue resultó visible para mí. Pude verla entrando en su barco
con el cristal y volando de regreso a su hogar en Perú. Inmediatamente se dirigió a un
lugar entre la isla del Sol y la isla de la Luna, en el lago Titicaca, donde voló al fondo del
lago. Allí plantó el cristal en las profundidades de la Tierra. Luego voló de vuelta a la
atmósfera sobre el lago y esperó.
Poco tiempo después, un brillante rayo de luz violeta salió despedido del lago hacia el
cielo y los recuerdos antiguos quedaron conectados y comprometidos con el presente. Era
el comienzo de una nueva era de luz y hermandad para la raza humana.
Una nota adicional. Para aquellos de vosotros que hayáis leído mis dos primeros libros y
conozcáis la historia de la mujer que elevó la antigua nave espacial desde debajo de la
Esfinge de Egipto, se trata de la misma persona. En aquel entonces tenía veintitrés años
y vivía en Perú, y así sigue siendo en la actualidad. Ahora es la persona más importante
del mundo. Pero no se puede dar su nombre, pues su trabajo debe mantenerse secreto
por su misma naturaleza. Sabrás más de ella a lo largo de este libro cuando hable del
viaje a Perú.
Cuando los antiguos recuerdos inundaron el subconsciente humano al término de esta,
ceremonia, se inició un nuevo sueño humano, un sueño que, según cree la consciencia
humana superior, conducirá en el futuro a la Tierra hacia una época de paz, belleza y
superevolución.
Pero nadie sabía lo que acababa de ocurrir en aquella ceremonia, a excepción de unas
pocas almas avanzadas, pues el sueño era una semilla profundamente incrustada en la
oscuridad, plantada literalmente en una dimensión superior de la consciencia de la Tierra
y que no iba a brotar a la luz de este mundo hasta el cambio de siglo. No se podía hacer
más que esperar.
TETRADIMENSIONAL DE LA
TRANSFERENCIA DE PODER DEL VARÓN
A LA HEMBRA
Por fin, mi novia y yo pudimos quedar en libertad para movernos sin presión alguna por
parte de los Maestros Ascendidos. Sin embargo, no tuvimos elección en lo referente a
dejar Moorea, pues ya teníamos los billetes de avión y no disponíamos de dinero
suficiente para cambiarlos.
Nos costó muchísimo abandonar la isla. Nuestros corazones iban a permanecer por
siempre en aquel diminuto pedazo de arena y árboles. Pero la idea de ir a Australia
también resultaba emocionante. Era el lugar que habíamos decidido visitar después de
aquel viaje espiritual, y cuanto más hablábamos de ello, más animados nos sentíamos.
¡Gran Barrera de Coral, allá vamos!
Tomamos un barco lento a Tahití y desde allí volamos a Sidney. Era una ciudad
extraordinaria, preciosa, con su puerto lleno de velas blancas flotando unas junto a otras
sobre las aguas azul oscuro. Sin embargo, no nos quedamos en ella mucho tiempo, pues la
Gran Barrera nos llamaba. Para entonces éramos prácticamente unos expertos en el arte
del buceo y nos habían dicho que este arrecife era por lo menos tan bueno como el de
Moorea. Hicimos autostop por la costa oriental, charlarnos con sus habitantes y
comenzamos a comprender la asombrosa naturaleza, de los australianos. Son tan abiertos
y amantes de la diversión... Yo creo que no me había reído tanto en mi vida.
Acabamos en un lugar llamado Byron Bay. Allí se juntan los océanos del norte y el del sur,
y crean uno de los mejores lugares del mundo para practicar el surf gracias a las
inmensas olas que se suceden a un ritmo de maquinaria de relojería.
Estoy convencido de que todos los hippies de los años sesenta habían, de un modo u otro,
encontrado el camino hasta aquel pueblecito y se habían establecido como cabecera de
playa para no permitir que el hombre volviera a entrar y acabar con su paz, amor y buenas
vibraciones. Como yo fui uno de los primeros hippies, pensé que había muerto y ascendido
al cielo. Tenía la sensación de haber vivido aquello con anterioridad, pero esta vez elevado
a la décima potencia. Estaba seguro de que mi idioma sería el mismo que el de aquella
gente. A mi novia y a mí nos costaba abandonar el lugar, por lo que decidimos que no
teníamos prisa por llegar al arrecife y que podíamos quedarnos un tiempo.
Un día, a las dos semanas de estar viviendo como un vagabundo de playa, me encontraba
meditando en un saliente del terreno sobre el océano Pacífico cuando Thoth apareció. Al
principio pensé que sólo estaba haciendo acto de presencia, pero no era así. Tenía otros
planes.
Aquélla fue la única vez que pude observar un atisbo de timidez en Thoth. Le pregunté si
pasaba algo, y me respondió:
—Drunvalo, lo siento mucho, pero debo pedirte que hagas algo por nosotros otra vez.
Se me puso todo el pelo de punta. ¡Oh, no! Podía sentirlo.
— ¿Qué quieres? —chillé, incapaz de hablar.
—Lo siento de veras —dijo—, pero debes partir inmediatamente hacia Hawai, a la isla de
Kauai, lo antes posible.
—Thoth, creí que iba a tener algo de tiempo para descansar. ¿No puedes esperar al
menos un par de semanas?
—No —me dijo sencillamente—. Esto es aún más importante que lo que hiciste en
Moorea. Por favor, intenta entenderlo.
Guardé silencio durante un rato. No sabía qué decir. Era consciente de que aquel trabajo
espiritual era una de las principales razones por las cuales yo había cruzado el universo
para estar aquí, en la Tierra. Era algo que estaba por delante de todos los demás
aspectos de mi vida.
También me di cuenta en aquel momento de que mi novia no iba a tomárselo nada bien.
Estaba harta de andar de acá para allá, y deseaba unas vacaciones con todas sus fuerzas.
Al final, levanté la vista hacia mi mentor y dije:
—De acuerdo, si tú dices que es importante, será porque lo es. ¿Qué quieres que haga?
—Todavía no —me dijo—. Espera hasta estar en Kauai y te lo explicaré todo. Gracias,
Drunvalo. Si hubiera otra persona que pudiera hacer este trabajo, no te lo habría pedido
—y desapareció.
Me quedé sentado largo rato, intentando encontrar el modo de contárselo a mi novia,
pero ninguno me parecía adecuado. Sabía que me iba a caer una buena.
Ella estaba sentada junto a nuestra tienda cosiendo una prenda de ropa que se había
roto. Levantó la vista cuando me acerqué a ella y luego volvió a dirigirla hacia su trabajo.
— ¿Qué ocurre, Drunvalo?
Se lo conté todo, intentando que sonara como si fuera una gran idea dejar Australia e
irnos a Kauai. Me miró, muy decepcionada, y dijo:
—Mi vida, no puedes irte sin ver ni disfrutar la Gran Barrera de Coral. Si tú tienes que
irte, lo entiendo, pero yo no me voy. ¿Lo has entendido?
—Sí, lo he entendido. Realmente no me apetece nada irme, pero tengo que hacerlo. Es lo
que hago en la vida.
—Entonces me uniré contigo en algún lugar, no sé dónde ni cuándo. Este sitio es tan
bueno que quizá no lo abandone nunca.
Nos abrazamos, hice mi equipaje y la dejé allí, en un país extranjero, pero ella era una
viajera del mundo y una muchacha muy práctica. Y Australia es un país muy bello y seguro.
No volvimos a vernos hasta casi seis meses después. La vida puede en ocasiones ser muy
extraña, además de sorprendente.
Aterricé en Maui y tomé un pequeño trasbordador interinsular que transportaba más que
nada a los habitantes del lugar de una isla a otra, para llegar a las costas de Kauai, la isla
más antigua de la cadena y un resto de Lemuria. Allí, la energía es antigua para los
estándares de cualquiera.
Cuando descendía del cielo para aterrizar, comencé a preguntarme qué era lo que se
suponía que debía hacer allí. No tenía ni idea. ¿Cómo iba a evitar hacerme preguntas?
Densas nubes de lluvia flotaban sobre el centro de la isla. En ese lugar, casi siempre está
lloviendo. Es el lugar más húmedo de la Tierra. Cualquier localidad en la que caiga metro o
metro y medio de lluvia se considera muy húmeda. En Kauai caen doce, de ahí las
impresionantes cataratas que adornan las laderas de prácticamente todas las montañas
de la isla.
Pronto me encontré en el aeropuerto, con esa sensación de estar fuera de lugar que los
aeropuertos parecen producir en las personas. Decidí alquilar un coche, no sólo para
moverme por allí, sino también por la sensación de volver a tener un hogar. Creo que
echaba de menos a mi novia.
La decisión de alquilar un coche resultó ser muy acertada, pues Thoth me tuvo
correteando por toda la isla. El terreno es tan abrupto en la parte noroccidental que
nunca han sido capaces de construir una carretera que rodee completamente la isla; la
principal tiene unos cincuenta y tres kilómetros y forma de herradura. Cualquiera que
fuera el lugar al que tenía que ir a continuación, siempre daba la sensación de encontrarse
en el extremo opuesto de la herradura. Cada vez que llegaba a un sitio al que Thoth me
había dicho que fuera, me ordenaba que me diera la vuelta y volviera al otro lado de la
isla. Nunca olvidaré el momento en que devolví el coche. La mayoría de las personas
recorren unos cien kilómetros, pero yo le había hecho mil doscientos. El encargado del
alquiler no podía creérselo, pero yo sí.
La primera noche dormí en mi tienda junto al mar, sobre una loma cubierta de hierba. Por
vez primera en mucho tiempo sentí paz, y con el arrullo del mar me quedé profundamente
dormido.
Cuando desperté a la mañana siguiente, recordé que Thoth todavía no me había dicho
para qué estaba allí, pero sabía que aquella actitud somnolienta pronto se transformaría
en trabajo. Y tenía razón. De hecho, Thoth debió escuchar mis pensamientos, pues no
tardó más de media hora en aparecer.
—Lo que tienes que hacer es demasiado complicado como para que te lo explique todo
junto —me dijo—. Vamos a ir por partes. Puesto de la forma más sencilla, debes tomar
parte en una ceremonia que se va a celebrar aquí, en esta isla, y que cambiará el curso de
la historia, pero puede que no tenga lugar hasta que determinadas cosas no estén en su
sitio.
«Como ya te he dicho, te he traído aquí para que tomes parte en una ceremonia de la
Tierra, pero antes de que esta ceremonia principal pueda ser celebrada debes participar
en otra más pequeña, que tiene lugar aquí cada año y que está relacionada con el chakra
corazón de esta isla. El lugar se encuentra bajo un árbol de mango. Pregunta y lo
encontrarás.
Y después de esto, desapareció abruptamente. Comencé a charlar con los hawaianos,
pero siempre que les hablaba acerca de la ceremonia con el chakra corazón bajo el mango,
se iban. Evidentemente, aquello era algo que a los extranjeros no nos estaba permitido
conocer.
Por fin encontré a un joven hawaiano que sabía exactamente de lo que estaba hablando.
Me dijo:
—Si es verdad que debes formar parte de esa ceremonia, asciende por este río —y
señaló un ancho río de aguas verde oscuro que parecía proceder del centro de la isla.
Dudó un momento, y añadió—: Y si por casualidad encuentras el camino, cuando abandones
la ceremonia no mires hacia atrás, pues si lo haces tu vida puede correr peligro.
Le pedí que me explicara lo que quería decir, pero se encogió de hombros y se alejó.
— ¿Cómo encuentro la ceremonia del chakra corazón? —grité.
Sin volverse, me respondió: —Usa tu corazón. ¿Qué otra cosa crees que podrías hacer?
Y desapareció en una vieja tienda de comestibles. Yo pensé: « ¿Por qué tiene que ser
siempre tan misteriosa la vida?»
El río serpenteaba a través de una vegetación maravillosa y unas casas muy caras. Supe
que lo que tenía que hacer y el lugar al que tenía que ir estaban en algún punto aguas
arriba, pero como de costumbre, aparte de eso, no sabía nada más. Arranqué el pequeño
Toyota alquilado y me encaminé río arriba, intentando sentir mi corazón, pero tenía la
sensación de que seguir conduciendo sin saber dónde iba no tenía ningún sentido. Además,
estaba cansado y lo que realmente deseaba era aparcar y dormir. Y eso fue lo que hice:
paré el coche junto al borde de la carretera y cerré los ojos. Me hice sensible a la
vibración del corazón y esperé.
Al cabo de unos treinta o cuarenta minutos, cuando estaba a punto de irme, dos jóvenes
parejas aparecieron entre los árboles vestidos con ropas ceremoniales y con flores en las
manos. Uno de ellos sostenía un puchero de barro. Entraron en un coche y en unos
minutos se fueron.
Por puro instinto salí de mi coche y seguí el camino por el que habían venido. El sendero
me condujo a las profundidades de la arboleda y por fin llegué al borde del mismo río
verde oscuro. Mientras recorría aquella vereda me crucé con más indígenas hawaianos
que venían de regreso. Ninguno de ellos me miró a los ojos ni me saludó. Yo seguí
adelante. Tras recorrer medio kilómetro siguiendo el río encontré el enorme árbol de
mango. La mitad de él estaba sobre la tierra y la otra mitad sobre el agua. En su base se
encontraban unas ofrendas con aspecto ceremonial.
Una muchacha de unos dieciocho años, con un aire puramente hawaiano, estaba sentada
en tranquila meditación. Al principio no reparé en ella, pues estaba casi escondida entre
unos árboles pequeños. Cuando la vi, quedó patente que ella me había visto primero, pero
bajó los ojos como si no supiera que yo estaba allí.
Yo sabía que había penetrado en un lugar sagrado y comencé a tratar a aquel árbol y a
aquel sitio con respeto y honor. Llevaba un pequeño cristal y había cogido algunas flores a
lo largo del camino para imitar a las dos parejas que había visto.
Dejé el cristal y las flores en la base del árbol, me senté un poco alejado de él e intenté
hacerme invisible. Entré en meditación, sintiendo mi corazón. Una bellísima sensación de
alegría me inundó y supe con seguridad que aquél era el lugar que Thoth quería que
encontrara.
En el momento en que sentí aquella certeza, Thoth se apareció en mi visión interior, y me
dijo:
—El cristal guarda tu vibración y debe ser arrojado al río. Antes de que golpee el agua,
date la vuelta y vete, y no mires hacia atrás. Abandona el lugar y regresa a tu coche.
Hice exactamente lo que me había indicado que hiciera. Lancé el cristal al aire allí donde
el mango extendía sus ramas sobre el río, y antes de que golpeara el agua me di la vuelta
y me fui. Seguí caminando sin mirar atrás. No sé si la muchacha seguía allí o si sucedió
algo raro. Sencillamente, obedecí las reglas.
Más hawaianos se me cruzaron en su camino hacia el árbol de mango, pero yo bajé los
ojos y continué caminando hasta que alcancé la carretera; me imaginé que ya había salido
del campo de energía. Y volví en mi coche hasta el mar.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, Thoth vino a mi consciencia y comenzó a
hablar acerca de algo nuevo. Me dijo:
—Ahora debes obtener permiso de la kahuna de la isla para realizar la ceremonia
principal.
Me dio su nombre y me mostró el aspecto que tenía. Era una anciana fornida y de gran
voluntad, según lo que Thoth proyectó sobre mí.
— ¿Y cómo la puedo encontrar?
—Eso forma parte del proceso —me dijo—. Debes hacerlo tú solo. Pero la encontrarás
cuando encuentres este cristal.
Y en ese momento vi, en mi visión interior, un enorme cristal de cuarzo, de metro y
medio de alto y casi uno de ancho. Nunca había visto un cristal tan grande excepto en
fotografías. Thoth me preguntó si podía ver el cristal que me estaba enseñando. Le
contesté que sí. Me dijo que no podía decirme dónde estaba, pues encontrarlo también
formaba parte de mi proceso espiritual. Y me dejó con la siguiente frase:
—Encuentra el cristal y encontrarás a la kahuna. »Y una cosa más —añadió—, el cristal
está cerca del chakra corazón de la isla—y desapareció.
Conduje el coche por toda la zona que había recorrido el día anterior, preguntando a la
gente si había visto un cristal tan grande, pero no conseguí nada. Tras dos días de
búsqueda, decidí que para encontrarlo debía utilizar mis habilidades interiores, aquellas
que había aprendido en Yucatán.
Al día siguiente fui de nuevo al lugar donde estaba el chakra corazón, pero la carretera
era muy larga y tenía muchos desvíos. Me podía llevar toda la eternidad encontrar lo que
estaba buscando.
Así que, tal y como había hecho para encontrar el templo de Kohunlich en Yucatán, dejé
que fuera mi tercer ojo el que condujera. Mantuve la imagen del enorme cristal en mi
mente y seguí circulando por aquella carretera hasta que sentí que debía girar en una
dirección concreta. Continué así durante varios kilómetros, girando donde sentía que
debía hacerlo. Por fin llegué a lo alto de una cadena montañosa, a una zona residencial con
lujosas casas a ambos lados de la carretera. De forma repentina, cuando volví a girar por
otra carretera, me encontré acercándome a un templo hindú. Mi coche decidió girar hacia
el aparcamiento y parar el motor. Es la única manera en que puedo describir cómo llegué
allí: mi coche lo hizo.
Me bajé y caminé hasta una enorme estatua de Ganesh, el dios elefante indio. Tenía
probablemente unos cuatro metros y medio de altura y me pareció que estaba muy bien
hecha. Pero no fue la estatua lo que me atrajo. Fue la sensación de que el cristal estaba
en algún lugar cercano.
Era domingo y se estaba celebrando el servicio en el templo. El aparcamiento estaba
lleno de coches. Decidí entrar en el edificio para ver dónde me llevaba todo aquello.
La gente estaba en mitad de un cántico hindú y el humo del incienso penetró
inmediatamente por todo mi cuerpo. El servicio me resultaba familiar, pues había pasado
muchas noches en la Ram Dass's Hanuman Foundation de Taos (Nuevo México) cantando y
salmodiando durante el darshan. Cerré los ojos y me uní a los cánticos, olvidando durante
un breve lapso de tiempo mi verdadero propósito.
Pareció como si no hubieran pasado más que unos minutos, aunque mi mente sabía que
llevaba allí casi una hora. Al cabo de otros diez minutos, la mayoría de la gente se fue y
aquel trasplantado templo antiguo recuperó rápidamente su silencio habitual.
Por primera vez, ahora que todo el mundo se había marchado, pude ver el altar, y allí
estaba el gigantesco cristal de cuarzo. Era una visión increíble: en lo alto del altar,
resonando su influencia a cada centímetro del templo. No era capaz de imaginar cómo no
lo había sentido al entrar.
Comenzaba a avanzar hacia él para ver lo que me tenía que decir, cuando el sacerdote
que había dirigido el servicio se interpuso en mi camino.
— ¿Puedo ayudarle? —dijo en tono autoritario.
Le miré y pude comprobar que acercarme al cristal estaba totalmente fuera de mis
posibilidades.
Lo que le respondí fue:
—Estoy buscando a una abuela kahuna. Se llama... —y pronuncié su nombre—. ¿Sabe
dónde puedo encontrarla?
Sonrió y dijo:
—No hace falta que busques muy lejos. Date la vuelta.
Volví la cabeza y justo detrás de mí estaba la verdadera imagen que Thoth me había
mostrado dos días antes. Su sonrisa y su genuino afecto evaporaron cualquier
preocupación que pudiera estar imponiéndome a mí mismo acerca de ella.
—Abuela —le dije—, la he estado buscando. ¿Podemos hablar?
— ¿Qué es lo que quieres de mí?
Exhalé un suspiro de alivio y le conté todo. Le hablé de Thoth, de la ceremonia que debía
celebrarse en su isla y cómo necesitaba su permiso antes de continuar.
—Abuela, ¿puedo contar con su permiso para llevar a cabo esta ceremonia?
Tomó mi mano con mucho amor, y dijo:
—Drunvalo, tienes mi permiso, pero eso no es suficiente para una cosa tan importante.
Ahora debes obtener el del espíritu de esta isla —me dijo el nombre del espíritu, y
explicó—: Tienes que encontrarle tú solo y pedírselo. Que el Espíritu te bendiga a ti y a
lo que haces.
Me dio un gran abrazo y se inclinó frente a mí a la manera hindú, mientras me decía:
—Namaste.
Le devolví la reverencia y me fui.
Sentado en mi coche, me sentía al mismo tiempo contento por haber conseguido
encontrarla y haber obtenido su permiso, y defraudado porque aparentemente no había
conseguido acercarme más a mi objetivo. Todavía tenía que conseguir otra autorización.
Cerré los ojos y entré en meditación para recibir asistencia. Thoth apareció de
inmediato, y sonrió:
—Estás más cerca de lo que crees, Drunvalo. ¿No te das cuenta de que la vida ya ha
tenido lugar? La idea del fracaso o de tener que realizar más trabajos es sólo la parte de
tu sueño que sigue creyendo en la separación.
—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. ¿Qué es lo que viene ahora?
Thoth, con su estilo pausado, contestó:
—Toma la carretera a Hanalei y continúa después de pasar el pueblo hasta que se
termine. Aparca el coche y espera mis instrucciones.
Mientras conducía bordeando la costa, comencé a recordar todo lo que me había pasado
en los últimos meses. Parecía que el tiempo transcurría demasiado deprisa, casi fuera de
control. Por otro lado, era mucho lo que se estaba consiguiendo.
Aquel Thoth se había convertido en un elemento fundamental del trabajo que yo estaba
llevando a cabo. Los ángeles eran la principal luz de guía dentro de mí, la verdadera
fuente de mis decisiones espirituales, pero me habían dejado claro que lo que debía hacer
en aquel momento era escuchar a Thoth. En aquel entonces lo ignoraba, pero no iba a
pasar mucho tiempo antes de que concluyera mi trabajo con Thoth.
En aquel momento estaba atravesando Hanalei, que se encuentra situado en el extremo
norte de la carretera con forma de herradura. No es posible continuar en coche mucho
más allá. Es como una casa en un callejón sin salida, y me di cuenta una vez más de lo
mucho que quiero a este pueblo. La zona es asombrosamente bonita, el estilo de vida muy
abierto y libre, y las personas reflejan el entorno en el que viven. Mi corazón siempre
late un poco más fácilmente cuando estoy allí.
Llegué al final de la carretera y paré en un lugar donde sabía que mi coche no podía
estorbar. No sabía cuánto tiempo iba a durar mi viaje. Cerré los ojos y esperé a que
apareciera Thoth.
Como de costumbre, no me falló.
—Drunvalo —me dijo—, aquí están tus instrucciones. Quítate toda la ropa, incluidos los
zapatos, y enróllate el chal blanco que tienes en el maletero alrededor de las caderas.
Lleva sólo el bolso medicinal que usas siempre.
Este bolso medicinal era algo que llevaba conmigo desde hacía muchos años. Contenía
objetos de poder que uso en las ceremonias, tales como cristales, piedras, maíz con
poderes, salvia y cedro para purificar y trozos de plumas.
—Cuando entres en el camino hacia las montañas, estarás empezando la ceremonia —dijo
Thoth—. No te preocupes por el permiso del espíritu de la isla, pues él forma parte de
esta ceremonia y ya nos lo ha otorgado. Recuerda que debes respirar y permanecer en tu
corazón.
»Debes buscar una cascada que se divide en dos partes iguales a mitad de la caída.
Cuando encuentres ese lugar, colócate de pie exactamente delante de ella y gírate ciento
ochenta grados. Mira frente a ti y verás una gran roca plana. Ahí es donde te recibirá el
espíritu de la isla y donde comenzará la ceremonia. Te queremos y te damos las gracias
por anticipado por el trabajo que haces en favor de este planeta.
Con esta frase, Thoth desapareció. Abrí el maletero y encontré el chai blanco. El bolso
medicinal colgaba de mi cuello. Me quité la ropa, me enrollé el chai alrededor de la cintura
y agarré el bolso medicinal en unos segundos. Cerré los ojos y allí estaban los ángeles.
Sonrieron.
—Te queremos —me dijeron.
Crucé la calle hasta el camino donde iba a empezar la ceremonia, según me había dicho
Thoth. Allí, en la cabecera del sendero, pude ver una gran señal de peligro. En la parte
superior se veía el dibujo de la calavera y las tibias entrecruzadas, y la señal decía: «No
caminen por esta zona sin botas de goma hasta las rodillas; en el agua hay una bacteria
que resulta mortal si entra en contacto con la piel. No toquen el agua».
Bueno, allí estaba yo, comenzando mi viaje y la ceremonia, casi desnudo y descalzo, y esa
señal intentando inmediatamente meterme el miedo en el cuerpo y en la mente. Thoth no
esperó a que cerrara los ojos. Sencillamente apareció fuera de mí, y dijo:
—Drunvalo, esto es una prueba. Debes confiar en quien eres y en tu conexión con el
universo y el Creador. Céntrate en tu corazón y sigue adelante. No te preocupes, no
sufrirás ningún daño.
Respiré hondo e hice exactamente lo que me había dicho. Todas mis preocupaciones
abandonaron mi cuerpo y supe que estaba completamente protegido. Sin sentir miedo
alguno y lleno de emoción comencé aquel viaje sagrado hacia las bellas y abruptas
montañas.
Al principio el camino era fácil, pues me encontraba al nivel del mar y cerca de la
carretera. Pero a medida que iba pasando el tiempo comencé a subir cada vez más alto,
más lejos del nivel del océano, y a adentrarme más en las montañas selváticas, que
parecían un paisaje de millones de años atrás. Si hubiera visto un dinosaurio, no me habría
sorprendido. Había agua por todas partes: chorreando por las rocas, corriendo por el
camino, fluyendo por los riachuelos. Yo estaba empapado. Incluso los árboles de la selva
goteaban. Cada cien metros más o menos pasaba junto a alguna cascada espectacular, que
me quitaba la respiración. Evidentemente estaba esperando ver la que se dividía en dos.
En un momento dado hice un alto en uno de los raros claros en los que podía ver a través
de la selva hacia el océano, a mis pies. Me asombré de lo mucho que había ascendido. La
sensación de belleza, los sonidos de las eternas cascadas, los pájaros exóticos que
volaban por todas partes, las flores y plantas increíblemente bellas, todo me hacía sentir
que no podía estar sobre la Tierra. Tenía que tratarse de un planeta en el que la vida
estaba empezando y no había sido aún perturbada.
Thoth me había dicho una cosa más que no he mencionado, algo que probablemente
debería decirte ahora. Kauai era el punto geográfico de la Tierra en el que se había
conservado la memoria del planeta durante los últimos trece mil años. Sí. Hay un Registro
Akáshico almacenado en la atmósfera, además de en el cuerpo humano; pero la memoria
de la Tierra también está guardada, de forma intencional y literalmente, en cada uno de
cristales colocados junto a la costa frente al lugar exacto en el que me encontraba. No
estoy seguro de por qué se hace eso; Thoth nunca me lo explicó.
Había trece cristales en total, pero uno de ellos era el auténtico banco de memoria. Los
cristales estaban colocados según el patrón del cubo de Metatrón: uno en el centro de la
isla, seis a su alrededor y en la isla y otros seis más en el agua, alejados de la costa y
rodeando los seis interiores. Este sistema fue usado por otros pueblos en el pasado
lejano. Sabemos que los lemurianos y los atlantes utilizaban esta misma disposición de
cristales y con el mismo propósito, sin cambiarlos. Pero según el recuerdo de Thoth, el
sistema es mucho, mucho más antiguo que cualquiera de esas dos culturas. Quién lo creó,
ni siquiera Thoth lo sabe.
El que estaba en el agua debajo del lugar donde yo me encontraba pertenecía a un tipo
de piedra denominado «cristal esquelético», cuya apariencia le da un aspecto espacial. De
hecho, éste sí procedía del espacio. Tenía unos sesenta centímetros de largo, treinta de
diámetro y era de doble punta; es decir, ambos extremos terminaban en punta.
Los cristales esqueléticos son muy raros, y si nunca has visto ninguno son difíciles de
describir. Son cristales de cuarzo, pero no se parecen nada al cuarzo normal. Lo raro de
los cristales esqueléticos es que sus superficies están recubiertas de «tubos» de cuarzo.
Es como si alguien hubiera pegado tubos redondos de medio centímetro de diámetro por
toda la superficie, siguiendo un patrón aleatorio. En el mundo que yo conozco, no hay nada
parecido a ellos. Pueden almacenar una cantidad infinita de datos dentro de sí mismos y
en el espacio que los rodea.
Fue esta característica la que hizo que se eligiera este cristal para almacenar la
memoria del planeta y de todo lo que vive y sucede sobre él. En otras palabras, son los
Registros Akásicos de la Tierra descargados en el diminuto espacio de un cristal. La
explicación de la importancia de todo esto supondría otro relato, y como ya he dicho, en
realidad no lo entiendo.
Me volví y seguí ascendiendo camino arriba, buscando la cascada especial, y al cabo de
unos cinco minutos apareció. Permanecí de pie junto a su base durante al menos diez
minutos. Era imponente. El agua caía unos sesenta metros antes de chocar contra una
enorme roca que sobresalía de la falda de la montaña y partía el agua en dos.
Era una vista realmente espectacular. En parte, estaba también descansando de la
subida. Sabía que pronto tendría que ponerme a trabajar.
Cuando sentí que había llegado el momento oportuno, me giré ciento ochenta grados y me
coloqué de cara al océano. Tal y como Thoth me había dicho, justo frente a mí había una
gran roca plana, ligeramente elevada sobre la superficie de la montaña, desde la que se
divisaba una fantástica vista del profundo océano azul que se extendía hasta el
horizonte, lo que hacía de ella un sitio perfecto para celebrar una ceremonia. Supe con
seguridad que estaba en el lugar correcto.
Como no sabía lo que iba a suceder, procedí según lo que me habían enseñado los taos
pueblo de Nuevo México. Abrí mi bolso medicinal y coloqué cuatro cristales de cuarzo,
uno en cada una de las cuatro direcciones, formando un cuadrado de unos sesenta
centímetros de lado. En el centro coloqué un cristal especial denominado diamante
Herkimer, un cristal de doble terminación y de excepcional transparencia que afecta al
mundo de los sueños de un modo positivo, lo que constituye su uso fundamental.
Recé a cada una de las cuatro direcciones para consagrar la ceremonia y pidiendo
protección para no ser molestado de ningún modo. Utilicé maíz y tabaco, según manda mi
tradición, y coloqué esas sustancias sobre cada uno de los cristales en cada una de las
direcciones. También recé a las direcciones bajo el cristal central y sobre él, así como al
centro en sí mismo: las siete direcciones. Formé un círculo conectando los cuatro
cristales de las cuatro direcciones con muchos cristales más pequeños y piedras de
diferentes tipos que creí necesarios, dibujando una rueda. Dentro de ella hice una cruz
con piedras del lugar conectando el cristal central con el borde.
Cuando la ceremonia estuvo preparada, cerré los ojos y entré en profunda meditación,
esperando al espíritu de la isla. Sabía que eso era lo primero que debía ocurrir, pero no
tenía ni idea de cómo iba a suceder. Todo lo que podía hacer era cumplir lo que Thoth me
había pedido: permanecer en mi corazón y estar abierto.
Seguí meditando durante una media hora y nada ocurrió. Estaba empezando a sentirme
ligeramente preocupado por aquella tardanza; no obstante, sabía que debía tener
paciencia y continuar, aunque la espera durara todo el día.
Otros quince minutos pasaron sin que nada sucediera en mi interior. Entonces escuché un
ruido. Abrí un ojo y allí, sobre la piedra, había un diminuto ratón blanco, paseándose,
oliendo el maíz y revisándolo todo. Era tan gracioso que no vi motivo para molestarle y le
dejé que siguiera haciendo lo que quisiera.
Estaba a punto de volver a cerrar el ojo cuando el ratoncito pasó al cristal central, el
Herkimer. Colocó sus patitas delanteras sobre él, se volvió y clavó su mirada en mi ojo
abierto. Me miraba fijamente. Abrí los dos ojos. El ratón permaneció inmóvil durante un
minuto. Estábamos mirándonos mutuamente. El tiempo se detuvo y luego se expandió. Y
de repente sucedió.
No recuerdo haber cerrado los ojos, pero necesariamente tuve que haberlo hecho. De
repente, el ratoncito creció hasta convertirse en un hombre gigante de más de cuatro
metros de altura. Tenía aspecto polinesio, con la piel marrón oscuro, el pelo negro y los
ojos marrones. Le envolvían vibraciones de guerrero y su cuerpo era poderoso y
musculado.
Su mirada me penetró, y con voz profunda me dijo:
—Soy el espíritu de la isla y te invito a esta ceremonia.
Retrocedió, y al hacerlo el espacio se expandió para formar un círculo de casi cien
metros de diámetro. Allí, de pie junto al borde exterior del círculo y al lado del enorme
espíritu, estaba Thoth con otros tres hombres que yo no conocía (aunque mi
conocimiento interior me dijo que formaban parte de los Maestros Ascendidos, y todos
tenían aspecto polinesio) y una mujer, que supongo estaba asonada a la Atlántida.
En el centro del círculo se encontraba un hombre cuyo nombre no puedo decir porque no
me lo permiten. Era la persona que la Tierra había elegido para ser el varón que iba a
proteger a la humanidad durante el último ciclo de trece mil años. Cuando le vi, supe con
exactitud cuál era el propósito de aquella ceremonia.
Se trataba de la ceremonia tetradimensional que se realiza cada doce mil novecientos
veinte años para entregar el poder y la responsabilidad de una energía a otra, en este
caso del varón a la mujer. En la Tierra todo tiene lugar primero en la cuarta dimensión, y
luego se filtra hasta esta tercera dimensión, que todos conocemos.
Lo que aquello significó para mí al instante fue que, después de esa ceremonia, algún día
se celebraría otra tridimensional para cristalizar esas energías en nuestro mundo
habitual. Cuando esta segunda ceremonia tuviera lugar, la energía femenina conduciría a
la humanidad hacia la luz durante los próximos doce mil novecientos veinte años.
Una sensación de humildad me embargó. Comprendí entonces la importancia de la
ceremonia y por qué Thoth me había pedido que dejara todo lo demás para hacer este
viaje.
El hombre del centro del círculo estaba de rodillas, de cara a mi derecha. En sus brazos
sostenía el cristal esquelético que guarda la memoria de la última mitad del Gran Ciclo (en
realidad, hasta el comienzo de los tiempos en la Tierra).
Comenzó a hablar. Habló de su experiencia durante la última mitad del ciclo y de lo
agradecido que se sentía de que nosotros, la humanidad, hubiéramos alcanzado este punto
de tiempo/espacio/ dimensión sin demasiados problemas. Pude sentir que estaba
terriblemente emocionado y conteniendo lágrimas de alivio por lo que estaba a punto de
suceder.
En el instante siguiente, una hermosa joven entró en el círculo desde la derecha, la
dirección hacia la que miraba el hombre, y caminó hacia el centro, donde se arrodilló
frente a él, inclinándose con gran reverencia. Mantuvo la inclinación durante medio minuto
y luego se enderezó con los ojos cerrados y de cara a él.
Abrió los ojos y fijó su mirada en los ojos del hombre, pero no dijo nada. El comenzó a
hablar:
—Se me ha otorgado la responsabilidad de proteger y guiar a la humanidad durante la
última mitad del Gran Ciclo. Ahora tú has sido elegida para protegernos y guiarnos en la
próxima mitad de este ciclo. Este cristal es la herramienta que necesitarás para unir las
dos partes del ciclo y llevar a cabo tu trabajo. Al entregártelo, mi trabajo queda
terminado y completo, y comienza el tuyo. ¿Aceptas esta sagrada responsabilidad?
Ella bajó los ojos, apartándolos de los de él, y comenzó a hablar con voz suave y fluida:
—Muchas gracias por todo lo que has hecho. Eres un gran hombre. Sí, acepto esta
responsabilidad con mi vida. Lo haré lo mejor que pueda.
Tras aquellas sencillas palabras, quedó en silencio.
El hizo una breve pausa y luego levantó el enorme cristal, lo colocó en el suelo frente a
ella y volvió a su sitio.
—Ahora tienes plenos poderes para seguir a tu corazón y tomar las decisiones que
deberán guiar el curso de la historia humana —dijo.
Los allí presentes estábamos siendo testigos del cambio de guardia más importante en
varios miles de años. No había nada que decir. Era perfecto.
La muchacha se levantó, se inclinó ante nosotros y se volvió para irse. El cristal se elevó
del suelo y flotó tras ella, siguiéndola como un perrito. Ambos desaparecieron en otro
reino de la existencia.
Lo que pasó cuando ella se fue resultó visible para mí. Pude verla entrando en su barco
con el cristal y volando de regreso a su hogar en Perú. Inmediatamente se dirigió a un
lugar entre la isla del Sol y la isla de la Luna, en el lago Titicaca, donde voló al fondo del
lago. Allí plantó el cristal en las profundidades de la Tierra. Luego voló de vuelta a la
atmósfera sobre el lago y esperó.
Poco tiempo después, un brillante rayo de luz violeta salió despedido del lago hacia el
cielo y los recuerdos antiguos quedaron conectados y comprometidos con el presente. Era
el comienzo de una nueva era de luz y hermandad para la raza humana.
Una nota adicional. Para aquellos de vosotros que hayáis leído mis dos primeros libros y
conozcáis la historia de la mujer que elevó la antigua nave espacial desde debajo de la
Esfinge de Egipto, se trata de la misma persona. En aquel entonces tenía veintitrés años
y vivía en Perú, y así sigue siendo en la actualidad. Ahora es la persona más importante
del mundo. Pero no se puede dar su nombre, pues su trabajo debe mantenerse secreto
por su misma naturaleza. Sabrás más de ella a lo largo de este libro cuando hable del
viaje a Perú.
Cuando los antiguos recuerdos inundaron el subconsciente humano al término de esta,
ceremonia, se inició un nuevo sueño humano, un sueño que, según cree la consciencia
humana superior, conducirá en el futuro a la Tierra hacia una época de paz, belleza y
superevolución.
Pero nadie sabía lo que acababa de ocurrir en aquella ceremonia, a excepción de unas
pocas almas avanzadas, pues el sueño era una semilla profundamente incrustada en la
oscuridad, plantada literalmente en una dimensión superior de la consciencia de la Tierra
y que no iba a brotar a la luz de este mundo hasta el cambio de siglo. No se podía hacer
más que esperar.
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