jueves, 18 de marzo de 2010

CAPITULO DOCE

LA CEREMONIA DEL RAYO

El cañón del Antílope

Sin embargo, no habíamos concluido todavía, y yo no sabía bien por qué. Parecía que tenía

que estar todo terminado y completo, pero no era así. Le pregunté a la Madre Tierra qué

faltaba por hacer, y ella, sencillamente, me contestó:

—Drunvalo, lo que queda es un regalo para ti. Un regalo de entendimiento.

Pero yo seguía sin entender.

Nos pusimos nuevamente en carretera. Frente a nosotros se extendía el largo y

fascinante camino a Page (Arizona), al extremo superior del Gran Cañón. Allí íbamos a

realizar nuestra ceremonia final. Pero primero pasaríamos la tarde en una catedral

natural única, conocida como cañón del Antílope, donde conoceríamos a Dalvin, un chamán

navajo cuya fiera protección hacia su gente nos iba a proporcionar nuestra última prueba

de fe y amor.

El cañón del Antílope es tan sagrado para los navajos que sólo se permite la entrada a los

visitantes si van acompañados por guías nativos. Estos guías (Dalvin y sus dos tías, Carol y

Lisa) recibieron a nuestro autobús y todos nos apiñamos en sus camiones para efectuar

un trayecto de veinticuatro kilómetros por lo que parecía desierto en estado puro.

A continuación, seguimos a pie a través de un acceso casi escondido y desfilamos desde

el calor de una tarde de agosto en Arizona al frescor tranquilo de un cañón con aspecto

de cueva. El suelo arenoso, de un color claro, resultaba suave bajo nuestros pies. Una luz

multicolor, procedente de las escasas aberturas de la parte superior, se filtraba por los

vórtices como un remolino de energía que podía sentirse a nuestro alrededor.

El cañón del Antílope es un pasaje serpenteante y estrecho, de no más de seis metros en

su parte más ancha, que conduce de un trozo de desierto a otro, con paredes de piedra

roja a ambos lados que parecen haber sido modeladas por algún escultor divino. El espacio

fluye y se arremolina como el agua que lo formó. Se trata de un lugar distinto de

cualquier otro que yo haya visto.

Dalvin nos condujo en silencio por el cañón, y cuando emergimos al otro lado se sentó

sobre un afloramiento rocoso y comenzó a contarnos historias sobre su cultura.

Hablaba muy despacio, con cadencia mesurada, tan bajo, que teníamos que acercarnos

mucho para poder escucharle. Nos relató un accidente casi fatal que había sufrido

cuando era joven, y cómo aquel accidente había marcado el comienzo de su vida como

chamán. Durante el largo tiempo que había estado en coma, había «viajado al fondo del

más allá», y cuando volvió estaba cambiado.

Nos habló acerca de su forma de utilizar el peyote, y nos dijo que aquel cañón era una

iglesia peyote viva. Y mientras hablaba, nos miraba profundamente a los ojos, como si

quisiera comprobar quiénes éramos realmente.

Tras un rato de estar contándonos cosas, Dalvin nos condujo de vuelta al cañón. Me di

cuenta de que no estaba seguro de nosotros, de lo que sentía hacia nuestro deseo de

llevar a cabo una ceremonia en aquel lugar sagrado, y de que no estaba plenamente

convencido de que tuviéramos derecho a hacer nuestra rueda medicinal en Colorado, de lo

que le había hablado uno del grupo. Muchos de nosotros percibimos sus dudas.

Cuando finalmente llegamos a una especie de área circular en las profundidades del

cañón, nos volvimos a reunir alrededor de Dalvin. Él se puso a tocar la guitarra y a cantar,

y luego nos dijo que deseaba cantarnos una canción peyote, pero que no tenía su sonajero.

Entonces Vina, una de las mujeres del grupo, que tenía sangre india, le entregó un

sonajero medicinal que llevaba consigo. Él lo sacudió unas cuantas veces, mirándolo con

atención, escuchando, aparentemente pensando. Luego cantó dos canciones peyotes con el

sonajero, las canciones medicinales de su camino. A continuación, y tal y como nos dijo

Vina, le devolvió el sonajero y le dijo que era bueno.

—Me ha ayudado a cantar bien —le dijo.

El cañón del Antílope.

Después de escuchar las canciones de Dalvin, le devolvimos el regalo con lo que se había

convertido en nuestra canción: Amazing Grace. Él asintió.

Una de las tías de Dalvin nos preguntó si íbamos a celebrar una ceremonia. Asentimos y

todos nos dirigimos juntos al Espacio del Corazón, orando para que llegara la lluvia a las

Cuatro Esquinas y cambiara el clima en aquella sagrada tierra navaja, y para que los

nativos americanos y los hombres blancos se hicieran Uno Solo.

El cañón se iluminó con una suave luz y fue fácil sentir los corazones de todos nosotros

fundiéndose en la unidad, todos como un solo hombre.

Susan Barber, una de las integrantes del grupo, se sentó con las dos tías de Dalvin y se

puso a hablar con la mayor de ellas, una bella mujer llamada Carol. Le preguntó acerca de

lo que había sentido durante nuestra ceremonia.

—Muchísimos grupos vienen a este lugar y hacen rituales que nunca me parecen reales o

auténticos —dijo Carol—. Ésta ha sido la primera vez que he podido sentirme igual en una

ceremonia con blancos que cuando llevamos a cabo las nuestras —sonrió, con una

expresión radiante—. «Vi» cómo venían las lluvias.

Entonces habló Dalvin, y lo que dijo nos puso la carne de gallina a los que estábamos

suficientemente cerca de él como para oírle. Nos dijo que la rueda medicinal (y dibujó

con su dedo índice un círculo imaginario sobre su camiseta) tiene una cruz (dibujó la cruz,

de norte a sur y de este a oeste). El problema era que algunas personas realizaban la

ceremonia «casi bien», pero en lugar de tener energía en forma de cruz la tenían en

forma de X. E indicó la X imaginaria dentro de la imaginaria rueda medicinal de su

camiseta, diciendo:

—La equis conduce al lado oscuro.

¡Era exactamente la misma imagen —hasta en el detalle de la camiseta— que yo había

recibido en mi visión del autobús antes de que cantáramos para conducir a los niños

anasazis hacia la libertad! Y como ya he explicado con anterioridad, más tarde se me

mostró que nuestro alineamiento incorrecto había sido sanado. Y allí estaba aquella

enseñanza en la «vida real», confirmando mis visiones.

Pero Dalvin seguía sin estar convencido.

Un ciego puede ver

De vuelta al exterior, y cuando nos estábamos preparando para ser llevados de regreso a

nuestro autobús, Dalvin señaló una forma de serpiente sobre la pared de la entrada del

cañón del Antílope y empezó a hablarnos sobre ella. Ilustraba cada detalle de lo que

estaba diciendo señalando a la forma de la serpiente y moviendo el dedo a lo largo de la

formación de doce metros de longitud. Mientras lo hacía, su tía Carol se volvió hacia mí, y

me dijo suavemente:

— ¿Verdad que es sorprendente? —Le pregunté qué era lo que quería decir—. Bueno,

está totalmente ciego.

Y así fue cómo supimos que Dalvin, que había llevado a algunos de nosotros en uno de sus

camiones (¡y que iba a llevarnos de vuelta en la oscuridad!), que nos había conducido sin

fallos por el cañón del Antílope, que nos había mirado profundamente a los ojos mientras

hablaba y que en aquel momento estaba señalando las características de la serpiente que

guardaba su iglesia peyote, había perdido la visión de ambos ojos como resultado de aquel

lejano accidente del que nos había hablado.

Según Carol, a los visitantes del cañón nunca se les confesaba la ceguera de Dalvin. De

hecho, ni siquiera lo sabían sus propios hijos.

Una vez más habíamos recibido un regalo de conocimiento secreto que normalmente se

negaba a las mentes tecnológicas modernas de la mayoría de los visitantes de las

reservas. Pero poco sabía yo que Dalvin estaba dispuesto a ir mucho más allá para probar

a nuestro grupo.

Rafting en el río Colorado

Aquella tarde llegamos al lago Powell, en Page (Arizona), un lugar de vacaciones en la

punta norte de la formación del Gran Callón. Allí Diane tenía un regalo para nosotros: una

excursión de rafting por el río Colorado, a través del cañón Glen; una excursión de

veinticinco kilómetros a través de uno de los lugares más formidables de la Tierra.

Inmensas paredes de piedra roja, de más de quinientos metros de altura, se elevaban a

ambos lados del río. Estábamos literalmente metidos en una profunda grieta de la Tierra.

Vimos grandes garzas azules que pasaban rozando el agua y escuchamos las historias que

nos contaron nuestros guías del río acerca de las personas que vivían allí antes de la

llegada del hombre blanco.

En un punto determinado desembarcamos para caminar por la orilla y vimos petroglifos

realizados por los nativos americanos que habitaron en aquellos cañones hace siglos.

Especulamos con el significado de las imágenes. Una de ella parecía decir: «Aquí se puede

cazar». O quizá: «Sigue en esta dirección para encontrar buenos patos».

A la mañana siguiente nos fuimos hacia nuestro destino final, el Parque Nacional del Gran

Cañón. Yo sabía que allí, junto al borde de una de las siete maravillas del mundo natural,

iba a ser donde celebraríamos nuestra última ceremonia.

La ceremonia de la entrega

Elegimos la ceremonia de la entrega porque fue la utilizada hace mucho tiempo por los

Antiguos y la siguen practicando los nativos americanos actuales. Consiste en identificar

un objeto al que nos sentimos muy apegados y deseamos conservar con todas nuestras

fuerzas..., y entregarlo en sacrificio. Para el mundo nativo supone una sanacion para la

propia persona y para sus relaciones.

Parece sencillo. Sin embargo, como damos tanto valor a nuestras posesiones y como

nuestro cuerpo emocional también suele estar conectado a ellas, a menudo se producen

sanaciones profundas.

Tres de nosotros (otros dos hombres y yo) estuvimos mucho tiempo buscando por los

bosques del Gran Cañón y finalmente acordamos un lugar entre los árboles, escondido a la

vista del resto del parque. Marcamos el punto con una piedra especial y dibujamos una

pequeña rueda medicinal en la tierra roja. Luego los otros dos hombres fueron a buscar a

los demás.

Cuando me dejaron solo, dos hembras de alce, madre e hija, se me acercaron para

averiguar qué iba a pasar. Nos miramos y ellas se sentaron para observar. En aquel

momento supe que lo que estaba a punto de suceder sería perfecto, fuera lo que fuese.

Lo preparé todo para la ceremonia, y cuando terminé me senté en el suelo para meditar.

Al hacerlo, Dalvin se me apareció en una visión con muchísima claridad. Me dijo:

—Quiero que demostréis que tú y tu grupo estáis realmente conectados con la Madre

Tierra y con el Gran Espíritu. Si lo hacéis, me uniré a vosotros en mi corazón y os ayudaré

en todo. Pero si no sois capaces de hacerlo, entonces os convertiréis en mis enemigos.

Le dije que yo también buscaba la prueba de que realmente habíamos cumplido el

propósito que albergábamos en aquel viaje sagrado, y le ofrecí lo que debía ser la prueba.

Yo sabía que la única que Dalvin podría aceptar sería una que viniera de la Madre

Naturaleza, una sobre la que yo no tuviera ningún control. Por eso le dije que, cuando

comenzara la ceremonia de la entrega, en el momento exacto en que la primera persona

entregara su regalo a la Abuela, la directora de la ceremonia, un rayo brotaría del cielo y

caería sobre el suelo en un punto muy cercano al círculo. En mi visión, Dalvin aceptó.

Comenzaron a aparecer entre los árboles los miembros del grupo, primero uno, otros

muchos a continuación, y se colocaron alrededor del pequeño círculo de piedras. Los alces

se pusieron nerviosos al ver a tanta gente y desaparecieron rápidamente en el bosque.

Cuando estuvimos colocados, le pedí a la mujer de más edad que se acercara para ser la

Abuela. Ella debía recibir los regalos, escuchar las palabras de las personas que los

entregaban y a continuación, al final de la ceremonia, elegir un regalo para cada una de las

personas del círculo. Susan Barber, o Moonhawk (su nombre medicinal), se convirtió en

nuestra Abuela.

Cuando se colocó en el círculo a un lado de la pequeña rueda medicinal, todos nos dimos

cuenta de que se había producido un cambio en el clima. Era casi la puesta de sol, y en

lugar del aire calmado y caliente al que habíamos estado acostumbrados durante casi dos

semanas, de repente estaba refrescando. Soplaba el viento, azotando los altos pinos que

nos rodeaban. Nubes de tormenta corrían por el cielo oscurecido. Se podía percibir una

sensación misteriosa, como de otro mundo.

Elevé una oración de inicio para que todo se hiciera de una forma amorosa. Entonces la

Abuela pidió a la primera persona que se acercara con su regalo.

Se trataba de Osiris Montenegro. Se acercó con lágrimas en los ojos, pues su regalo en

la ceremonia era un objeto de enorme significado para él, y se arrodilló frente a la

Abuela, sosteniendo su ofrenda con las dos manos.

Justo en el momento en que estaba a punto de entregarla a la Abuela, un relámpago

cruzó el cielo, un trueno ensordecedor nos envolvió y un rayo cayó sobre el suelo a

escasos veinte metros del círculo. Todos los que estaban sentados alrededor de él dieron

un salto, sobresaltados.

Yo no me sentí asustado. Me sentí feliz. Empecé a reír. No pude evitarlo, pues sabía que

habíamos tenido éxito con nuestro viaje sagrado. Recuerdo que miré al grupo y me di

cuenta de que frente a mí se encontraban unas almas de gran profundidad y compasión,

una comunidad global de maestros. No podía pronunciar palabra. Miré hacia el suelo, pero

la felicidad seguía brotando de mi cuerpo.

Tras la ceremonia, Vina, la que había prestado el sonajero a Dalvin para sus canciones

peyote, y que no sabía nada de lo que había sucedido en mi meditación poco antes de la

ceremonia, dijo que Dalvin se le había aparecido después de ésta y le había pedido que me

entregara su sonajero. Yo supe que el gesto había procedido de él y que, a partir de ese

momento, Dalvin sería un amigo que nos ayudaría en las ceremonias sagradas que

celebráramos en otras tierras. El regalo del sonajero de Vina había sido para todos

nosotros. Realmente estábamos respirando con Un Solo Corazón.

La ceremonia de la entrega duró casi tres horas. Durante todo este tiempo, el viento

continuó soplando. Las ramas de los árboles se agitaban con gran ruido por encima de

nuestras cabezas. Muchos creyeron que se estaba acercando una enorme tormenta. Era

el cuarto día después de la rueda medicinal de Colorado.

Pero en el momento en que concluyó la ceremonia, todo aquel despliegue meteorológico

cesó como por arte de magia. Paró el viento, las nubes se alejaron y los árboles quedaron

quietos. Y sobre nuestro círculo, billones de estrellas brillaron en el cielo nocturno.

Y llegaron las lluvias

A la mañana siguiente nos pusimos en camino de vuelta a casa. Al entrar en Flagstaff,

gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza sobre nuestro autobús. Era tal y como

me había dicho la Madre Tierra después de la ceremonia de la rueda medicinal. Habían

pasado exactamente cinco días.

Cuando recogí mi coche aquel mismo día, el cielo estaba cubierto de nubes. Conduje

hasta mi casa en medio de una lluvia torrencial.

Las ruedas medicinales eran ya también Un Solo Corazón, pues eran creación nuestra.

Las personas que se habían reunido en el espacio del Corazón Único para el viaje tomaron

sus respectivos caminos, de vuelta a sus hogares y junto a sus seres queridos. Aunque

ahora estábamos separados por la distancia, en nuestros corazones siempre seríamos

Uno. Siempre recordaremos cómo nuestro amor nos guió en aquella peregrinación;

recordaremos a las personas a las que conocimos y cómo juntamos nuestro poder creativo

en una sola fuerza, y recordaremos las ceremonias que llevamos a cabo por la sanacion del

mundo.

Yo sé que los anasazis son ahora hermanos míos, y que llegará el tiempo en que su

presencia en nuestros corazones pueda contribuir de forma crucial a nuestra gran

ascensión.

Que el Gran Espíritu nos bendiga en nuestro regreso al mundo ordinario y bendiga a

todos aquellos a los que nuestras vidas tocarán.

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