LA CEREMONIA DEL RAYO
El cañón del Antílope
Sin embargo, no habíamos concluido todavía, y yo no sabía bien por qué. Parecía que tenía
que estar todo terminado y completo, pero no era así. Le pregunté a la Madre Tierra qué
faltaba por hacer, y ella, sencillamente, me contestó:
—Drunvalo, lo que queda es un regalo para ti. Un regalo de entendimiento.
Pero yo seguía sin entender.
Nos pusimos nuevamente en carretera. Frente a nosotros se extendía el largo y
fascinante camino a Page (Arizona), al extremo superior del Gran Cañón. Allí íbamos a
realizar nuestra ceremonia final. Pero primero pasaríamos la tarde en una catedral
natural única, conocida como cañón del Antílope, donde conoceríamos a Dalvin, un chamán
navajo cuya fiera protección hacia su gente nos iba a proporcionar nuestra última prueba
de fe y amor.
El cañón del Antílope es tan sagrado para los navajos que sólo se permite la entrada a los
visitantes si van acompañados por guías nativos. Estos guías (Dalvin y sus dos tías, Carol y
Lisa) recibieron a nuestro autobús y todos nos apiñamos en sus camiones para efectuar
un trayecto de veinticuatro kilómetros por lo que parecía desierto en estado puro.
A continuación, seguimos a pie a través de un acceso casi escondido y desfilamos desde
el calor de una tarde de agosto en Arizona al frescor tranquilo de un cañón con aspecto
de cueva. El suelo arenoso, de un color claro, resultaba suave bajo nuestros pies. Una luz
multicolor, procedente de las escasas aberturas de la parte superior, se filtraba por los
vórtices como un remolino de energía que podía sentirse a nuestro alrededor.
El cañón del Antílope es un pasaje serpenteante y estrecho, de no más de seis metros en
su parte más ancha, que conduce de un trozo de desierto a otro, con paredes de piedra
roja a ambos lados que parecen haber sido modeladas por algún escultor divino. El espacio
fluye y se arremolina como el agua que lo formó. Se trata de un lugar distinto de
cualquier otro que yo haya visto.
Dalvin nos condujo en silencio por el cañón, y cuando emergimos al otro lado se sentó
sobre un afloramiento rocoso y comenzó a contarnos historias sobre su cultura.
Hablaba muy despacio, con cadencia mesurada, tan bajo, que teníamos que acercarnos
mucho para poder escucharle. Nos relató un accidente casi fatal que había sufrido
cuando era joven, y cómo aquel accidente había marcado el comienzo de su vida como
chamán. Durante el largo tiempo que había estado en coma, había «viajado al fondo del
más allá», y cuando volvió estaba cambiado.
Nos habló acerca de su forma de utilizar el peyote, y nos dijo que aquel cañón era una
iglesia peyote viva. Y mientras hablaba, nos miraba profundamente a los ojos, como si
quisiera comprobar quiénes éramos realmente.
Tras un rato de estar contándonos cosas, Dalvin nos condujo de vuelta al cañón. Me di
cuenta de que no estaba seguro de nosotros, de lo que sentía hacia nuestro deseo de
llevar a cabo una ceremonia en aquel lugar sagrado, y de que no estaba plenamente
convencido de que tuviéramos derecho a hacer nuestra rueda medicinal en Colorado, de lo
que le había hablado uno del grupo. Muchos de nosotros percibimos sus dudas.
Cuando finalmente llegamos a una especie de área circular en las profundidades del
cañón, nos volvimos a reunir alrededor de Dalvin. Él se puso a tocar la guitarra y a cantar,
y luego nos dijo que deseaba cantarnos una canción peyote, pero que no tenía su sonajero.
Entonces Vina, una de las mujeres del grupo, que tenía sangre india, le entregó un
sonajero medicinal que llevaba consigo. Él lo sacudió unas cuantas veces, mirándolo con
atención, escuchando, aparentemente pensando. Luego cantó dos canciones peyotes con el
sonajero, las canciones medicinales de su camino. A continuación, y tal y como nos dijo
Vina, le devolvió el sonajero y le dijo que era bueno.
—Me ha ayudado a cantar bien —le dijo.
El cañón del Antílope.
Después de escuchar las canciones de Dalvin, le devolvimos el regalo con lo que se había
convertido en nuestra canción: Amazing Grace. Él asintió.
Una de las tías de Dalvin nos preguntó si íbamos a celebrar una ceremonia. Asentimos y
todos nos dirigimos juntos al Espacio del Corazón, orando para que llegara la lluvia a las
Cuatro Esquinas y cambiara el clima en aquella sagrada tierra navaja, y para que los
nativos americanos y los hombres blancos se hicieran Uno Solo.
El cañón se iluminó con una suave luz y fue fácil sentir los corazones de todos nosotros
fundiéndose en la unidad, todos como un solo hombre.
Susan Barber, una de las integrantes del grupo, se sentó con las dos tías de Dalvin y se
puso a hablar con la mayor de ellas, una bella mujer llamada Carol. Le preguntó acerca de
lo que había sentido durante nuestra ceremonia.
—Muchísimos grupos vienen a este lugar y hacen rituales que nunca me parecen reales o
auténticos —dijo Carol—. Ésta ha sido la primera vez que he podido sentirme igual en una
ceremonia con blancos que cuando llevamos a cabo las nuestras —sonrió, con una
expresión radiante—. «Vi» cómo venían las lluvias.
Entonces habló Dalvin, y lo que dijo nos puso la carne de gallina a los que estábamos
suficientemente cerca de él como para oírle. Nos dijo que la rueda medicinal (y dibujó
con su dedo índice un círculo imaginario sobre su camiseta) tiene una cruz (dibujó la cruz,
de norte a sur y de este a oeste). El problema era que algunas personas realizaban la
ceremonia «casi bien», pero en lugar de tener energía en forma de cruz la tenían en
forma de X. E indicó la X imaginaria dentro de la imaginaria rueda medicinal de su
camiseta, diciendo:
—La equis conduce al lado oscuro.
¡Era exactamente la misma imagen —hasta en el detalle de la camiseta— que yo había
recibido en mi visión del autobús antes de que cantáramos para conducir a los niños
anasazis hacia la libertad! Y como ya he explicado con anterioridad, más tarde se me
mostró que nuestro alineamiento incorrecto había sido sanado. Y allí estaba aquella
enseñanza en la «vida real», confirmando mis visiones.
Pero Dalvin seguía sin estar convencido.
Un ciego puede ver
De vuelta al exterior, y cuando nos estábamos preparando para ser llevados de regreso a
nuestro autobús, Dalvin señaló una forma de serpiente sobre la pared de la entrada del
cañón del Antílope y empezó a hablarnos sobre ella. Ilustraba cada detalle de lo que
estaba diciendo señalando a la forma de la serpiente y moviendo el dedo a lo largo de la
formación de doce metros de longitud. Mientras lo hacía, su tía Carol se volvió hacia mí, y
me dijo suavemente:
— ¿Verdad que es sorprendente? —Le pregunté qué era lo que quería decir—. Bueno,
está totalmente ciego.
Y así fue cómo supimos que Dalvin, que había llevado a algunos de nosotros en uno de sus
camiones (¡y que iba a llevarnos de vuelta en la oscuridad!), que nos había conducido sin
fallos por el cañón del Antílope, que nos había mirado profundamente a los ojos mientras
hablaba y que en aquel momento estaba señalando las características de la serpiente que
guardaba su iglesia peyote, había perdido la visión de ambos ojos como resultado de aquel
lejano accidente del que nos había hablado.
Según Carol, a los visitantes del cañón nunca se les confesaba la ceguera de Dalvin. De
hecho, ni siquiera lo sabían sus propios hijos.
Una vez más habíamos recibido un regalo de conocimiento secreto que normalmente se
negaba a las mentes tecnológicas modernas de la mayoría de los visitantes de las
reservas. Pero poco sabía yo que Dalvin estaba dispuesto a ir mucho más allá para probar
a nuestro grupo.
Rafting en el río Colorado
Aquella tarde llegamos al lago Powell, en Page (Arizona), un lugar de vacaciones en la
punta norte de la formación del Gran Callón. Allí Diane tenía un regalo para nosotros: una
excursión de rafting por el río Colorado, a través del cañón Glen; una excursión de
veinticinco kilómetros a través de uno de los lugares más formidables de la Tierra.
Inmensas paredes de piedra roja, de más de quinientos metros de altura, se elevaban a
ambos lados del río. Estábamos literalmente metidos en una profunda grieta de la Tierra.
Vimos grandes garzas azules que pasaban rozando el agua y escuchamos las historias que
nos contaron nuestros guías del río acerca de las personas que vivían allí antes de la
llegada del hombre blanco.
En un punto determinado desembarcamos para caminar por la orilla y vimos petroglifos
realizados por los nativos americanos que habitaron en aquellos cañones hace siglos.
Especulamos con el significado de las imágenes. Una de ella parecía decir: «Aquí se puede
cazar». O quizá: «Sigue en esta dirección para encontrar buenos patos».
A la mañana siguiente nos fuimos hacia nuestro destino final, el Parque Nacional del Gran
Cañón. Yo sabía que allí, junto al borde de una de las siete maravillas del mundo natural,
iba a ser donde celebraríamos nuestra última ceremonia.
La ceremonia de la entrega
Elegimos la ceremonia de la entrega porque fue la utilizada hace mucho tiempo por los
Antiguos y la siguen practicando los nativos americanos actuales. Consiste en identificar
un objeto al que nos sentimos muy apegados y deseamos conservar con todas nuestras
fuerzas..., y entregarlo en sacrificio. Para el mundo nativo supone una sanacion para la
propia persona y para sus relaciones.
Parece sencillo. Sin embargo, como damos tanto valor a nuestras posesiones y como
nuestro cuerpo emocional también suele estar conectado a ellas, a menudo se producen
sanaciones profundas.
Tres de nosotros (otros dos hombres y yo) estuvimos mucho tiempo buscando por los
bosques del Gran Cañón y finalmente acordamos un lugar entre los árboles, escondido a la
vista del resto del parque. Marcamos el punto con una piedra especial y dibujamos una
pequeña rueda medicinal en la tierra roja. Luego los otros dos hombres fueron a buscar a
los demás.
Cuando me dejaron solo, dos hembras de alce, madre e hija, se me acercaron para
averiguar qué iba a pasar. Nos miramos y ellas se sentaron para observar. En aquel
momento supe que lo que estaba a punto de suceder sería perfecto, fuera lo que fuese.
Lo preparé todo para la ceremonia, y cuando terminé me senté en el suelo para meditar.
Al hacerlo, Dalvin se me apareció en una visión con muchísima claridad. Me dijo:
—Quiero que demostréis que tú y tu grupo estáis realmente conectados con la Madre
Tierra y con el Gran Espíritu. Si lo hacéis, me uniré a vosotros en mi corazón y os ayudaré
en todo. Pero si no sois capaces de hacerlo, entonces os convertiréis en mis enemigos.
Le dije que yo también buscaba la prueba de que realmente habíamos cumplido el
propósito que albergábamos en aquel viaje sagrado, y le ofrecí lo que debía ser la prueba.
Yo sabía que la única que Dalvin podría aceptar sería una que viniera de la Madre
Naturaleza, una sobre la que yo no tuviera ningún control. Por eso le dije que, cuando
comenzara la ceremonia de la entrega, en el momento exacto en que la primera persona
entregara su regalo a la Abuela, la directora de la ceremonia, un rayo brotaría del cielo y
caería sobre el suelo en un punto muy cercano al círculo. En mi visión, Dalvin aceptó.
Comenzaron a aparecer entre los árboles los miembros del grupo, primero uno, otros
muchos a continuación, y se colocaron alrededor del pequeño círculo de piedras. Los alces
se pusieron nerviosos al ver a tanta gente y desaparecieron rápidamente en el bosque.
Cuando estuvimos colocados, le pedí a la mujer de más edad que se acercara para ser la
Abuela. Ella debía recibir los regalos, escuchar las palabras de las personas que los
entregaban y a continuación, al final de la ceremonia, elegir un regalo para cada una de las
personas del círculo. Susan Barber, o Moonhawk (su nombre medicinal), se convirtió en
nuestra Abuela.
Cuando se colocó en el círculo a un lado de la pequeña rueda medicinal, todos nos dimos
cuenta de que se había producido un cambio en el clima. Era casi la puesta de sol, y en
lugar del aire calmado y caliente al que habíamos estado acostumbrados durante casi dos
semanas, de repente estaba refrescando. Soplaba el viento, azotando los altos pinos que
nos rodeaban. Nubes de tormenta corrían por el cielo oscurecido. Se podía percibir una
sensación misteriosa, como de otro mundo.
Elevé una oración de inicio para que todo se hiciera de una forma amorosa. Entonces la
Abuela pidió a la primera persona que se acercara con su regalo.
Se trataba de Osiris Montenegro. Se acercó con lágrimas en los ojos, pues su regalo en
la ceremonia era un objeto de enorme significado para él, y se arrodilló frente a la
Abuela, sosteniendo su ofrenda con las dos manos.
Justo en el momento en que estaba a punto de entregarla a la Abuela, un relámpago
cruzó el cielo, un trueno ensordecedor nos envolvió y un rayo cayó sobre el suelo a
escasos veinte metros del círculo. Todos los que estaban sentados alrededor de él dieron
un salto, sobresaltados.
Yo no me sentí asustado. Me sentí feliz. Empecé a reír. No pude evitarlo, pues sabía que
habíamos tenido éxito con nuestro viaje sagrado. Recuerdo que miré al grupo y me di
cuenta de que frente a mí se encontraban unas almas de gran profundidad y compasión,
una comunidad global de maestros. No podía pronunciar palabra. Miré hacia el suelo, pero
la felicidad seguía brotando de mi cuerpo.
Tras la ceremonia, Vina, la que había prestado el sonajero a Dalvin para sus canciones
peyote, y que no sabía nada de lo que había sucedido en mi meditación poco antes de la
ceremonia, dijo que Dalvin se le había aparecido después de ésta y le había pedido que me
entregara su sonajero. Yo supe que el gesto había procedido de él y que, a partir de ese
momento, Dalvin sería un amigo que nos ayudaría en las ceremonias sagradas que
celebráramos en otras tierras. El regalo del sonajero de Vina había sido para todos
nosotros. Realmente estábamos respirando con Un Solo Corazón.
La ceremonia de la entrega duró casi tres horas. Durante todo este tiempo, el viento
continuó soplando. Las ramas de los árboles se agitaban con gran ruido por encima de
nuestras cabezas. Muchos creyeron que se estaba acercando una enorme tormenta. Era
el cuarto día después de la rueda medicinal de Colorado.
Pero en el momento en que concluyó la ceremonia, todo aquel despliegue meteorológico
cesó como por arte de magia. Paró el viento, las nubes se alejaron y los árboles quedaron
quietos. Y sobre nuestro círculo, billones de estrellas brillaron en el cielo nocturno.
Y llegaron las lluvias
A la mañana siguiente nos pusimos en camino de vuelta a casa. Al entrar en Flagstaff,
gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza sobre nuestro autobús. Era tal y como
me había dicho la Madre Tierra después de la ceremonia de la rueda medicinal. Habían
pasado exactamente cinco días.
Cuando recogí mi coche aquel mismo día, el cielo estaba cubierto de nubes. Conduje
hasta mi casa en medio de una lluvia torrencial.
Las ruedas medicinales eran ya también Un Solo Corazón, pues eran creación nuestra.
Las personas que se habían reunido en el espacio del Corazón Único para el viaje tomaron
sus respectivos caminos, de vuelta a sus hogares y junto a sus seres queridos. Aunque
ahora estábamos separados por la distancia, en nuestros corazones siempre seríamos
Uno. Siempre recordaremos cómo nuestro amor nos guió en aquella peregrinación;
recordaremos a las personas a las que conocimos y cómo juntamos nuestro poder creativo
en una sola fuerza, y recordaremos las ceremonias que llevamos a cabo por la sanacion del
mundo.
Yo sé que los anasazis son ahora hermanos míos, y que llegará el tiempo en que su
presencia en nuestros corazones pueda contribuir de forma crucial a nuestra gran
ascensión.
Que el Gran Espíritu nos bendiga en nuestro regreso al mundo ordinario y bendiga a
todos aquellos a los que nuestras vidas tocarán.
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