LOS ANASAZIS Y LA RUEDA MEDICINAL DE UN NUEVO SUEÑO
La Serpiente de Luz y los ciclos del tiempo crean un nuevo sueño
Al cabo de doce mil novecientos veinte años, el ciclo se completa cuando el cambio en la
precesión de los equinoccios se acerca a la constelación de Acuario y comienza un nuevo
movimiento. Tíbet e India han cumplido su propósito de iluminar al mundo con gran
integridad, y la Serpiente de Luz está acurrucada en su nuevo hogar en las alturas de los
Andes del norte de Chile, rodeada por Perú, Bolivia, Argentina y el océano Pacífico. Su
fuerza crece día a día a través de su conexión con el centro de la Tierra, y la humanidad
está a punto de recibir una inmensa sorpresa. Un nuevo ciclo de luz está en proceso de
revelarse al mundo, justo en el momento en que parece que la oscuridad está
imponiéndose en el alma humana. Decir «gracia sorprendente» es quedarse corto.
Los acontecimientos relatados en este capítulo tuvieron lugar en 2003, y el momento al
que han hecho referencia tantos libros, la fecha del 21 de diciembre de 2012, se está
acercando con rapidez. Los que están en el conocimiento se preguntan, desde lo más
profundo de su corazón, qué va a suceder. ¿Cómo cambiaremos los seres humanos y la
Tierra? ¿Conseguiremos llegar a esa fecha antes de que el entorno o los políticos de este
loco mundo dicten nuestra desaparición? Son demasiadas las preguntas que han inundado
nuestra consciencia, creando un enorme estrés en nuestras vidas.
Para que lo sepas, los niveles más elevados de consciencia pusieron a la Serpiente de Luz
en este mundo para responder a nuestras preguntas acerca de la supervivencia, la
regeneración y la ascensión. Estaremos bien. De hecho, estaremos mejor que ahora. Por
favor, no te preocupes y confía en la Vida, pues es perfecta. Existe un ADN cósmico que
está desplegando los acontecimientos del mundo tal y como la Consciencia Única lo soñó
originalmente. Esta realidad se aclara a medida que tus ojos se vuelven uno solo cuando
pasas de la dualidad a la Conciencia de Unidad, cuando entras en el corazón de la
Serpiente de Luz.
La Serpiente se enrosca en su nuevo hogar
y nosotros respondemos
Era una mañana de lunes de 2003 y la luz del sol naciente entraba casi
imperceptiblemente por la ventana de mi dormitorio, iluminando el paisaje de mis sueños
interiores. En unos instantes alcanzaría mis ojos físicos y yo respondería, pero por el
momento estaba tan profundamente inmerso en mi meditación que casi no percibí que mi
habitación estaba comenzando a revelarse como si la iluminara con un interruptor que
atenuara la luz. Los ángeles llevaban casi una hora instruyéndome y yo había olvidado que
todavía me encontraba en la Tierra, dentro de un cuerpo humano. Me estaban diciendo
que se me pedía que sirviera a la Madre, para lo cual iba a tener que moverme por todo el
mundo y celebrar ceremonias con las tribus indígenas y para ellas, unas ceremonias
necesarias para las energías que estaban llegando. Me informaron de que había que hacer
aún más cosas para asistir al cambio de poder del varón a la mujer. Eran conscientes de
que yo no era capaz de comprender plenamente la extensión de lo que hablaban, pero
también sabían que confiaba en ellos. Siempre lo he hecho. Los dos ángeles se me han
estado apareciendo desde 1971 y yo sabía que, siempre que lo hacían, era por alguna
razón. Por regla general solían ser muy concretos.
Pero esta vez era diferente. Todo aquello de lo que hablaban parecía estar envuelto en
un velo. Hablaban acerca de determinados pueblos indígenas y lo importantes que eran
para la supervivencia humana. Estos pueblos guardaban recuerdos, conocimientos y
sabiduría, y sin esa experiencia y esos conocimientos la humanidad actual nunca sería
capaz de llevar a cabo la transición a través del gran abismo, que se estaba acercando a
gran velocidad.
Les pregunté de qué tribus estaban hablando, y me contestaron que, de momento, los
anasazis, los mayas, los incas y los zulúes eran los más importantes, pero que en su
momento vendrían otros, tal y como habían hecho en el pasado.
— ¿Y cómo debo empezar a prestar servicio? —pregunté. Me miraron como si les
estuviera tomando el pelo, y respondieron:
—Permanece en tu corazón, Drunvalo, y sabrás lo que debes hacer. En los viajes que
estás a punto de emprender, la Madre Tierra será tu guía. Escúchala. Ella dirigirá cada
uno de los pasos de tu caminar.
El sol naciente alcanzó mis ojos y me sacó de repente de mi meditación. En mi interior
fue como una explosión de luz vibrante, roja y dorada. Antes de que supiera lo que estaba
sucediendo, estaba de vuelta en mi cuerpo y era por la mañana. Me quedé sentado,
preguntándome a mí mismo qué sería lo que querrían decirme los ángeles, pero luego
pensé que lo mejor que podía hacer era comenzar mi día. Seguro que a su momento todo
quedaría claro.
Mi asistente, Diane Cooper, que lleva años ayudándome con los asuntos de negocios, me
llamó al cabo de un rato. Me sugirió que organizáramos un viaje a la región de las Cuatro
Esquinas de Estados Unidos, allí donde se juntan Atizona, Utah, Colorado y Nuevo
México, y que lleváramos allí a un grupo de personas procedentes de todo el mundo. Me
preguntó si aquello me podía interesar.
Llevar a otras personas de viaje alrededor del mundo es algo que no suelo hacer, pues la
mayor parte de mi tiempo lo dedico a enseñar y a escribir libros sobre meditación y
consciencia superior. —Esa es la región de los antiguos anasazis, ¿verdad? —pregunté.
—Drunvalo —me dijo—, tú sabes perfectamente que es allí donde vivían.
Supongo que se lo pregunté para poder escuchar la respuesta. Desde luego que sabía que
los anasazis habían vivido allí, pero me sorprendió escuchar el nombre de esa tribu poco
tiempo después de que los ángeles me dijeran que ellos eran los primeros a los que debía
ofrecer una ceremonia. Le contesté que tenía que pensármelo y que ya le respondería.
Habían pasado muchos años desde mis viajes a Yucatán y Guatemala, la isla de Moorea y
Kauai, y creía que mi trabajo en esos niveles relacionados con el cambio de poder del
varón a la mujer había concluido. Con sesenta y dos años cumplidos, había pensado dejar
todo lo relativo a ese tipo de trabajo, no porque estuviera cansado, sino porque sentía
que mi objetivo con la Tierra estaba cumplido. En mi interior me sentía contento. Pero la
Vida tenía más planes para mí, ¿y quién soy yo para discutir con Ella?
La Red de Conciencia de Unidad había quedado terminada hacia 1989 y 1990, y yo creía
sinceramente que no quedaba más que esperar hasta que el proceso de ascensión
planetaria comenzara a acelerarse. Pero como ahora entendía a través de los ángeles,
había bloqueos inusuales en la red que estaban retrasando el flujo natural de energía de
su interior y que debían ser eliminados o equilibrados para que las mujeres pudieran
utilizar eficazmente el poder que les había sido entregado. Esos bloqueos procedían de
decisiones y actos de determinadas culturas humanas que vivieron mucho tiempo atrás.
Diane y yo organizamos un viaje al suroeste, que denominamos «Viaje a los antiguos
anasazis», e invitamos a cualquier persona procedente de cualquier parte del planeta que
deseara unirse a nosotros. Mis libros se habían traducido a idiomas de todo el mundo y se
leían en al menos cien países, por lo que sabía que sería un grupo realmente internacional.
Limitaríamos el número de asistentes a la capacidad de un único autobús y un camión, que
iría detrás con el avituallamiento. Al final, cerramos la inscripción con cincuenta y seis
personas (sin incluir a nuestro grupo de apoyo, formado por otras cinco personas y yo)
procedentes de veintidós países.
El viaje fue completamente distinto de los íntimos y sagrados que había realizado
anteriormente solo o con algún amigo cercano. Esta vez éramos sesenta y una personas
procedentes de culturas de todo el planeta. A algunos no los conocía, pero evidentemente
estaba a punto de hacerlo. Había quien no hablaba inglés, pero así tenía que ser. Se
trataba de un trabajo espiritual a un nivel que debía hacerse con muchas almas
cooperando, trabajando realmente como una sola.
Lo que es más, creo que en realidad habíamos tomado la decisión de juntarnos para llevar
a cabo este trabajo muchísimo tiempo atrás. Creemos que el tiempo es lineal, pero en
realidad es esférico. El futuro ya ha sucedido. Probablemente, por mucho que te lo
explicara en este momento, no conseguiría que lo entendieras. Sólo la experiencia directa
sirve para ello, y esa experiencia te cambia para siempre cuando descubres la realidad
del tiempo.
Todo el mundo se congregó en Sedona (Arizona), un lugar de rojas montañas rocosas y
con una de las energías espirituales más elevadas del planeta. A pesar de ser un pueblo
pequeño (sólo unas diez mil personas viven en él), su población aumenta hasta las veinte
mil a causa de los cinco millones de turistas que acuden cada año para sentir la gran
energía que sale de la Tierra y entra en contacto directo con el alma. Incluso las
personas materialistas y no creyentes, para quienes la política y los mercados de valores
son las claves secretas de la Vida, la sienten. Sencillamente, con aparcar el brillante
Mercedes negro al borde de la carretera y adentrarse en los vórtices del pasado infinito,
cualquiera puede comprobarlo.
Las razones para organizar este viaje eran complejas y se entrelazaban entre sí. En
primer lugar, estaba el propósito de ayudar a los anasazis, de quienes me habían hablado
los ángeles. Había que devolverlos a este mundo para que la segunda razón pudiera
cumplirse; es decir, el desbloqueo de la red asociado con esa antigua cultura.
Había también otro motivo, relacionado con el tiempo. Puede que esto suene poco
importante, pero el tiempo es una parte del problema asociada con la razón por la cual los
anasazis tuvieron que dejar este mundo. Y el tiempo era la clave para liberar el campo de
energía que mantenía a los anasazis escondidos dentro de los mundos interiores de la
Tierra. Déjame que te lo explique.
Los nativos americanos creen que en este momento nos encontramos en el Cuarto Mundo,
y que pronto todos nos iremos de aquí hacia el Quinto Mundo. Creen que han estado en
otros tres antes de llegar a éste, en el que ahora vivimos todos juntos. Creen que los
otros tres mundos están, literalmente, dentro de la Tierra, y que cuando vinieron desde
el Tercer Mundo realmente salieron del interior de la Tierra hasta la superficie, que es lo
que ellos denominan Cuarto Mundo.
Los ancestros de la región de las Cuatro Esquinas de Estados Unidos fueron un grupo de
gente que desapareció hace muchos años, un pueblo al que ahora llamamos los anasazis. El
término anasazi quiere decir «los antiguos», pero para algunas personas también significa
«el enemigo antiguo». Da la impresión de que los anasazis desaparecieron en un solo día.
La comida y los cacharros de barro se quedaron sobre las mesas. Todo está como si
sencillamente hubiesen decidido salir a dar una vuelta para luego volver. Es como si se
hubieran levantado y todos juntos, en masa, se hubieran volatilizado.
¿Por qué iban a hacer una cosa así? ¿Dónde fueron?
En los últimos años se ha descubierto que, en las etapas finales de la cultura anasazi, la
corriente del océano Atlántico se ralentizó, tal y como está haciendo en la actualidad, y
ese cambio hizo que la región de las Cuatro Esquinas sufriera una sequía extrema, como la
que tiene hoy en día y por la misma razón. Pero para los anasazis, la lluvia desapareció
completamente durante cuarenta y seis años, lo que hizo que todos los lagos, ríos y
reservas subterráneas de agua se secaran. No les quedó elección. Tenían que irse o morir.
Por si fuera poco, se veían amenazados por los conquistadores españoles, que intentaban
eliminarlos. Fue demasiado para los anasazis y tomaron medidas desesperadas.
Muchos de ellos decidieron regresar al Tercer Mundo, dentro de la Tierra, pensando que
eso les salvaría, pero no fueron capaces de comprender cómo aquello iba a afectar a su
futura evolución o a la evolución del mundo.
Así que los Antiguos entraron en sus salas subterráneas de oración, sus kivas, donde
siempre había un sipapu simbólico. Un sipapu era la abertura que se dejaba en la
superficie cuando los Antiguos salían de la Tierra procedentes del Tercer Mundo. Los
anasazis (aunque no todos), utilizando un conocimiento especial, volvieron al interior de la
Tierra, al Tercer Mundo, donde creían que estarían seguros.
Pero tal y como íbamos a aprender en aquel viaje, no todo era tan fácil. Ahora que sus
espíritus estaban conectados con la superficie exterior del Cuarto Mundo, su vida en el
Tercer Mundo se convirtió pronto en un infierno. Muy lentamente se dieron cuenta de
que se habían equivocado al intentar retroceder en la evolución. También comprendieron
que no podían hacer nada contra ello, no hasta que su profecía (su sueño colectivo)
pudiese cumplirse. Y nuestro grupo era aquella profecía que llevaban cientos de años
esperando.
Aquella elección que habían hecho los anasazis hace más de setecientos años debía ser
corregida antes de que las mujeres pudieran tomar el poder. Y tal y como me habían
dicho los ángeles, no eran sólo los anasazis los que estaban produciendo perturbaciones
en la Red de Conciencia de Unidad; había otras antiguas culturas indígenas que estaban
haciendo lo mismo.
Así pues, nuestro grupo estaba encargado de la triple tarea de crear un medio por el
cual los anasazis pudieran volver a este mundo, el Cuarto Mundo; de cambiar los patrones
del clima en la región de la Cuatro Esquinas y, mediante las dos primeras, de realizar
determinadas ceremonias que eliminaran unos bloqueos específicos en la Red de
Conciencia de Unidad para preparar a la mujer para que pudiera usar su nuevo poder. Y
todo eso se iba a conseguir mediante la «magia» ceremonial, o llámalo ciencia, si eso es lo
que entiendes y prefieres.
En 2002, mi mundo, Arizona, había sufrido la peor sequía de los últimos cien años
producida por el calentamiento global y la ralentización de la corriente del océano
Atlántico. Los incendios estaban quemándolo todo. La revista Time sugería, basándose en
la evidencia que había conseguido, que aquella sequía iba a durar otros ciento cincuenta
años. Nuestro grupo debía cambiar esa predicción, poniendo fin a la sequía o, al menos,
alterándola. Nosotros creíamos que ese patrón climático estaba en realidad conectado
con la consciencia humana y el antiguo pueblo llamado anasazi.
Para poder guiar a aquel grupo a través del difícil terreno multicultural, hice lo que los
ángeles me habían pedido. Comencé a meditar con la Madre Tierra todos los días,
pidiéndole que nos guiara. La amo profundamente y puedo sentir su amor hacia mí. Ella
comenzó a instruirme acerca del modo en que debía manejar cada una de nuestras
acciones.
Los Maestros Ascendidos, a través de Thoth, me habían ayudado en los primeros niveles
de mi recuerdo, pero este viaje requería que mi guía llegase de unos niveles cósmicos que
sobrepasaban a la Gran Hermandad Blanca. Ahora iban a dirigirme el espíritu vivo de la
Tierra, la Madre Tierra, y, por supuesto, mis queridos ángeles.
Thoth había sido uno de mis guías principales a lo largo de diez años, pero a mediados de
la década de los noventa, tanto él como la mayoría de los Maestros Ascendidos
abandonaron la Tierra para realizar el viaje al futuro que todos haremos algún día.
Cuando regresó tras el cambio de milenio, se me apareció para hacerme saber que estaba
de vuelta, pero que nuestra relación mutua había concluido. Había llegado el tiempo de
una nueva forma de guía, una que está dentro de cada uno de nosotros: la guía de nuestra
propia Madre Divina.
La primera rueda medicinal
En aquel entonces yo vivía en Payson (Arizona), y los incendios rodeaban mi pueblo. El
mayor en toda la historia de Arizona ardía fuera de control a sólo veinticuatro kilómetros
de mi casa. La Madre Tierra nos había dicho a mí y a mi familia que hiciéramos una rueda
medicinal en nuestras tierras y que rezáramos pidiendo la lluvia.
Lo hicimos de un modo sagrado, hablando a cada piedra, viéndola como si estuviese viva, y
al final la Madre Tierra habló a través de mí a toda mi familia y nos dijo que llovería en
dos días.
Al día siguiente, el aire se llenó de humedad. Los titulares de los periódicos de la zona
hablaron de «día milagroso», porque la humedad se dirigió directamente hacia los
incendios. La lluvia tornó el humo negro en blanco y permitió a los bomberos hacerse con
el cinco por ciento de aquel gigantesco incendio descontrolado. Era el comienzo del fin de
aquel fuego.
Al otro día comenzó a llover ligeramente, pero sólo en la zona que rodeaba Payson.
Lentamente, día tras día, empezó a llover más y más hasta que el área de Payson quedó
empapada y los fuegos se extinguieron. La rueda medicinal estaba funcionando, pero por
desgracia sólo cerca de mi casa. Los incendios seguían por el resto de la región de las
Cuatro Esquinas, por lo que el problema no estaba solucionado. Pero aquella rueda
medicinal era importantísima, ya que había comenzado la sanacion que debería ser
completada por nuestro grupo internacional y los talentos especiales que iba a aportar a
esta región nativa desde todas las partes del mundo.
La Madre Tierra quería que yo fuera a los cuatro estados de las Cuatro Esquinas:
Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, y celebrara una ceremonia para sanar la
relación entre los Antiguos y los Modernos, todos los seres humanos que viven en la
actualidad. Al hacerlo, el mundo exterior y el interior se equilibrarían y,
simultáneamente, un bloqueo existente en una porción de la Red de Conciencia de Unidad
desaparecería.
Los anasazis
Los anasazis vivieron desde los tiempos de Cristo hasta alrededor del año 1300 d.C.,
cuando la corriente del Atlántico comenzó a ralentizarse (históricamente, la Pequeña
Edad del Hielo comenzó en 1300 y duró hasta 1850), y su área de influencia se centró
fundamentalmente en las Cuatro Esquinas. Construyeron edificios, y en la localización y
emplazamiento de sus lugares sagrados se transluce una increíble ciencia, así como en el
uso que hicieron de los dibujos geométricos sagrados. Su historia, recientemente
descubierta, ha sido contada en un documental, narrado por Robert Redford, titulado
The Mystery of Chaco Canyon, que describe cómo los anasazis funcionaban
científicamente en un nivel similar al de los antiguos egipcios.
Los anasazis no eran unos bárbaros; eran gente civilizada que entendían una realidad que
a nosotros nos parecería ciencia ficción. Los otros mundos, las otras dimensiones, eran
para ellos una realidad y sabían cómo moverse entre ellos (al menos hasta un cierto
grado).
Para ser claro, el Tercer Mundo es un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, en
el que estaban atrapados. Los anasazis intentaron pasar a la cuarta dimensión, pero no
estaban preparados para ello y no lo consiguieron. Así que encontraron un mundo
sobretonal fuera de este mundo y se sintieron más seguros en él.
Quizá ha llegado el momento de explicar, al menos de una forma sencilla, los modos en
los que se relacionan las diferentes dimensiones y sobretonos. (En mis dos primeros
libros, El antiguo secreto de la flor de la vida, volúmenes I y II, encontrarás una
explicación más amplia.) Esta descripción de las dimensiones se corresponde con el punto
de vista antiguo, no con el moderno, que considera las tres primeras dimensiones como los
ejes X, Y, Z del espacio y la cuarta dimensión como el tiempo. El punto de vista moderno
continúa subiendo por las dimensiones de forma matemática, según lo define la ciencia
moderna. No es que ese modo científico esté equivocado; es sólo que se basa en
conceptos diferentes.
Lo que explico aquí es completamente distinto. En esta explicación, el universo se
considera un puro sonido o vibración. La relación entre las dimensiones es también
puramente vibratoria y se corresponde perfectamente con las leyes de la música y la
armonía. Las dimensiones están separadas unas de otras exactamente en las mismas
proporciones que las notas de la escala cromática musical. En lugar de medirse en ciclos
por segundo, como en la música, en el caso de las dimensiones la separación se mide en
longitudes de onda, pero las proporciones son las mismas.
Existen doce dimensiones de sobretonos mayores y doce de sobretonos menores, dando
un total de ciento cuarenta y cuatro dimensiones en cada octava. Aparentemente existen
infinitas octavas de dimensiones que se repiten una y otra vez, aunque su experiencia
cambia cuando uno asciende por ellas. Todas las dimensiones penetran unas en las otras,
por lo que en el espacio en que te encuentras ahora, en este momento, todas las
dimensiones están atravesando tu cuerpo.
El universo que podemos ver con las estrellas y los planetas se define como la tercera
(mayor) dimensión dentro de las doce dimensiones mayores. Por tanto, la Tierra está
dentro de la tercera dimensión, pero dentro y alrededor de ella y de todo el universo
existen doce sobretonos de la tercera dimensión. Aunque no puedes ver estos sobretonos
de la tercera dimensión, son mundos que han sido conocidos y experimentados por
chamanes, curanderos y Maestros Ascendidos a lo largo de miles de años.
Si una persona entrara en un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, o de
cualquier otra dimensión, desaparecería de la vista aquí, sobre la Tierra, y reaparecería
en otro mundo. Eso no es fácil de hacer sin un gran conocimiento.
Los antiguos anasazis, en su desesperación, consiguieron pasar de la tercera dimensión
de la Tierra a un sobretono de la misma. El problema fue que, como estaban
retrocediendo en la consciencia al hacer este movimiento, el paso resultó algo parecido al
suicidio y se vieron atrapados, incapaces de salir de aquel mundo de un sobretono menor.
Déjame contarte algo acerca de su naturaleza; puede que llegues a sentir la compasión
que a mí me inspiran. Su esperanza de vida desde el nacimiento a la muerte no solía
sobrepasar los dieciocho o diecinueve años. Si un anasazi vivía hasta los veinticinco, era
una persona muy anciana. Una mujer solía tener su primer hijo a los doce o trece años, y
moría cinco o seis después. Esto significaba que los niños tenían que estar solos y ser
capaces de sobrevivir a una edad muy temprana.
Por eso, aunque poseían un asombroso entendimiento de la Realidad, carecían de la
sabiduría que aporta la edad. Eso es lo que yo siento después de llevar muchos años
percibiendo a los anasazis .11 esos otros niveles durante mis meditaciones.
Comienza el viaje sagrado
Estoy escribiendo esto a finales de 2006, y al recordar aquel viaje de 2003 mi corazón
se siente vivo por la energía. Lo que sucedió en él cambió mi vida.
La mañana en que debía partir hacia Sedona para reunirme con el grupo, me senté frente
a nuestra rueda medicinal «familiar» y recé a la Madre Tierra solicitando su guía y
protección cuando entráramos en los mundos de los anasazis. Los ángeles habían dicho
que aquellas oraciones serían mi camino y mi guía hasta que ellos cambiaran el sendero.
Thoth había sido un hermano y un gran consejero, pero ahora nuestro grupo se
enfrentaba a un nuevo tipo de desafío. En mi corazón, le dije: «Querido Espíritu de la
Tierra, te escucharé y haré todo lo posible para seguir tu consejo».
Dejé la rueda y me dirigí hacia el norte, hacia Sedona, para el primer encuentro con el
grupo internacional. Tras aquella conexión inicial, nos dispusimos a seguir el sendero del
nativo americano, que íbamos a recorrer durante el resto del viaje. En ese camino está
establecido que, antes de una ceremonia o un viaje sagrado, el grupo debe purificarse en
una cabaña de sudación tradicional.
La cabaña de sudación es una pequeña estructura en la que caben entre diez y treinta
personas. Suele estar construida con ramas de sauce rojo tejidas según un patrón
específico y atadas para que formen una estructura. A continuación, se echan encima de
esta estructura diferentes tipos de telas, que antiguamente eran pieles de animales y en
la actualidad son mantas, hasta que el interior queda completamente a oscuras. En la
mayoría de los casos, la pequeña puertecita de una hoja se sitúa hacia el este.
Delante de la puerta se enciende un enorme fuego y en él se colocan unas piedras de lava
especiales y se calientan hasta que están al rojo. Estas piedras se llevan al interior de la
cabaña con una pala o una horca, de una en una, hasta tener normalmente siete en mitad
del suelo. Cuando estas piedras se enfrían, se lleva otro grupo de piedras calientes para
comenzar otra ronda de oración. A veces la sudación es mayor de lo que la gente puede
soportar, pero cumple su propósito: permite que nuestra parte sucia nos abandone. Nos
prepara para la integridad, que debe ser honrada en todo momento para poder cumplir la
profecía.
Nuestro grupo entró en la cabaña de sudación comprendiendo que estábamos entrando
en el seno de la Madre Tierra, y que allí iban a cantar y a rezar a Ella, al Padre Cielo y al
Gran Espíritu, pidiéndoles ser purificados y preparados para el viaje sagrado que nos
aguardaba.
Tras la sudación, fuimos caminando hasta la casa de un amigo, donde sencillamente
empezamos a conocernos con una estupenda comida y unos grandes músicos de la región,
que vibraban canciones desde el corazón y el didgeridoo. Rápidamente comenzamos a
fundir nuestras energías. A la mañana siguiente nos introdujimos en nuestro
ultramoderno barco terrestre, denominado autobús, y nos pusimos en camino hacia la
tierra antigua en busca de un pueblo invisible.
Los navajos
Navajos es el nombre que les dio el hombre blanco. Entre ellos son los diné. En su lengua,
diné significa «los hijos de Dios». A ellos no les gusta el nombre de navajo. Los visitamos
en primer lugar para solicitar permiso para celebrar una ceremonia en sus tierras, pues
son los guardianes, junto con los hopis, de las puertas del lugar en el que existen los
anasazis. Todo comenzó ahí.
Mi mentor de los hopis, Grandfather David, encendió una vez mi corazón con su gran
poder de visión. Grandfather David era el anciano que guardaba las profecías hopis para
la tribu antes de dejar este mundo. Yo tenía su permiso, pero necesitaba que los navajos
nos abrieran su corazón y también nos concedieran la licencia para llevar a cabo una
ceremonia en sus tierras, que se extienden desde Arizona a Utah, Colorado y Nuevo
México, todos los lugares a los que debíamos visitar.
Nunca he visto un navajo que se abra al hombre blanco, pues éste sólo les ha mostrado
engaño y mentiras desde el principio de su relación. Los navajos consideran que el hombre
blanco tiene una «lengua bífida», como una serpiente, que siempre dice una cosa y hace
otra, y su repugnancia se ha ido transmitiendo a lo largo de los años. En toda mi vida
jamás había visto que los navajos actuaran de forma confiada, ni amistosa siquiera, con el
hombre blanco, pero saber que la vida es sueño ayuda a hacer que lo imposible se haga
realidad. He visto esa desconfianza en los ojos de los navajos muchas veces, pero lo que
encontré cuando llegamos al cañón de Chelly fue exactamente lo contrario. El pueblo
navajo nos acercó a sus corazones y nos condujo a zonas de su tierra sagrada que
normalmente no enseñan al mundo exterior.
Nuestros guías navajos nos bajaron a los cañones de su tierra natal y nos señalaron los
pictogramas que habían dibujado los anasazis, los Antiguos, que vivieron allí antes que
ellos. Pero en nuestro caso, y con gran cuidado, también nos enseñaron lugares y nos
contaron historias acerca de su tierra sagrada que otros visitantes blancos no habían
escuchado jamás.
La mayor parte de nuestro grupo no conocía la situación. Creían que era normal que los
navajos se mostraran así de amistosos, pero muchos de nosotros entendimos que no era
así. Nuestro guía nos dijo que había llevado a muchos grupos hasta aquel cañón, pero que
el nuestro era diferente. Nos estuvo revelando conocimientos acerca de su tribu y de los
anasazis que normalmente se guardan para las conversaciones en familia.
En nuestro segundo día de estancia en el cañón de Chelly, los guías navajos que nos
acompañaban celebraron con nosotros nuestra ceremonia sobre un rocoso acantilado que
daba al corazón secreto del cañón. Juntos acudimos al «espacio del corazón» y rezamos
por la sanacion de la Tierra. Fue una experiencia realmente conmovedora y
extraordinaria.
Sin embargo, fue la noche anterior, la de nuestro primer día en el cañón de Chelly,
cuando muchos de los integrantes del grupo experimentaron la primera apertura del
corazón diñé. Yo me ausenté en mitad de aquella experiencia, pues necesitaba meditar y
prepararme para lo que se avecinaba. Por eso te voy a narrar la historia del recuerdo de
alguien que sí estuvo allí.
Uno de los miembros de nuestro grupo, John Dumas, decidió unirse a un flautista navajo
que, junto con dos acompañantes que tocaban el tambor, estaba entreteniendo a los
invitados en el restaurante navajo donde cenamos. John toca la flauta y el didgeridoo, y
la música que creó con tanta maestría y sentimiento se convirtió en un verdadero lazo de
unión entre nuestro grupo y los navajos, una increíble improvisación que duró hasta bien
entrada la noche.
Aunque algunos de los integrantes de nuestro grupo estaban muy cansados por haber
estado viajando durante todo el día, no éramos capaces de irnos. Era una experiencia muy
bella. La música era extraordinaria. Y la comunicación del corazón, no sólo entre los
músicos, sino [también] entre los navajos y los miembros de nuestro grupo, fue una de las
experiencias más asombrosas que habíamos sentido jamás de lo que significan la amistad
y el cariño. Por primera vez, al menos en aquella pequeña habitación, el navajo y el hombre
blanco eran Uno. John tocaba mientras le brillaban los ojos, y la felicidad que brotaba de
él era algo digno de contemplar, reflejada en los rostros de nuestros amigos navajos.
Al final, cuando estábamos preparándonos para irnos, un hombre muy, muy anciano se
acercó al micrófono. Nos dijo que durante la Segunda Guerra Mundial había estado
encargado de la retransmisión de mensajes en clave, en idioma navajo, y que había
formado parte del grupo que erigió la bandera en Iwo Jima. Allí, en Iwo Jima, había
estado con otros tres navajos. Todos ellos habían fallecido, todo menos él. Con suavidad,
como si no tuviera importancia, nos dio sus nombres y nos contó cómo habían muerto.
Nos dijo que había escrito una canción sagrada para aquel día, para Iwo Jima y la batalla
que habían entablado allí. Y luego, en la silenciosa sala, sin acompañamiento alguno, nos
honró del modo antiguo cantándonos su canción.
Cuando aquel anciano abandonó la sala, todos nos abrazamos.
Esta historia sólo tiene sentido interior cuando te das cuenta de lo raro que es para los
navajos hacer amistad con el que llaman «hombre blanco». Pero ellos sabían que nuestro
propósito era su propósito: sanar el interior de la Tierra y a los anasazis.
La segunda rueda medicinal
Desde el cañón de Chelly nos dirigimos al cañón del Chaco, el centro principal de los
anasazis, situado en Nuevo México. Teníamos la esperanza de hacer allí una rueda
medicinal, pero al llegar descubrimos que el gobierno había cerrado toda posibilidad de
llevar a cabo una ceremonia así en aquel lugar. Hablamos con los funcionarios locales, pero
nos dejaron muy claro que ni siquiera podíamos llevar tambores.
Por tanto, fuimos todos a la más importante de las ruinas antiguas y nos vimos
arrastrados a una de las kivas abandonadas, donde la energía era poderosa. La kiva
carecía de techo, pues en su retirada los chacos habían destruido gran parte de su
civilización y las kivas habían perdido el techo. Como no había forma de entrar en ella, la
rodeamos y comenzamos la ceremonia sólo con nuestros cuerpos y nuestros espíritus.
Pedimos permiso para entrar en contacto, pero sólo el silencio nos respondió.
Más tarde decidimos pasear por el extenso lugar y conectarnos como individuos con la
tierra y con los Antiguos. Fue el único camino que nos dejaron.
Al principio trepé por un acantilado, con unos cuantos miembros del grupo, hasta la
cumbre, desde donde podía contemplar todo el cañón. Toqué la flauta un rato,
sintonizando mi corazón con la tierra, y luego mi voz interior me dijo que continuara yo
solo hasta un saliente escondido para el grupo (y para los funcionarios del gobierno).
El cañón del Chaco padecía sequía; estaba seco, sin rastro de lluvia ni de humedad
siquiera. La vida se mantenía por los pelos. La Madre Tierra me pidió que creara una
pequeña rueda medicinal en aquel lugar escondido y que la conectara energéticamente con
la de mis tierras de Arizona, a cientos de kilómetros de distancia.
Encontré algunas piedrecitas de hierro y las coloqué sobre una gran roca plana para
hacer la rueda. Recé a la Madre Tierra como si fuera una rueda medicinal de tamaño
normal y le pedí que la conectara con la que estaba cerca de mi casa, tal y como se me
había dicho que hiciera.
Después de una hora y media, parecía completa. Regresé al grupo y volví a convertirme
en un turista.
En este punto debes recordar que en Arizona llevaba casi dos semanas lloviendo, y todo
se estaba volviendo verde y bello. Los incendios eran agua pasada. Pero cuando la rueda
medicinal del Chaco se conectó con la de Arizona, la energía creada por esta última fue
absorbida y trasladada al cañón del Chaco. Al día siguiente, mi familia me dijo que el
tiempo cerca de mi casa había vuelto al mismo estado seco de antes de que hiciéramos
nuestra pequeña rueda familiar.
En realidad, yo pude percibir este cambio en el momento en que sucedió, cuando
completé la pequeña rueda medicinal del cañón del Chaco. Fue como si me hubieran
extraído la fuerza vital. Fue algo personal.
Expliqué a los demás lo que había sucedido y les dije que debíamos seguir moviéndonos
para encontrar el lugar correcto en el que crear nuestra rueda medicinal de grupo. Yo
sabía que muy pronto iba a llegar el equilibrio a la región.
La ceremonia de la kiva
Durante el siguiente día de viaje, y mientras buscábamos un lugar donde celebrar la
ceremonia de la rueda medicinal, visitamos dos de las antiguas ruinas anasazis de la
cultura chaco. Están valladas y gestionadas con mucho cariño por sus cuidadores
oficiales.
En las ruinas Salmón pudimos caminar por el interior de las estructuras sagradas y las
casas que habitaron los Antiguos. Sabíamos que los anasazis eran de pequeña estatura,
comparados con nosotros, pero el tamaño de las puertas nos lo confirmó.
En las ruinas aztecas, que en realidad son anasazis, nos encontramos, por primera y única
vez en nuestro viaje, dentro de una kiva techada y bajo tierra. Podíamos sentir su
energía y su misterio. Nuestro grupo se sentó alrededor del borde de la sala circular y
con aspecto de cueva, en unos bancos dispuestos para los visitantes, y yo hablé sobre la
historia de la creación de los anasazis, sobre cómo habían surgido del Tercer Mundo y
cómo la kiva representaba aquello, con el simbólico sipapu en la parte superior, allí donde
los Antiguos habían trepado hasta la superficie de la Tierra. A continuación, entramos
todos en el lugar sagrado del corazón, tal y como hicimos juntos muchas veces durante el
viaje, y llevamos a cabo en él una ceremonia de sanacion.
No recuerdo lo que dije, pero sí de la energía. Una familia de visitantes se nos acercó y
se nos unió reverentemente en la ceremonia. Podía sentir a los Antiguos a nuestro
alrededor, conectándose con nosotros. Se estaba preparando el camino mientras
meditábamos todos juntos en aquella oscura sala del interior de la Tierra.
Un pequeño apunte. Mientras rezábamos en esta kiva, pedimos a los anasazis que
estuvieran presentes con nuestro grupo. Cuando se terminó la ceremonia, muchos de los
miembros tomaron fotografías. Aquellas instantáneas revelaron que los espíritus de los
anasazis estaban presentes. En total, había más de veinte cámaras que constituían las
mismas esferas de luz que aparecen en las fotografías, pero ahora sólo tenemos las
imágenes de tres de ellas. Estas esferas de luz no fueron el resultado de la luz que se
refractaba en la lente de la cámara; aparecen en las instantáneas de todas ellas. Los
anasazis estaban realmente con nosotros, y eso se hizo evidente a medida que continuaba
nuestro viaje.
Ceremonia en la kiva anasazi. John Dumas toca el didgeridoo durante la ceremonia.
Lionfire y el destino
Al día siguiente nos metimos en nuestro hogar sobre ruedas y nos dirigimos hacia el
norte, a Colorado, el tercer estado de la Cuatro Esquinas y la región más septentrional
del imperio anasazi.
Cuando nos acercábamos a los grandes espacios abiertos del Hovenweep National
Monument, todos podíamos sentir el poder sobrecogedor de aquella remota región.
Paramos en las principales ruinas anasazi de Hovenweep y fuimos recibidos por un
guardabosques del U.S. National Park Service para todas las ruinas de Hovenweep. Se
llamaba Lionfire.
Cuando Lionfire vio quiénes éramos espiritualmente y descubrió lo que intentábamos
hacer, una rueda medicinal para la sanacion de los anasazis, supo que el gobierno no nos
iba a permitir llevarla a cabo en las tierras de un parque nacional. Se abrió su corazón y
nos ofreció llevarnos a sus propias tierras, que estaban dentro de la zona del Hovenweep
National Monument y también cubiertas con ruinas anasazis. Él simplemente las llamaba
Hovenweep.
Desde sus tierras, situadas en un punto estratégico y especial, podíamos ver picos
sagrados y formaciones de tierra de los anasazis y de los modernos nativos americanos
en todas direcciones. Cientos de miles de anasazis habían vivido en un tiempo en la zona
que rodeaba las tierras de Lionfire, y cientos directamente sobre éstas, y todos pudimos
sentirlo y comentamos cómo nos estaba afectando, cómo nos tocaba el corazón.
El aire estaba saturado con el olor de la salvia. Los cañones laterales secretos eran el
hogar de los espíritus de las águilas. Antiguos trozos de cerámica estaban esparcidos por
el suelo, como si los hubieran echado allí para conducirnos hasta nuestro destino.
Lionfire no era sólo el empleado del U.S. National Park Service que guardaba las ruinas
más septentrionales de los anasazis, sino también un chamán que llevaba la mayor parte
de su vida estudiando a los Antiguos y que sabía mucho acerca de cómo vivían.
Hovenweep está en la misma longitud del cañón del Chaco, directamente sobre la «línea
sagrada», la Great North Road, que se dirige hacia el norte desde Chaco. Hoy día nadie
sabe dónde se pretendía que fuera esta carretera ni por qué es tan importante. Sin
embargo, Hovenweep está en su ruta y en un tiempo fue un lugar de gran poder.
Cuando llegamos, supe que estábamos en el lugar correcto. Todo el grupo lo percibió. En
Hovenweep nos sentíamos «en casa» e inmediatamente supimos que, por fin, aquél era el
lugar donde íbamos a construir nuestra rueda medicinal para sanar a los anasazis.
Comenzamos nuestra visita recorriendo un complejo de antiguas viviendas. En algunas de
ellas pudimos entrar y, una vez más, comprobamos lo bajos de estatura que tuvieron que
ser los Antiguos.
Recibimos el permiso para realizar nuestra rueda medicinal no sólo de Lionfire y de
Mary, su mujer, sino también de la Madre Tierra. Ésta nos dijo que nos «relajáramos» y
tratáramos aquella tierra como si fuese nuestra. La rueda, una vez construida, sería
protegida por Lionfire y Mary, fieles guardianes de la tierra. Según nos dijeron estos,
muchos años antes habían recibido una profecía que les comunicaba que nosotros íbamos
a ir y a celebrar aquella ceremonia.
Antes de que llegáramos, y sin saber que íbamos a ir a Hovenweep (recuerda que en
principio habíamos pretendido hacer la rueda medicinal en el cañón del Chaco), Mary
había escrito un poema en honor a nuestro viaje. Nos contó que le llegó entero y que ella
se había limitado a escribirlo. Cuando nos juntamos en la gigantesca kiva (sin techo, pero
tan profunda que tuvimos que bajar por una escalera), nos lo leyó.
El tejido
Aquí estamos, rodeados por las montañas sagradas, en el sipapu, el lugar donde
nuestro mundo comenzó. Venimos de las cuatro esquinas de esta tierra, caminando con
amor, trayendo nuestro conocimiento de muchas culturas, muchos idiomas. Buscando
entendimiento, crecimiento y cambio para nosotros mismos, para nuestros países, para
nuestro mundo.
¡Esta es nuestra intención! ¡Aquí, en este momento, creamos un nuevo mundo, tejemos
una nueva realidad!
¡Oramos pidiendo ayuda y solicitamos testimonios de las sagradas energías de nuestro
mundo!
• AlRE: vientos de las cuatro direcciones, vientos que mueven las estrellas.
• AGUA: lluvia, ríos, manantiales.
• FUEGO: nuestro Sol, el relámpago que baila sobre el cielo.
• TIERRA: nuestra Madre, su arena, sus acantilados, sus montañas.
• NUESTROS HERMANOS: los de cuatro patas, los alados, los niños del agua y
aquellos que se arrastran.
• NUESTRAS HERMANAS: las que están de pie, desde el majestuoso árbol a la más
pequeña de las flores.
• NUESTRA PROPIA RAZA HUMANA: desde nuestros ancestros, que caminaron los
primeros sobre esta tierra, hasta los hijos de nuestros hijos, hasta siete generaciones;
a ésos, sobre todo, invocamos.
• NOSOTROS MISMOS, aquí y ahora, para ser testigos y luchar.
Estamos aquí para crear un tejido de una nueva realidad.
En todo tejido, la belleza es creada por la urdimbre, la trama y el dibujo.
Traemos: para la fundación, el hilo de la urdimbre,
Energía humana, las experiencias de culturas diversas.
Fortaleza y orgullo de nuestras sociedades, de nuestras familias.
Historia, nuestra lucha para manifestar nuestro propio camino.
Todo esto lo trenzamos y ensartamos en nuestro telar para formar la urdimbre, la
forma de nuestro tejido.
Sobre ella tejemos la trama de nuestro viaje diario, el hilo de la belleza, hilado,
momento a momento, con cada paso de integridad, mientras nuestras acciones van
convirtiendo el tiempo en historia.
¿Y el Dibujo?
¿El dibujo que llamará al resto de la raza humana al entendimiento, al cambio?
Este dibujo está formado por nuestros maestros y nuestra intención.
Afirmamos nuestra intención de manifestar un mundo en el cual cada espíritu (humano,
animal, vegetal y mineral) camine en armonía y equilibrio, salud y felicidad.
Pedimos a nuestros maestros que nos guíen hacia acciones que coincidan con esta
intención.
Buscamos manifestar esa divinidad de nuestro interior que creará esta nueva realidad.
Éste es nuestro tiempo.
Hemos sido llamados.
¡Juntos tejeremos un nuevo mundo!
El poema de Mary nos dejó atónitos. Hablaba de lo que todos habíamos estado pensando
y hablando, y sin embargo acabábamos de conocerla el día anterior. Lo más sorprendente
fue su mención de «las cuatro esquinas de la tierra» y de «muchas culturas, muchos
idiomas». Mary no tenía forma de saber que menos de la mitad de nosotros éramos
estadounidenses. Los miembros de nuestro grupo procedían de muchísimos países. Dos de
ellos ni siquiera hablaban inglés, pero nos escuchaban con sus corazones.
Tras nuestra ceremonia en la gigantesca kiva de Hovenweep, llegó el momento de buscar
el lugar exacto donde situar nuestra rueda medicinal.
La tercera rueda medicinal
Hovenweep es inmenso. Recorrí el terreno, hacia un lado y hacia otro, buscando y
«sintiendo» el lugar adecuado para aquella ceremonia de tantísima importancia. Al fin,
cuando caminaba sobre una zona concreta, todas las montañas y el antiguo y cercano
cañón anasazi parecieron quedar alineados. Justo hacia el sur, a unos metros de distancia,
había una ruina anasazi que hace mucho tiempo tuvo una importancia fundamental debido
a su situación sobre el punto más alto.
Supe en mi corazón que aquél era el lugar correcto.
Al mirar a mi alrededor, una gran piedra «me dijo» que debía ser la piedra central, y la
coloqué sobre el suelo de lo que sería el centro mismo de nuestra rueda medicinal.
Encontré otras cuatro piedras vivas para marcar las cuatro direcciones. Con esta
disposición básica, el diámetro de la rueda medía unos diez metros y quedó lista para que
el grupo la completara.
Todo el grupo seguía en el autobús con aire acondicionado, resguardados del calor,
esperando a que yo terminara mi trabajo. Me había distanciado más de un kilómetro, por
lo que enviamos a un mensajero para que los trajera.
Todo el grupo se apresuró a bajar del autobús, ansiosos de comenzar algo que cada uno
de nosotros sabía que iba a sanar no sólo a los Antiguos y a los Modernos, sino también al
árbol familiar de cada persona, remontándose miles de años. Por la salud espiritual de
todos nuestros antepasados, y para sanar la tierra de las Cuatro Esquinas, comenzamos
como hijos de la Tierra y como una familia del hombre.
En primer lugar, cada persona se encaminó en una dirección diferente para «hablar» con
los espíritus de las piedras esparcidas sobre la tierra, pidiéndoles permiso para usarlas
en nuestra rueda. Uno a uno fueron volviendo, sosteniendo las piedras vivas cerca de sus
corazones, preparados para el momento en el que debíamos comenzar a crear la rueda.
Algunas personas tuvieron que hacer varios viajes.
Rueda medicinal.
Se eligió a dos hombres y a dos mujeres para representar a cada una de las cuatro
direcciones. Se colocaron en sus lugares respectivos, detrás de cada una de las cuatro
piedras de dirección.
Comencé las oraciones pidiendo permiso una vez más, para luego expresar el propósito y
la intención de la rueda medicinal. A continuación, los guardianes elegidos de las cuatro
direcciones elevaron sus plegarias para proteger cada una de las direcciones y el espacio
interior de la rueda, de forma que fuera sagrado y santo.
Después, y con el acompañamiento de los tambores y los cánticos, el resto de las
personas llevó sus piedras una a una al espacio sagrado, entrando por la «puerta» del
este, dedicando cada piedra a los guardianes de las cuatro direcciones y colocándola a
continuación i-n la rueda. Se creó, en primer lugar, un círculo de piedras, cada una en
contacto con la que se encontraba a su lado. Luego se hizo una cruz de piedras en el
centro para marcar las cuatro direcciones. (Recuerda la cruz.)
Como la rueda tenía unos diez metros de diámetro, nos llevó más de dos horas
terminarla. Siguió aumentando la energía hasta que pudimos «ver» a los anasazis
bailando con nosotros, conduciéndonos a la plenitud. Cada miembro de nuestro grupo
colocaba una piedra para unirse después a los demás, que bailaban, rezaban, cantaban o
tocaban los tambores en el exterior del círculo mientras esperaban a que fuera colocada
la siguiente piedra.
Y de este modo, con un ritmo similar al del corazón, se construyó la rueda medicinal del
Nuevo Sueño.
Todos nos sentamos, y tras un momento de silencio comenzaron las oraciones
individuales. Cada persona, con el «palo de hablar» en la mano, pronunció bellas y
sagradas plegarias hacia la rueda: unas plegarias para la sanacion de esta tierra y sus
formas de vida; para la reaparición de la lluvia y para que los ríos volvieran a fluir; para el
florecimiento de la salud, el amor y la belleza; para que las relaciones de la humanidad
florecieran en armonía; para que la brecha entre el hombre blanco y el indio se cerrara.
Los corazones de las personas estaban abiertos, y la energía y el poder del espacio
siguieron aumentando hasta que la última persona hubo hablado. Una sensación de
inmensa energía y pureza rodeaba nuestra ceremonia.
En el momento final conduje un ritual especial basado en las ceremonias de los taos
pueblo. Aquel ritual insufló aún más vida al círculo al establecer una pirámide sobre
muchos kilómetros de tierra, hasta el cielo y las profundidades de la Tierra, conectando
la Tierra y los cielos con la rueda medicinal como centro. El propósito de la pirámide era
llevar la lluvia y el equilibrio espiritual a todos los seres de las Cuatro Esquinas.
Al final de la ceremonia de la rueda medicinal, la Madre Tierra me dijo que llovería en
cinco días, y así se lo anuncié al grupo, pues ésa era mi formación de los taos pueblo.
Como estábamos en medio de una sequía histórica, este mensaje ofreció una chispa de
esperanza para aquellos que vivían cerca de esa tierra.
Nuestra intención era que esa lluvia comenzara la restauración del suroeste, aportando
agua a la tierra y amor y sanacion a las relaciones entre el hombre blanco y los nativos
americanos.
Todos podíamos sentir el amor y la paz. Podíamos sentir a los anasazis a nuestro
alrededor. Era estupendo.
El encuentro con las estrellas
Cuando oscureció y las estrellas comenzaron a asomarse a los cielos, nos reunimos en las
principales ruinas anasazi, en el punto más elevado de aquellas tierras. Allí, Daniel
Giamario, un astrólogo chamánico que viajaba con nosotros y enseñaba su sabiduría, nos
invitó una vez más, como ya había hecho en otras ocasiones, a mirar hacia el cielo
nocturno.
Los conocimientos y la percepción que posee Daniel de los modos antiguos son realmente
sobresalientes. Este hombre fue, durante todo el viaje, una estrella que se entregó a sí
mismo para ayudar a los demás. En aquella noche tan importante, nos condujo a un
entendimiento de los cielos como pocos de nosotros habíamos conocido jamás. Juntos
contemplamos el centro de la galaxia, en la forma en la que él nos había enseñado, y
dirigimos nuestras plegarias individuales al cosmos. El Padre Cielo escuchó nuestras
oraciones.
A continuación, nos dirigimos lentamente y en la oscuridad de vuelta al autobús, guiados
sólo por la luz de las estrellas, tal y como los anasazis habían caminado por aquella tierra
tantos cientos de años atrás. Nos abrazamos, intentando inmortalizar el sentimiento que
albergábamos en nuestros corazones.
Podía sentir cómo se unían las tres ruedas medicinales: la de Payson, la pequeña del cañón
del Chaco y la que habíamos creado ese día. Sabía que llegarían las lluvias.
Y lo que es más importante, los anasazis contarían ahora con un vórtice que les
permitiría volver a entrar en este mundo, de forma que pudieran venir con nosotros
cuando la Tierra entrara en los niveles superiores de consciencia, lo que muchos
denominan ascensión. Al hacerlo, la Red de Unidad sobre la Tierra se acerca aún más al
equilibrio perfecto.
Antiguas viviendas en los riscos
Al día siguiente deseábamos visitar las viviendas anasazi de los riscos de Mesa Verde,
cerca de Hovenweep. Mesa Verde fue uno de los más bellos lugares de asentamiento de
los anasazis, una alta meseta rodeada por escarpadas montañas. Sin embargo, y a causa
de la increíble sequía, se había desatado un incendio forestal que aún no había sido
controlado y el Parque Nacional de Mesa Verde estaba cerrado a los visitantes. Los utes,
los guardianes de Mesa Verde, nos permitieron visitar de forma privada una parte de la
reserva que les pertenece sólo a ellos y no al National Forest Service. Se trataba de un
lugar que muy pocos blancos han visto ni oído mencionar jamás.
Para llegar allí, nuestro inmenso autobús, con sus asientos parecidos a los de los aviones
y su aire acondicionado, tuvo que atravesar muchas diminutas carreteras de tierra que
serpenteaban por los bosques de cedros. Nuestro conductor estaba empezando a
desesperarse en silencio, temeroso de que nunca consiguiéramos salir de aquel primitivo
lugar. Pero todo fue bien.
Los utes nos trataron con gran honor, pues conocían el propósito que estábamos viviendo.
Mientras comíamos, nuestro guía nos contó relatos de la historia tribal del pueblo ute. A
continuación, nos condujo al borde de un profundo cañón. Parecía imposible que un ser
humano fuera capaz de descender por él sin cuerdas, pero nuestro guía nos mostró tres
escaleras de madera que se descolgaban sobre los escarpados riscos.
En estos escarpados, más de uno de los miembros de nuestro grupo se vio obligado a
superar su miedo a las alturas para poder bajar por las empinadas escaleras hasta llegar
a los salientes que había debajo, donde se encontraban las viviendas. Una de las mujeres
sólo fue capaz de descender con la ayuda de los protectores por encima de ella, por
debajo y a cada uno de sus lados, pero al final consiguió bajar y volver a subir. Se
afrontaron los miedos. Las personas se cuidaron unas a otras. Nuestro grupo se había
convertido realmente en Un Solo Corazón.
Una vez en el interior de aquel mágico lugar, pudimos percibir lo vivo que estaba, lo lleno
de los espíritus anasazis. Me sentí tan honrado de que se me permitiera entrar en él que
casi no podía hablar. Las voces del pasado me rodeaban y me hablaban acerca de sus vidas
y de su grandeza. Pude entrar en sus casas, tocar las piedras que ellos habían tocado,
sentir con mis dedos la cerámica que ellos habían elaborado hacía tantos cientos de años.
Aquella noche, después de Mesa Verde, tuve un sueño.
Los niños perdidos
Aquél fue uno de esos sueños cuya claridad siempre me avisa de que va a ser especial.
Suelo recordarlos, pues son muy importantes para mi crecimiento espiritual.
En aquel sueño yo vivía con mi familia en un lugar cercano a Mesa Verde, en una casa que
no había visto con anterioridad. Estaba entrando en el garaje para sacar el coche (en el
sueño el garaje era enorme) cuando vi que unos indios vivían en él. Me acerqué a ellos para
preguntarles si todo iba bien, pero ellos echaron a correr. Nunca me había pasado nada
parecido. Recuerdo que pensé: «Qué extraño que quieran vivir en mi garaje.»
Entonces, mientras me dirigía hacia mi coche, vi a tres pequeños niños indios que corrían
hacia la parte trasera para esconderse de mí. Me acerqué para ver dónde se escondían y
hablar con ellos, y observé que se habían metido en un agujero redondo de un metro de
diámetro. Sabía que nunca había visto aquel agujero antes.
Miré por él y vi que penetraba profundamente en la tierra, por lo que me dejé caer para
ver qué había allí.
El espacio subterráneo se abría a un túnel muy grande, de unos tres metros de alto y
ancho, que descendía suavemente hacia las profundidades. No veía a nadie, por lo que
seguí adelante para explorar aquel lugar.
Estoy seguro de que no había avanzado ni medio kilómetro cuando me di cuenta de que
había personas, muchas personas, bloqueando el camino a pocos metros de distancia. De
la mayoría no veía más que los ojos.
Al principio no supe quiénes eran, pero cuando mis ojos se habituaron comprobé que eran
todos niños, de entre diez y dieciocho o diecinueve años de edad. Ninguno dijo una
palabra. Sólo me miraban. Y no me permitían pasar.
Entonces aparecieron tres hombres de algo menos de cuarenta años y se abrieron paso
hacia delante, se me acercaron y me miraron a los ojos. Estaban cubiertos de raspones,
magulladuras y heridas infectadas. Estaban sucios y daba la sensación de que necesitaban
ayuda.
El mayor, que podía rondar los cuarenta años, comenzó a hablar. Me dijo que era el jefe
de los anasazis, como nosotros los llamábamos, y quería saber qué hacía yo allí. Le
contesté que sólo deseaba ayudar.
Él se volvió hacia los niños y me hizo señas de que los mirara. Pude ver que tenían un
aspecto similar al de los hombres. Rompía el corazón ver a tantos niños cubiertos de
heridas y sufriendo tanto dolor. Yo sólo era capaz de pensar en cómo iba a ayudarles.
El jefe vio mi reacción.
—Gracias por estar aquí —me dijo—. Pero ahora debes irte.
Así que me di la vuelta y volví al agujero de mi garaje. Ahora había más niños por mi casa,
y yo les dejé estar allí. No sabía qué hacer. Y ahí terminaba el sueño.
Durante la ceremonia de la rueda medicinal, yo había percibido con fuerza la presencia
de los anasazis todo el tiempo, al igual que muchos de los integrantes del grupo. Pero en
ese momento no fui capaz de relacionar mi sueño con la presencia que sentimos de aquel
pueblo durante nuestro viaje.
Un ritual milagroso
A la mañana siguiente, los cielos estaban tan despejados como de costumbre mientras
nos dirigíamos al monumento nacional navajo conocido como Monument Valley.
Circulábamos por una carretera llana y bien asfaltada, y estábamos a punto de acceder
al sagrado valle navajo, con sus rojas montañas que se elevan hasta el cielo, cuando dio
comienzo una visión en mi interior. Frente a nosotros lo único que podía ver era una
muchedumbre de anasazis que nos miraban desde ambos lados de la carretera. Es posible
que hubiera cientos de miles.
Un hombre pareció acercarse a nuestro autobús hasta que quedó centrado en mi visión, a
pocos metros de distancia. Era el jefe anasazi de mi sueño, pero esta vez se presentaba
regio y majestuoso, adornado con plumas y con preciosas ropas multicolores. Comenzó a
hablar.
Me dijo que la ceremonia de la rueda medicinal que habíamos celebrado había sido
profetizada por sus ancianos y les iba a ofrecer una conexión con este mundo exterior.
Me dijo también que, mediante aquella rueda y nuestra amorosa intención, su pueblo podía
ser salvado de los terribles problemas y dolores que sufrían. Nos dio muchas veces las
gracias de corazón por nuestros esfuerzos.
Sin embargo, me dijo que, como grupo, no teníamos nuestras energías correctamente
alineadas. Me «mostró» a mí mismo con una camiseta con la imagen de una X en medio de
un círculo, y me dijo que lo que hacía falta era girar la X de nuestra energía para que
fuera una cruz. Y para hacerlo, todos debíamos juntarnos mucho.
Me informó de que él y los demás estaban atrapados «entre los mundos», y que nosotros
habíamos ido allí para liberarlos. Para cada uno de los que ocupábamos el autobús, aquello
era una misión que se nos había dado para esta vida. Y todo el trabajo y las penalidades
que habíamos pasado, tanto en nuestras vidas como en aquel momento, viajando bajo el
ardiente sol del agosto suroccidental, eran necesarios para aquella tarea que estábamos a
punto de llevar a cabo.
A través del micrófono de la parte delantera del autobús conté al grupo mi sueño y mi
visión. Uno de los miembros había recibido una visión pareja a la mía. Cuando describí
aquellos acontecimientos al grupo, casi no era capaz de hablar, pues no dejaba de sentir
un gran pesar por el sufrimiento que había visto en aquellos niños anasazi, sus cuerpecitos
magullados y flacos cubiertos de heridas supurantes.
En ese momento tan emotivo, y mientras me volvía a sentar, todo el mundo unió sus
manos de forma espontánea y entró en una profunda conexión del corazón. Y
espontáneamente de nuevo, con lágrimas rodando por nuestras mejillas, todos
comenzamos a cantar al mismo tiempo el himno Amazing Grace. Podíamos «ver» a los
niños a nuestro alrededor y podíamos sentir que se alegraban.
«Una vez estuve perdido, pero ahora he sido encontrado.» En el momento mismo en que
empezamos a cantar, el conductor tomó un desvío, de la carretera 666 a la autopista 160,
en dirección al punto donde Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, las Cuatro Esquinas,
se juntan.
El jefe anasazi de la visión se me volvió a aparecer, y me dijo: —Mira.
La imagen del círculo y la X que me había mostrado con anterioridad se transformó en la
imagen de nuestra rueda medicinal, con las cuatro piedras centrales formando una cruz.
—Ahora debes llevar a cabo una ceremonia —me dijo—. Debes poner los pies sobre la
Madre Tierra.
Necesitábamos encontrar el lugar más cercano posible donde pudiéramos parar y
realizar la ceremonia sobre la tierra, y aquel «lugar más cercano posible» dio la
casualidad que era la intersección de las Cuatro Esquinas. Diane Cooper, nuestra «chica
para todo», dirigió el autobús hacia el monumento, que está gestionado por los navajos.
Por nuestras experiencias pasadas temíamos que no nos permitieran efectuar nuestra
ceremonia en un lugar público. Miramos a la nativa americana que vendía las entradas a los
ojos y le pedimos permiso. Sin dudarlo, nos respondió:
—Podéis rezar aquí, podéis celebrar vuestra ceremonia. Os dejaremos —y señaló a una
zona concreta—. Elegid algún sitio por ahí.
Como un grupo único, nos dirigimos a la zona que la mujer nos había señalado y
comprobamos que estábamos en Utah, el único estado que aún no habíamos visitado.
Aquello era perfecto, pues la Madre Tierra había dicho que debíamos realizar ceremonias
en cada uno de los estados de las Cuatro Esquinas.
Nos reunimos en apretado círculo y construimos una pequeñísima rueda medicinal en el
centro, utilizando muchas piedrecitas; era la cuarta rueda. Intentamos utilizar una
brújula para situar las piedras, ¡pero ninguna de las que llevábamos funcionaba! Cada vez
que colocábamos una sobre la tierra, señalaba el norte en una dirección diferente. No
tuvimos más remedio que averiguarlo mediante los cercanos carteles de información
turística.
Quemamos salvia y cedro y ofrecimos tabaco. Vertimos agua e insuflamos vida al círculo.
Todos nuestros corazones se abrieron de golpe, y la belleza y el poder del momento
resultaron abrumadores. Podíamos sentir el amor y la pureza en el aire. Me eché a llorar,
pues sabía que nuestra Madre nos quiere y cuida de nosotros. Fue una experiencia
realmente buena.
Una vez más, la canción Amazing Grace brotó en medio de nosotros. Una de las
integrantes del grupo sabía toda la letra, y su voz clara y dulce nos llevó hasta el final:
«Dios, que me llamó aquí abajo, será mío por siempre».
Y así fue cómo los niños anasazis fueron liberados de su encarcelamiento de cientos de
años.
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