viernes, 12 de marzo de 2010

CAPÍTULO DIEZ

LA ISLA DE KAUAIY LA CEREMONIA

TETRADIMENSIONAL DE LA

TRANSFERENCIA DE PODER DEL VARÓN

A LA HEMBRA

Por fin, mi novia y yo pudimos quedar en libertad para movernos sin presión alguna por

parte de los Maestros Ascendidos. Sin embargo, no tuvimos elección en lo referente a

dejar Moorea, pues ya teníamos los billetes de avión y no disponíamos de dinero

suficiente para cambiarlos.

Nos costó muchísimo abandonar la isla. Nuestros corazones iban a permanecer por

siempre en aquel diminuto pedazo de arena y árboles. Pero la idea de ir a Australia

también resultaba emocionante. Era el lugar que habíamos decidido visitar después de

aquel viaje espiritual, y cuanto más hablábamos de ello, más animados nos sentíamos.

¡Gran Barrera de Coral, allá vamos!

Tomamos un barco lento a Tahití y desde allí volamos a Sidney. Era una ciudad

extraordinaria, preciosa, con su puerto lleno de velas blancas flotando unas junto a otras

sobre las aguas azul oscuro. Sin embargo, no nos quedamos en ella mucho tiempo, pues la

Gran Barrera nos llamaba. Para entonces éramos prácticamente unos expertos en el arte

del buceo y nos habían dicho que este arrecife era por lo menos tan bueno como el de

Moorea. Hicimos autostop por la costa oriental, charlarnos con sus habitantes y

comenzamos a comprender la asombrosa naturaleza, de los australianos. Son tan abiertos

y amantes de la diversión... Yo creo que no me había reído tanto en mi vida.

Acabamos en un lugar llamado Byron Bay. Allí se juntan los océanos del norte y el del sur,

y crean uno de los mejores lugares del mundo para practicar el surf gracias a las

inmensas olas que se suceden a un ritmo de maquinaria de relojería.

Estoy convencido de que todos los hippies de los años sesenta habían, de un modo u otro,

encontrado el camino hasta aquel pueblecito y se habían establecido como cabecera de

playa para no permitir que el hombre volviera a entrar y acabar con su paz, amor y buenas

vibraciones. Como yo fui uno de los primeros hippies, pensé que había muerto y ascendido

al cielo. Tenía la sensación de haber vivido aquello con anterioridad, pero esta vez elevado

a la décima potencia. Estaba seguro de que mi idioma sería el mismo que el de aquella

gente. A mi novia y a mí nos costaba abandonar el lugar, por lo que decidimos que no

teníamos prisa por llegar al arrecife y que podíamos quedarnos un tiempo.

Un día, a las dos semanas de estar viviendo como un vagabundo de playa, me encontraba

meditando en un saliente del terreno sobre el océano Pacífico cuando Thoth apareció. Al

principio pensé que sólo estaba haciendo acto de presencia, pero no era así. Tenía otros

planes.

Aquélla fue la única vez que pude observar un atisbo de timidez en Thoth. Le pregunté si

pasaba algo, y me respondió:

—Drunvalo, lo siento mucho, pero debo pedirte que hagas algo por nosotros otra vez.

Se me puso todo el pelo de punta. ¡Oh, no! Podía sentirlo.

— ¿Qué quieres? —chillé, incapaz de hablar.

—Lo siento de veras —dijo—, pero debes partir inmediatamente hacia Hawai, a la isla de

Kauai, lo antes posible.

—Thoth, creí que iba a tener algo de tiempo para descansar. ¿No puedes esperar al

menos un par de semanas?

—No —me dijo sencillamente—. Esto es aún más importante que lo que hiciste en

Moorea. Por favor, intenta entenderlo.

Guardé silencio durante un rato. No sabía qué decir. Era consciente de que aquel trabajo

espiritual era una de las principales razones por las cuales yo había cruzado el universo

para estar aquí, en la Tierra. Era algo que estaba por delante de todos los demás

aspectos de mi vida.

También me di cuenta en aquel momento de que mi novia no iba a tomárselo nada bien.

Estaba harta de andar de acá para allá, y deseaba unas vacaciones con todas sus fuerzas.

Al final, levanté la vista hacia mi mentor y dije:

—De acuerdo, si tú dices que es importante, será porque lo es. ¿Qué quieres que haga?

—Todavía no —me dijo—. Espera hasta estar en Kauai y te lo explicaré todo. Gracias,

Drunvalo. Si hubiera otra persona que pudiera hacer este trabajo, no te lo habría pedido

—y desapareció.

Me quedé sentado largo rato, intentando encontrar el modo de contárselo a mi novia,

pero ninguno me parecía adecuado. Sabía que me iba a caer una buena.

Ella estaba sentada junto a nuestra tienda cosiendo una prenda de ropa que se había

roto. Levantó la vista cuando me acerqué a ella y luego volvió a dirigirla hacia su trabajo.

— ¿Qué ocurre, Drunvalo?

Se lo conté todo, intentando que sonara como si fuera una gran idea dejar Australia e

irnos a Kauai. Me miró, muy decepcionada, y dijo:

—Mi vida, no puedes irte sin ver ni disfrutar la Gran Barrera de Coral. Si tú tienes que

irte, lo entiendo, pero yo no me voy. ¿Lo has entendido?

—Sí, lo he entendido. Realmente no me apetece nada irme, pero tengo que hacerlo. Es lo

que hago en la vida.

—Entonces me uniré contigo en algún lugar, no sé dónde ni cuándo. Este sitio es tan

bueno que quizá no lo abandone nunca.

Nos abrazamos, hice mi equipaje y la dejé allí, en un país extranjero, pero ella era una

viajera del mundo y una muchacha muy práctica. Y Australia es un país muy bello y seguro.

No volvimos a vernos hasta casi seis meses después. La vida puede en ocasiones ser muy

extraña, además de sorprendente.

Aterricé en Maui y tomé un pequeño trasbordador interinsular que transportaba más que

nada a los habitantes del lugar de una isla a otra, para llegar a las costas de Kauai, la isla

más antigua de la cadena y un resto de Lemuria. Allí, la energía es antigua para los

estándares de cualquiera.

Cuando descendía del cielo para aterrizar, comencé a preguntarme qué era lo que se

suponía que debía hacer allí. No tenía ni idea. ¿Cómo iba a evitar hacerme preguntas?

Densas nubes de lluvia flotaban sobre el centro de la isla. En ese lugar, casi siempre está

lloviendo. Es el lugar más húmedo de la Tierra. Cualquier localidad en la que caiga metro o

metro y medio de lluvia se considera muy húmeda. En Kauai caen doce, de ahí las

impresionantes cataratas que adornan las laderas de prácticamente todas las montañas

de la isla.

Pronto me encontré en el aeropuerto, con esa sensación de estar fuera de lugar que los

aeropuertos parecen producir en las personas. Decidí alquilar un coche, no sólo para

moverme por allí, sino también por la sensación de volver a tener un hogar. Creo que

echaba de menos a mi novia.

La decisión de alquilar un coche resultó ser muy acertada, pues Thoth me tuvo

correteando por toda la isla. El terreno es tan abrupto en la parte noroccidental que

nunca han sido capaces de construir una carretera que rodee completamente la isla; la

principal tiene unos cincuenta y tres kilómetros y forma de herradura. Cualquiera que

fuera el lugar al que tenía que ir a continuación, siempre daba la sensación de encontrarse

en el extremo opuesto de la herradura. Cada vez que llegaba a un sitio al que Thoth me

había dicho que fuera, me ordenaba que me diera la vuelta y volviera al otro lado de la

isla. Nunca olvidaré el momento en que devolví el coche. La mayoría de las personas

recorren unos cien kilómetros, pero yo le había hecho mil doscientos. El encargado del

alquiler no podía creérselo, pero yo sí.

La primera noche dormí en mi tienda junto al mar, sobre una loma cubierta de hierba. Por

vez primera en mucho tiempo sentí paz, y con el arrullo del mar me quedé profundamente

dormido.

Cuando desperté a la mañana siguiente, recordé que Thoth todavía no me había dicho

para qué estaba allí, pero sabía que aquella actitud somnolienta pronto se transformaría

en trabajo. Y tenía razón. De hecho, Thoth debió escuchar mis pensamientos, pues no

tardó más de media hora en aparecer.

—Lo que tienes que hacer es demasiado complicado como para que te lo explique todo

junto —me dijo—. Vamos a ir por partes. Puesto de la forma más sencilla, debes tomar

parte en una ceremonia que se va a celebrar aquí, en esta isla, y que cambiará el curso de

la historia, pero puede que no tenga lugar hasta que determinadas cosas no estén en su

sitio.

«Como ya te he dicho, te he traído aquí para que tomes parte en una ceremonia de la

Tierra, pero antes de que esta ceremonia principal pueda ser celebrada debes participar

en otra más pequeña, que tiene lugar aquí cada año y que está relacionada con el chakra

corazón de esta isla. El lugar se encuentra bajo un árbol de mango. Pregunta y lo

encontrarás.

Y después de esto, desapareció abruptamente. Comencé a charlar con los hawaianos,

pero siempre que les hablaba acerca de la ceremonia con el chakra corazón bajo el mango,

se iban. Evidentemente, aquello era algo que a los extranjeros no nos estaba permitido

conocer.

Por fin encontré a un joven hawaiano que sabía exactamente de lo que estaba hablando.

Me dijo:

—Si es verdad que debes formar parte de esa ceremonia, asciende por este río —y

señaló un ancho río de aguas verde oscuro que parecía proceder del centro de la isla.

Dudó un momento, y añadió—: Y si por casualidad encuentras el camino, cuando abandones

la ceremonia no mires hacia atrás, pues si lo haces tu vida puede correr peligro.

Le pedí que me explicara lo que quería decir, pero se encogió de hombros y se alejó.

— ¿Cómo encuentro la ceremonia del chakra corazón? —grité.

Sin volverse, me respondió: —Usa tu corazón. ¿Qué otra cosa crees que podrías hacer?

Y desapareció en una vieja tienda de comestibles. Yo pensé: « ¿Por qué tiene que ser

siempre tan misteriosa la vida?»

El río serpenteaba a través de una vegetación maravillosa y unas casas muy caras. Supe

que lo que tenía que hacer y el lugar al que tenía que ir estaban en algún punto aguas

arriba, pero como de costumbre, aparte de eso, no sabía nada más. Arranqué el pequeño

Toyota alquilado y me encaminé río arriba, intentando sentir mi corazón, pero tenía la

sensación de que seguir conduciendo sin saber dónde iba no tenía ningún sentido. Además,

estaba cansado y lo que realmente deseaba era aparcar y dormir. Y eso fue lo que hice:

paré el coche junto al borde de la carretera y cerré los ojos. Me hice sensible a la

vibración del corazón y esperé.

Al cabo de unos treinta o cuarenta minutos, cuando estaba a punto de irme, dos jóvenes

parejas aparecieron entre los árboles vestidos con ropas ceremoniales y con flores en las

manos. Uno de ellos sostenía un puchero de barro. Entraron en un coche y en unos

minutos se fueron.

Por puro instinto salí de mi coche y seguí el camino por el que habían venido. El sendero

me condujo a las profundidades de la arboleda y por fin llegué al borde del mismo río

verde oscuro. Mientras recorría aquella vereda me crucé con más indígenas hawaianos

que venían de regreso. Ninguno de ellos me miró a los ojos ni me saludó. Yo seguí

adelante. Tras recorrer medio kilómetro siguiendo el río encontré el enorme árbol de

mango. La mitad de él estaba sobre la tierra y la otra mitad sobre el agua. En su base se

encontraban unas ofrendas con aspecto ceremonial.

Una muchacha de unos dieciocho años, con un aire puramente hawaiano, estaba sentada

en tranquila meditación. Al principio no reparé en ella, pues estaba casi escondida entre

unos árboles pequeños. Cuando la vi, quedó patente que ella me había visto primero, pero

bajó los ojos como si no supiera que yo estaba allí.

Yo sabía que había penetrado en un lugar sagrado y comencé a tratar a aquel árbol y a

aquel sitio con respeto y honor. Llevaba un pequeño cristal y había cogido algunas flores a

lo largo del camino para imitar a las dos parejas que había visto.

Dejé el cristal y las flores en la base del árbol, me senté un poco alejado de él e intenté

hacerme invisible. Entré en meditación, sintiendo mi corazón. Una bellísima sensación de

alegría me inundó y supe con seguridad que aquél era el lugar que Thoth quería que

encontrara.

En el momento en que sentí aquella certeza, Thoth se apareció en mi visión interior, y me

dijo:

—El cristal guarda tu vibración y debe ser arrojado al río. Antes de que golpee el agua,

date la vuelta y vete, y no mires hacia atrás. Abandona el lugar y regresa a tu coche.

Hice exactamente lo que me había indicado que hiciera. Lancé el cristal al aire allí donde

el mango extendía sus ramas sobre el río, y antes de que golpeara el agua me di la vuelta

y me fui. Seguí caminando sin mirar atrás. No sé si la muchacha seguía allí o si sucedió

algo raro. Sencillamente, obedecí las reglas.

Más hawaianos se me cruzaron en su camino hacia el árbol de mango, pero yo bajé los

ojos y continué caminando hasta que alcancé la carretera; me imaginé que ya había salido

del campo de energía. Y volví en mi coche hasta el mar.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, Thoth vino a mi consciencia y comenzó a

hablar acerca de algo nuevo. Me dijo:

—Ahora debes obtener permiso de la kahuna de la isla para realizar la ceremonia

principal.

Me dio su nombre y me mostró el aspecto que tenía. Era una anciana fornida y de gran

voluntad, según lo que Thoth proyectó sobre mí.

— ¿Y cómo la puedo encontrar?

—Eso forma parte del proceso —me dijo—. Debes hacerlo tú solo. Pero la encontrarás

cuando encuentres este cristal.

Y en ese momento vi, en mi visión interior, un enorme cristal de cuarzo, de metro y

medio de alto y casi uno de ancho. Nunca había visto un cristal tan grande excepto en

fotografías. Thoth me preguntó si podía ver el cristal que me estaba enseñando. Le

contesté que sí. Me dijo que no podía decirme dónde estaba, pues encontrarlo también

formaba parte de mi proceso espiritual. Y me dejó con la siguiente frase:

—Encuentra el cristal y encontrarás a la kahuna. »Y una cosa más —añadió—, el cristal

está cerca del chakra corazón de la isla—y desapareció.

Conduje el coche por toda la zona que había recorrido el día anterior, preguntando a la

gente si había visto un cristal tan grande, pero no conseguí nada. Tras dos días de

búsqueda, decidí que para encontrarlo debía utilizar mis habilidades interiores, aquellas

que había aprendido en Yucatán.

Al día siguiente fui de nuevo al lugar donde estaba el chakra corazón, pero la carretera

era muy larga y tenía muchos desvíos. Me podía llevar toda la eternidad encontrar lo que

estaba buscando.

Así que, tal y como había hecho para encontrar el templo de Kohunlich en Yucatán, dejé

que fuera mi tercer ojo el que condujera. Mantuve la imagen del enorme cristal en mi

mente y seguí circulando por aquella carretera hasta que sentí que debía girar en una

dirección concreta. Continué así durante varios kilómetros, girando donde sentía que

debía hacerlo. Por fin llegué a lo alto de una cadena montañosa, a una zona residencial con

lujosas casas a ambos lados de la carretera. De forma repentina, cuando volví a girar por

otra carretera, me encontré acercándome a un templo hindú. Mi coche decidió girar hacia

el aparcamiento y parar el motor. Es la única manera en que puedo describir cómo llegué

allí: mi coche lo hizo.

Me bajé y caminé hasta una enorme estatua de Ganesh, el dios elefante indio. Tenía

probablemente unos cuatro metros y medio de altura y me pareció que estaba muy bien

hecha. Pero no fue la estatua lo que me atrajo. Fue la sensación de que el cristal estaba

en algún lugar cercano.

Era domingo y se estaba celebrando el servicio en el templo. El aparcamiento estaba

lleno de coches. Decidí entrar en el edificio para ver dónde me llevaba todo aquello.

La gente estaba en mitad de un cántico hindú y el humo del incienso penetró

inmediatamente por todo mi cuerpo. El servicio me resultaba familiar, pues había pasado

muchas noches en la Ram Dass's Hanuman Foundation de Taos (Nuevo México) cantando y

salmodiando durante el darshan. Cerré los ojos y me uní a los cánticos, olvidando durante

un breve lapso de tiempo mi verdadero propósito.

Pareció como si no hubieran pasado más que unos minutos, aunque mi mente sabía que

llevaba allí casi una hora. Al cabo de otros diez minutos, la mayoría de la gente se fue y

aquel trasplantado templo antiguo recuperó rápidamente su silencio habitual.

Por primera vez, ahora que todo el mundo se había marchado, pude ver el altar, y allí

estaba el gigantesco cristal de cuarzo. Era una visión increíble: en lo alto del altar,

resonando su influencia a cada centímetro del templo. No era capaz de imaginar cómo no

lo había sentido al entrar.

Comenzaba a avanzar hacia él para ver lo que me tenía que decir, cuando el sacerdote

que había dirigido el servicio se interpuso en mi camino.

— ¿Puedo ayudarle? —dijo en tono autoritario.

Le miré y pude comprobar que acercarme al cristal estaba totalmente fuera de mis

posibilidades.

Lo que le respondí fue:

—Estoy buscando a una abuela kahuna. Se llama... —y pronuncié su nombre—. ¿Sabe

dónde puedo encontrarla?

Sonrió y dijo:

—No hace falta que busques muy lejos. Date la vuelta.

Volví la cabeza y justo detrás de mí estaba la verdadera imagen que Thoth me había

mostrado dos días antes. Su sonrisa y su genuino afecto evaporaron cualquier

preocupación que pudiera estar imponiéndome a mí mismo acerca de ella.

—Abuela —le dije—, la he estado buscando. ¿Podemos hablar?

— ¿Qué es lo que quieres de mí?

Exhalé un suspiro de alivio y le conté todo. Le hablé de Thoth, de la ceremonia que debía

celebrarse en su isla y cómo necesitaba su permiso antes de continuar.

—Abuela, ¿puedo contar con su permiso para llevar a cabo esta ceremonia?

Tomó mi mano con mucho amor, y dijo:

—Drunvalo, tienes mi permiso, pero eso no es suficiente para una cosa tan importante.

Ahora debes obtener el del espíritu de esta isla —me dijo el nombre del espíritu, y

explicó—: Tienes que encontrarle tú solo y pedírselo. Que el Espíritu te bendiga a ti y a

lo que haces.

Me dio un gran abrazo y se inclinó frente a mí a la manera hindú, mientras me decía:

—Namaste.

Le devolví la reverencia y me fui.

Sentado en mi coche, me sentía al mismo tiempo contento por haber conseguido

encontrarla y haber obtenido su permiso, y defraudado porque aparentemente no había

conseguido acercarme más a mi objetivo. Todavía tenía que conseguir otra autorización.

Cerré los ojos y entré en meditación para recibir asistencia. Thoth apareció de

inmediato, y sonrió:

—Estás más cerca de lo que crees, Drunvalo. ¿No te das cuenta de que la vida ya ha

tenido lugar? La idea del fracaso o de tener que realizar más trabajos es sólo la parte de

tu sueño que sigue creyendo en la separación.

—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. ¿Qué es lo que viene ahora?

Thoth, con su estilo pausado, contestó:

—Toma la carretera a Hanalei y continúa después de pasar el pueblo hasta que se

termine. Aparca el coche y espera mis instrucciones.

Mientras conducía bordeando la costa, comencé a recordar todo lo que me había pasado

en los últimos meses. Parecía que el tiempo transcurría demasiado deprisa, casi fuera de

control. Por otro lado, era mucho lo que se estaba consiguiendo.

Aquel Thoth se había convertido en un elemento fundamental del trabajo que yo estaba

llevando a cabo. Los ángeles eran la principal luz de guía dentro de mí, la verdadera

fuente de mis decisiones espirituales, pero me habían dejado claro que lo que debía hacer

en aquel momento era escuchar a Thoth. En aquel entonces lo ignoraba, pero no iba a

pasar mucho tiempo antes de que concluyera mi trabajo con Thoth.

En aquel momento estaba atravesando Hanalei, que se encuentra situado en el extremo

norte de la carretera con forma de herradura. No es posible continuar en coche mucho

más allá. Es como una casa en un callejón sin salida, y me di cuenta una vez más de lo

mucho que quiero a este pueblo. La zona es asombrosamente bonita, el estilo de vida muy

abierto y libre, y las personas reflejan el entorno en el que viven. Mi corazón siempre

late un poco más fácilmente cuando estoy allí.

Llegué al final de la carretera y paré en un lugar donde sabía que mi coche no podía

estorbar. No sabía cuánto tiempo iba a durar mi viaje. Cerré los ojos y esperé a que

apareciera Thoth.

Como de costumbre, no me falló.

—Drunvalo —me dijo—, aquí están tus instrucciones. Quítate toda la ropa, incluidos los

zapatos, y enróllate el chal blanco que tienes en el maletero alrededor de las caderas.

Lleva sólo el bolso medicinal que usas siempre.

Este bolso medicinal era algo que llevaba conmigo desde hacía muchos años. Contenía

objetos de poder que uso en las ceremonias, tales como cristales, piedras, maíz con

poderes, salvia y cedro para purificar y trozos de plumas.

—Cuando entres en el camino hacia las montañas, estarás empezando la ceremonia —dijo

Thoth—. No te preocupes por el permiso del espíritu de la isla, pues él forma parte de

esta ceremonia y ya nos lo ha otorgado. Recuerda que debes respirar y permanecer en tu

corazón.

»Debes buscar una cascada que se divide en dos partes iguales a mitad de la caída.

Cuando encuentres ese lugar, colócate de pie exactamente delante de ella y gírate ciento

ochenta grados. Mira frente a ti y verás una gran roca plana. Ahí es donde te recibirá el

espíritu de la isla y donde comenzará la ceremonia. Te queremos y te damos las gracias

por anticipado por el trabajo que haces en favor de este planeta.

Con esta frase, Thoth desapareció. Abrí el maletero y encontré el chai blanco. El bolso

medicinal colgaba de mi cuello. Me quité la ropa, me enrollé el chai alrededor de la cintura

y agarré el bolso medicinal en unos segundos. Cerré los ojos y allí estaban los ángeles.

Sonrieron.

—Te queremos —me dijeron.

Crucé la calle hasta el camino donde iba a empezar la ceremonia, según me había dicho

Thoth. Allí, en la cabecera del sendero, pude ver una gran señal de peligro. En la parte

superior se veía el dibujo de la calavera y las tibias entrecruzadas, y la señal decía: «No

caminen por esta zona sin botas de goma hasta las rodillas; en el agua hay una bacteria

que resulta mortal si entra en contacto con la piel. No toquen el agua».

Bueno, allí estaba yo, comenzando mi viaje y la ceremonia, casi desnudo y descalzo, y esa

señal intentando inmediatamente meterme el miedo en el cuerpo y en la mente. Thoth no

esperó a que cerrara los ojos. Sencillamente apareció fuera de mí, y dijo:

—Drunvalo, esto es una prueba. Debes confiar en quien eres y en tu conexión con el

universo y el Creador. Céntrate en tu corazón y sigue adelante. No te preocupes, no

sufrirás ningún daño.

Respiré hondo e hice exactamente lo que me había dicho. Todas mis preocupaciones

abandonaron mi cuerpo y supe que estaba completamente protegido. Sin sentir miedo

alguno y lleno de emoción comencé aquel viaje sagrado hacia las bellas y abruptas

montañas.

Al principio el camino era fácil, pues me encontraba al nivel del mar y cerca de la

carretera. Pero a medida que iba pasando el tiempo comencé a subir cada vez más alto,

más lejos del nivel del océano, y a adentrarme más en las montañas selváticas, que

parecían un paisaje de millones de años atrás. Si hubiera visto un dinosaurio, no me habría

sorprendido. Había agua por todas partes: chorreando por las rocas, corriendo por el

camino, fluyendo por los riachuelos. Yo estaba empapado. Incluso los árboles de la selva

goteaban. Cada cien metros más o menos pasaba junto a alguna cascada espectacular, que

me quitaba la respiración. Evidentemente estaba esperando ver la que se dividía en dos.

En un momento dado hice un alto en uno de los raros claros en los que podía ver a través

de la selva hacia el océano, a mis pies. Me asombré de lo mucho que había ascendido. La

sensación de belleza, los sonidos de las eternas cascadas, los pájaros exóticos que

volaban por todas partes, las flores y plantas increíblemente bellas, todo me hacía sentir

que no podía estar sobre la Tierra. Tenía que tratarse de un planeta en el que la vida

estaba empezando y no había sido aún perturbada.

Thoth me había dicho una cosa más que no he mencionado, algo que probablemente

debería decirte ahora. Kauai era el punto geográfico de la Tierra en el que se había

conservado la memoria del planeta durante los últimos trece mil años. Sí. Hay un Registro

Akáshico almacenado en la atmósfera, además de en el cuerpo humano; pero la memoria

de la Tierra también está guardada, de forma intencional y literalmente, en cada uno de

cristales colocados junto a la costa frente al lugar exacto en el que me encontraba. No

estoy seguro de por qué se hace eso; Thoth nunca me lo explicó.

Había trece cristales en total, pero uno de ellos era el auténtico banco de memoria. Los

cristales estaban colocados según el patrón del cubo de Metatrón: uno en el centro de la

isla, seis a su alrededor y en la isla y otros seis más en el agua, alejados de la costa y

rodeando los seis interiores. Este sistema fue usado por otros pueblos en el pasado

lejano. Sabemos que los lemurianos y los atlantes utilizaban esta misma disposición de

cristales y con el mismo propósito, sin cambiarlos. Pero según el recuerdo de Thoth, el

sistema es mucho, mucho más antiguo que cualquiera de esas dos culturas. Quién lo creó,

ni siquiera Thoth lo sabe.

El que estaba en el agua debajo del lugar donde yo me encontraba pertenecía a un tipo

de piedra denominado «cristal esquelético», cuya apariencia le da un aspecto espacial. De

hecho, éste sí procedía del espacio. Tenía unos sesenta centímetros de largo, treinta de

diámetro y era de doble punta; es decir, ambos extremos terminaban en punta.

Los cristales esqueléticos son muy raros, y si nunca has visto ninguno son difíciles de

describir. Son cristales de cuarzo, pero no se parecen nada al cuarzo normal. Lo raro de

los cristales esqueléticos es que sus superficies están recubiertas de «tubos» de cuarzo.

Es como si alguien hubiera pegado tubos redondos de medio centímetro de diámetro por

toda la superficie, siguiendo un patrón aleatorio. En el mundo que yo conozco, no hay nada

parecido a ellos. Pueden almacenar una cantidad infinita de datos dentro de sí mismos y

en el espacio que los rodea.

Fue esta característica la que hizo que se eligiera este cristal para almacenar la

memoria del planeta y de todo lo que vive y sucede sobre él. En otras palabras, son los

Registros Akásicos de la Tierra descargados en el diminuto espacio de un cristal. La

explicación de la importancia de todo esto supondría otro relato, y como ya he dicho, en

realidad no lo entiendo.

Me volví y seguí ascendiendo camino arriba, buscando la cascada especial, y al cabo de

unos cinco minutos apareció. Permanecí de pie junto a su base durante al menos diez

minutos. Era imponente. El agua caía unos sesenta metros antes de chocar contra una

enorme roca que sobresalía de la falda de la montaña y partía el agua en dos.

Era una vista realmente espectacular. En parte, estaba también descansando de la

subida. Sabía que pronto tendría que ponerme a trabajar.

Cuando sentí que había llegado el momento oportuno, me giré ciento ochenta grados y me

coloqué de cara al océano. Tal y como Thoth me había dicho, justo frente a mí había una

gran roca plana, ligeramente elevada sobre la superficie de la montaña, desde la que se

divisaba una fantástica vista del profundo océano azul que se extendía hasta el

horizonte, lo que hacía de ella un sitio perfecto para celebrar una ceremonia. Supe con

seguridad que estaba en el lugar correcto.

Como no sabía lo que iba a suceder, procedí según lo que me habían enseñado los taos

pueblo de Nuevo México. Abrí mi bolso medicinal y coloqué cuatro cristales de cuarzo,

uno en cada una de las cuatro direcciones, formando un cuadrado de unos sesenta

centímetros de lado. En el centro coloqué un cristal especial denominado diamante

Herkimer, un cristal de doble terminación y de excepcional transparencia que afecta al

mundo de los sueños de un modo positivo, lo que constituye su uso fundamental.

Recé a cada una de las cuatro direcciones para consagrar la ceremonia y pidiendo

protección para no ser molestado de ningún modo. Utilicé maíz y tabaco, según manda mi

tradición, y coloqué esas sustancias sobre cada uno de los cristales en cada una de las

direcciones. También recé a las direcciones bajo el cristal central y sobre él, así como al

centro en sí mismo: las siete direcciones. Formé un círculo conectando los cuatro

cristales de las cuatro direcciones con muchos cristales más pequeños y piedras de

diferentes tipos que creí necesarios, dibujando una rueda. Dentro de ella hice una cruz

con piedras del lugar conectando el cristal central con el borde.

Cuando la ceremonia estuvo preparada, cerré los ojos y entré en profunda meditación,

esperando al espíritu de la isla. Sabía que eso era lo primero que debía ocurrir, pero no

tenía ni idea de cómo iba a suceder. Todo lo que podía hacer era cumplir lo que Thoth me

había pedido: permanecer en mi corazón y estar abierto.

Seguí meditando durante una media hora y nada ocurrió. Estaba empezando a sentirme

ligeramente preocupado por aquella tardanza; no obstante, sabía que debía tener

paciencia y continuar, aunque la espera durara todo el día.

Otros quince minutos pasaron sin que nada sucediera en mi interior. Entonces escuché un

ruido. Abrí un ojo y allí, sobre la piedra, había un diminuto ratón blanco, paseándose,

oliendo el maíz y revisándolo todo. Era tan gracioso que no vi motivo para molestarle y le

dejé que siguiera haciendo lo que quisiera.

Estaba a punto de volver a cerrar el ojo cuando el ratoncito pasó al cristal central, el

Herkimer. Colocó sus patitas delanteras sobre él, se volvió y clavó su mirada en mi ojo

abierto. Me miraba fijamente. Abrí los dos ojos. El ratón permaneció inmóvil durante un

minuto. Estábamos mirándonos mutuamente. El tiempo se detuvo y luego se expandió. Y

de repente sucedió.

No recuerdo haber cerrado los ojos, pero necesariamente tuve que haberlo hecho. De

repente, el ratoncito creció hasta convertirse en un hombre gigante de más de cuatro

metros de altura. Tenía aspecto polinesio, con la piel marrón oscuro, el pelo negro y los

ojos marrones. Le envolvían vibraciones de guerrero y su cuerpo era poderoso y

musculado.

Su mirada me penetró, y con voz profunda me dijo:

—Soy el espíritu de la isla y te invito a esta ceremonia.

Retrocedió, y al hacerlo el espacio se expandió para formar un círculo de casi cien

metros de diámetro. Allí, de pie junto al borde exterior del círculo y al lado del enorme

espíritu, estaba Thoth con otros tres hombres que yo no conocía (aunque mi

conocimiento interior me dijo que formaban parte de los Maestros Ascendidos, y todos

tenían aspecto polinesio) y una mujer, que supongo estaba asonada a la Atlántida.

En el centro del círculo se encontraba un hombre cuyo nombre no puedo decir porque no

me lo permiten. Era la persona que la Tierra había elegido para ser el varón que iba a

proteger a la humanidad durante el último ciclo de trece mil años. Cuando le vi, supe con

exactitud cuál era el propósito de aquella ceremonia.

Se trataba de la ceremonia tetradimensional que se realiza cada doce mil novecientos

veinte años para entregar el poder y la responsabilidad de una energía a otra, en este

caso del varón a la mujer. En la Tierra todo tiene lugar primero en la cuarta dimensión, y

luego se filtra hasta esta tercera dimensión, que todos conocemos.

Lo que aquello significó para mí al instante fue que, después de esa ceremonia, algún día

se celebraría otra tridimensional para cristalizar esas energías en nuestro mundo

habitual. Cuando esta segunda ceremonia tuviera lugar, la energía femenina conduciría a

la humanidad hacia la luz durante los próximos doce mil novecientos veinte años.

Una sensación de humildad me embargó. Comprendí entonces la importancia de la

ceremonia y por qué Thoth me había pedido que dejara todo lo demás para hacer este

viaje.

El hombre del centro del círculo estaba de rodillas, de cara a mi derecha. En sus brazos

sostenía el cristal esquelético que guarda la memoria de la última mitad del Gran Ciclo (en

realidad, hasta el comienzo de los tiempos en la Tierra).

Comenzó a hablar. Habló de su experiencia durante la última mitad del ciclo y de lo

agradecido que se sentía de que nosotros, la humanidad, hubiéramos alcanzado este punto

de tiempo/espacio/ dimensión sin demasiados problemas. Pude sentir que estaba

terriblemente emocionado y conteniendo lágrimas de alivio por lo que estaba a punto de

suceder.

En el instante siguiente, una hermosa joven entró en el círculo desde la derecha, la

dirección hacia la que miraba el hombre, y caminó hacia el centro, donde se arrodilló

frente a él, inclinándose con gran reverencia. Mantuvo la inclinación durante medio minuto

y luego se enderezó con los ojos cerrados y de cara a él.

Abrió los ojos y fijó su mirada en los ojos del hombre, pero no dijo nada. El comenzó a

hablar:

—Se me ha otorgado la responsabilidad de proteger y guiar a la humanidad durante la

última mitad del Gran Ciclo. Ahora tú has sido elegida para protegernos y guiarnos en la

próxima mitad de este ciclo. Este cristal es la herramienta que necesitarás para unir las

dos partes del ciclo y llevar a cabo tu trabajo. Al entregártelo, mi trabajo queda

terminado y completo, y comienza el tuyo. ¿Aceptas esta sagrada responsabilidad?

Ella bajó los ojos, apartándolos de los de él, y comenzó a hablar con voz suave y fluida:

—Muchas gracias por todo lo que has hecho. Eres un gran hombre. Sí, acepto esta

responsabilidad con mi vida. Lo haré lo mejor que pueda.

Tras aquellas sencillas palabras, quedó en silencio.

El hizo una breve pausa y luego levantó el enorme cristal, lo colocó en el suelo frente a

ella y volvió a su sitio.

—Ahora tienes plenos poderes para seguir a tu corazón y tomar las decisiones que

deberán guiar el curso de la historia humana —dijo.

Los allí presentes estábamos siendo testigos del cambio de guardia más importante en

varios miles de años. No había nada que decir. Era perfecto.

La muchacha se levantó, se inclinó ante nosotros y se volvió para irse. El cristal se elevó

del suelo y flotó tras ella, siguiéndola como un perrito. Ambos desaparecieron en otro

reino de la existencia.

Lo que pasó cuando ella se fue resultó visible para mí. Pude verla entrando en su barco

con el cristal y volando de regreso a su hogar en Perú. Inmediatamente se dirigió a un

lugar entre la isla del Sol y la isla de la Luna, en el lago Titicaca, donde voló al fondo del

lago. Allí plantó el cristal en las profundidades de la Tierra. Luego voló de vuelta a la

atmósfera sobre el lago y esperó.

Poco tiempo después, un brillante rayo de luz violeta salió despedido del lago hacia el

cielo y los recuerdos antiguos quedaron conectados y comprometidos con el presente. Era

el comienzo de una nueva era de luz y hermandad para la raza humana.

Una nota adicional. Para aquellos de vosotros que hayáis leído mis dos primeros libros y

conozcáis la historia de la mujer que elevó la antigua nave espacial desde debajo de la

Esfinge de Egipto, se trata de la misma persona. En aquel entonces tenía veintitrés años

y vivía en Perú, y así sigue siendo en la actualidad. Ahora es la persona más importante

del mundo. Pero no se puede dar su nombre, pues su trabajo debe mantenerse secreto

por su misma naturaleza. Sabrás más de ella a lo largo de este libro cuando hable del

viaje a Perú.

Cuando los antiguos recuerdos inundaron el subconsciente humano al término de esta,

ceremonia, se inició un nuevo sueño humano, un sueño que, según cree la consciencia

humana superior, conducirá en el futuro a la Tierra hacia una época de paz, belleza y

superevolución.

Pero nadie sabía lo que acababa de ocurrir en aquella ceremonia, a excepción de unas

pocas almas avanzadas, pues el sueño era una semilla profundamente incrustada en la

oscuridad, plantada literalmente en una dimensión superior de la consciencia de la Tierra

y que no iba a brotar a la luz de este mundo hasta el cambio de siglo. No se podía hacer

más que esperar.

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