LA ISLA DE MOOREA,
LAS CUARENTA Y DOS MUJERES
Y LOS CUARENTA Y DOS CRISTALES
Moorea me causó una gran sorpresa. Era el lugar femenino más suculento que yo había
visitado. No era sólo que la isla tuviera forma de corazón, sino también la maravillosa
energía sexual que palpitaba desde la tierra y el océano.
Se mirara donde se mirara, uno veía apuestos hombres y mujeres morenos moviéndose
por todas partes, vestidos sólo con una pequeña tela en la parte inferior del cuerpo y
nada en la superior. La vista de unas personas tan bellas y casi desnudas no hacía más que
enfatizar la misión y su propósito: cambiar el equilibrio sexual de las mujeres de todo el
mundo.
Thoth quería que llegáramos a la isla al menos una semana antes del ajuste, para que nos
pudiéramos acostumbrar a su energía. Sugirió que entráramos en contacto con los nativos
para que llegáramos a entendernos plenamente. Al final estuvimos allí diez días y llevamos
a cabo nuestro propósito el noveno.
Mi novia y yo éramos principiantes en el deporte del buceo, pero llevamos todo el equipo,
pues habíamos escuchado que Moorea era uno de los mejores lugares del mundo para
practicarlo. No nos defraudó. El arrecife de coral que rodéala isla es como cristal
líquido. Al nadar en esta agua, casi a la temperatura del cuerpo, uno puede contemplar
millones de peces multicolores y animales que te rodean hasta una distancia de treinta
metros a la redonda. Recuerdo haber pensado que era como nadar en un acuario. No
éramos capaces de salir del agua. Cuando lo hacíamos, sentíamos como si la energía
descendiera a la mitad, y nos encontrábamos a nosotros mismos volviendo a ella como
zombis. Era como si nos arrastrara un imán. Y nadábamos en aquella agua entre seis y
ocho horas diarias, adictos a ella.
Tras un par de días de completa felicidad, una joven y alegre pareja de nativos polinesios
se nos acercó y nos preguntó si nos gustaría visitar su casa. Nos parecieron tan sencillos
y naturales que no lo pensamos dos veces. Fuimos con ellos a su casa como si nos
conociéramos de toda la vida.
Su «casa» era una playa escondida a los turistas. Tenía cabanas de hierba para guardar
cosas, pero realmente no para dormir. Debía haber unas veinticinco personas, unas pocas
mujeres más que hombres. Todo el mundo dormía en la arena, junto al mar, excepto
cuando llovía.
Arriba, sobre un saliente que daba al océano, sus ancestros habían construido un edificio
especial de piedra con un único propósito. Las mujeres y los hombres se turnaban para
utilizarlo. Era un lugar en el que las mujeres se masajeaban unas a otras y los hombres se
masajeaban unos a otros. Se alternaban cada tarde. En su cultura, era muy importante
que los miembros de cada sexo se cuidaran unos a otros físicamente, por lo cual cada
persona era masajeada y amada por los demás miembros de la tribu casi todos los días.
¿Y por qué no? Habían llegado a dominar la vida más de lo que la mayoría de nosotros
conoce. No utilizaban dinero, pues consideraban que para lo único que servía era para
esclavizarlos. Cuando tenían hambre, acudían a un árbol de mangos o papayas. Por todas
partes crecían cientos de plantas y hierbas, y ellos sabían exactamente dónde
encontrarlas. El océano formaba parte de su hogar, y sencillamente caminaban hacia el
agua con un palo puntiagudo y, en unos minutos, salían con el pescado deseado. Rara vez
enfermaban, pero cuando lo hacían sus ancestros les habían dicho cómo sanar, por lo que
no conocían a los médicos.
Si el paraíso existe sobre la Tierra, ellos vivían en él.
El juego y el amor eran sus principales objetivos en la vida. Por la noche sacaban sus
instrumentos musicales, fabricados con materiales procedentes de la selva o del océano.
Bailaban y cantaban durante horas hasta que la Luna estaba alta en el cielo. El trabajo
sólo era necesario de vez en cuando; si una tormenta destruía un barco y había que
reconstruirlo, por ejemplo; cuando lo era, toda la tribu se reunía para ayudar. Incluso
entonces convertían el trabajo en algo divertido, excitante incluso. La música fluía por el
aire mientras los miembros de la tribu se turnaban para tocar y trabajar. ¡Menuda vida!
Bastaron un par de días para que me quedara claro que su forma de vida no estaba
basada en el ego, sino en otra operación más holística.
Se amaban unos a otros de todas las formas, y se cuidaban. Nadie se peinaba ni se
acicalaba; siempre lo hacía por él otra persona del mismo sexo. Convertían los actos más
simples en una forma de demostrar amor.
Se compartían unos a otros como si formaran un solo y enorme matrimonio. Las mujeres
podían elegir entre todos los hombres, y éstos compartían a las mujeres. No creo que la
palabra «celos» existiera en su vocabulario.
Tras sólo tres días de estar con ellos, había olvidado para qué estábamos allí. Nunca
había sentido tanta liberación y relajación. Mi antigua vida en Estados Unidos había
desaparecido por completo. Mi cuerpo había pasado a formar parte de la tribu y mi alma
pertenecía a la isla. ¿Cómo había podido tener lugar un cambio tan grande en un periodo
tan corto de tiempo?
Ni mi novia ni yo les mencionamos en ningún momento, ni a ninguno de ellos, nuestra
intención secreta, pero hacia el séptimo o el octavo día el muchacho que nos llevó a la
tribu ROS pidió que nos sentáramos a su lado. Nos miró a los ojos con amor absoluto y
comenzó a hablar.
—Sois mi hermano y mi hermana blancos, y conozco lo que está en vuestros corazones.
Sabernos por qué estáis aquí y queremos ayudaros. Debéis llegar a un lugar sagrado, que
está cerca del centro de esta isla, para llevar a cabo vuestro propósito, pero os está
prohibido ir allí. Es demasiado sagrado para que dejemos que nadie llegue a él. Pero
vuestro propósito está por encima de nuestras reglas.
»Mañana, uno de nuestros ancianos estará aquí para guiaros. No puedo deciros su
verdadero nombre, pero podéis llamarlo Thomas. Estáis en nuestros corazones y haremos
todo lo que esté en nuestra mano para que podáis realizar lo que habéis venido a hacer.
A la mañana siguiente, cuando el Sol estaba saliendo y explotando de color sobre el
océano, el océano azul, pintando en las nubes hinchadas sombras moradas y anaranjadas,
un hombre de unos cincuenta y tantos años de edad se acercó derecho hacia nosotros, y
nos dijo que se llamaba Thomas. Medía uno ochenta de estatura y su piel era de color
marrón oscuro. Su pelo, casi negro, le colgaba hasta la mitad de la espalda y no llevaba
más ropa que una tela blanca alrededor de la cintura y unas chanclas de cuero. Parecía
saber exactamente lo que pensábamos.
Sin hacer ninguna pregunta, empezó a decirnos que el lugar al que debíamos ir para
celebrar nuestra «ceremonia» estaba en el interior de la isla y que era un poco peligroso
llegar hasta él, pero que nos mostraría el camino.
Yo le pregunté si debíamos llevar alguna cosa, y él nos miró como a dos chiquillos.
—No —dijo simplemente, y se volvió y comenzó a caminar. Nos miramos el uno al otro y le
seguimos.
Mientras estábamos viviendo en la playa, yo había observado que la mitad de la isla
parecía ser montañosa y estar cubierta por la selva, pero no había pensado en ello
excepto para sentir su belleza. Ahora estábamos a punto de sentir su poder.
Dejar el nivel del mar, que había constituido nuestra única experiencia de Moorea, fue un
choque. El terreno era realmente una selva. Pronto me di cuenta de que, sin nuestro guía,
mi novia y yo habríamos sido incapaces de encontrar el camino. Había que conocer los
senderos que recorrían la densa jungla y cómo se conectaban con otros, más pequeños,
casi imperceptibles, que conducían a nuestro destino.
Varias veces pasamos junto a antiguas ruinas de piedra situadas justo al borde de aquel
camino. Le pregunté a Thomas acerca de la primera, y me dijo:
—Mucho antes de que nosotros llegáramos a estas islas vivieron aquí personas antiguas.
No sabemos quiénes eran, pero estas ruinas han estado siempre protegidas. Hay personas
que celebran ceremonias cada año para honrar a los que nos precedieron. Pero el lugar al
que vamos es el más sagrado de todos.
Tras varias horas de trepar, siempre hacia arriba, llegamos a unas cumbres montañosas
que yo había creído, desde la distancia, que constituían nuestro destino. Pero cuando
llegamos al punto más alto, pudimos contemplar el centro de la isla por vez primera. No
podía creer lo que veían mis ojos. Os aseguro que parecía sacado de una película de
Indiana Jones.
La cadena montañosa en la que nos encontrábamos formaba un enorme círculo, y
exactamente en su centro estaba la montaña más fálica que yo había visto jamás. Era
como un pene gigantesco apuntando hacia el cielo, penetrando con fuerza en el círculo
femenino de montañas que tenía debajo.
Todo lo que pude decir fue:
— ¡Uau! —y el poder de lo que estaba presenciando me forzó a guardar silencio. No pude
evitar recordar que Moorea tiene forma de corazón. ¿Y aquél era su centro? Los tres
estábamos sin habla. El único sonido era el del viento soplando entre mi pelo, y aquel
silencio me permitió observar que los tres estábamos respirando en perfecta sincronía,
como si fuéramos uno solo. Me sentí conectado con la vida por todas partes.
Unos cinco minutos más tarde, Thomas señaló una zona a la izquierda de la montaña
fálica, y dijo:
—Ahí. Ahí es donde debéis estar. A partir de este momento iréis solos. Sabréis cuándo
habéis llegado al lugar correcto. Mi corazón y el de todo mi pueblo estarán con vosotros
—y se volvió y nos dejó solos.
Durante largo rato permanecimos allí, cogidos de la mano, no queriendo romper aquel
momento mágico. Al cabo de un tiempo, un loro verde brillante voló demasiado cerca de
nuestras cabezas y chilló, sobresaltándonos y sacándonos del trance.
Reímos por el salto que habíamos pegado, pero la seriedad del motivo por el cual
estábamos allí comenzó a tomar las riendas. Sabíamos que se nos acababa el tiempo.
Debíamos estar colocados en aquel lugar sagrado en una hora y media o todo estaría
perdido.
—Venga, vamos.
Sin Thomas, que conocía cada centímetro de la isla, no resultaba fácil, y dependía de
nosotros decidir cómo llegar hasta allí. Elegimos bajar casi recto por la ladera de la
montaña hacia el cuenco para ahorrar tiempo, lo que probablemente fue un error. A los
cinco minutos habíamos perdido el rumbo.
Finalmente, sin embargo, llegamos al lugar sagrado, que era como un dibujo de cuento de
hadas: un altar plano de piedra sobre el cual incontables generaciones anteriores a
nosotros habían celebrado ceremonias. Sólo disponíamos de quince minutos antes de que
el momento crucial expirara.
La verdad es que la vida es asombrosa. Tras meses de planear algo tan crítico para la
experiencia humana sobre la Tierra, casi no llegamos a tiempo. Pero allí estábamos, y
quiso el destino que también las otras cuarenta mujeres y nuestros dos colegas en Egipto
estuvieran en sus sitios. Aquella inmensa ceremonia estaba a punto de convertirse en
realidad.
Muy deprisa establecimos las cuatro direcciones para centrar y proteger aquel espacio
interior en el que se iba a celebrar la ceremonia. Gracias a mi entrenamiento con los taos
pueblo para crear espacios sagrados, conocía unas determinadas intenciones que deben
ser protegidas y hechas realidad. Uno debe conectarse con la Madre Tierra y el Padre
Cielo en su corazón y pedir a los espíritus de las seis direcciones que contengan el espacio
y protejan a los seres humanos durante la ceremonia. Uno debe traer de forma
consciente la presencia del Gran Espíritu. Por supuesto, el Gran Espíritu está siempre en
todas partes, pero se trata de la consciencia humana de la presencia de Dios. Sin esas
intenciones, aquella ceremonia no sería más que una fantasía y carecería de poder.
A nuestro alrededor, todo el anfiteatro nos reflejaba la energía de miles de años de
ceremonias sagradas. Thomas nos había dado hierbas y artículos locales que debíamos
colocar en el centro del círculo, tal y como mandaba la tradición de los isleños, y sabiendo
lo importante que era seguir las creencias locales, así lo hicimos. Y de ese modo, cuando
nos quedaban apenas tres minutos, todo quedó preparado.
Miré a mi novia a los ojos. Podía leer la expectación que sentía por no saber lo que iba a
suceder. Estaba prácticamente conteniendo la respiración, inmóvil por la realidad de
saber que estaba a punto de ser utilizada por la Madre Tierra como una herramienta de
inmenso cambio energético, un cambio que iba a afectar a todas las mujeres de la Tierra.
La tranquilicé, le cogí la mano y las palabras brotaron de mis labios:
—En este momento eres la mujer más importante y sexual-mente más bella. Cierra los
ojos y deja que tu espíritu entre en tu cuerpo, y permanece ahí plenamente en este
momento. Durante los próximos minutos eres la Tierra que crea una nueva forma de
expresar la feminidad.
Miré mi reloj. Faltaban cincuenta y cinco segundos antes de que la piedra fuera
depositada en el agujero sagrado de Egipto. Me volví hacia mi novia, pero ella no estaba
allí. El tiempo y el espacio no significaban nada para ella en ese momento. Había accedido
a un lugar en su cuerpo que sólo ella, en todo el mundo, podía entender.
En mi cabeza comenzó una silenciosa cuenta atrás. No pude evitarlo. No podía imaginar lo
que estaba sucediendo.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno..., ahora.
Mi novia, evidentemente, no podía saber con exactitud cuándo llegó aquel segundo
concreto, pero en ese preciso instante todo cambió.
Ella había estado de rodillas, sentada sobre sus muslos, pero en el momento en que llegó
la energía de la ceremonia una expresión de asombro se extendió por su cara. Todo su
cuerpo respondió dejándose caer más cerca de la Tierra.
Y, a continuación, otra onda de energía pasó a través de ella. Y otra más. Era evidente
que estaba viviendo una experiencia de gran intensidad, y para mí, como hombre que la
observaba, era también una experiencia sexual.
Yo sabía de lo que iba aquella ceremonia, pero hasta que no la vi y sentí lo que ella estaba
sintiendo no me di cuenta realmente del poder del cambio sexual a ese nivel.
Se tumbó sobre la Tierra, abrió las piernas todo lo que pudo y emitió un quejido que
brotó desde las profundidades de su reducto secreto y escondido. Sonó casi como un
grito de dolor, pero se trataba de algo mucho más primitivo. Había entrado en una región
de sexualidad en la que era totalmente masculina, y por primera vez en su vida conoció el
impulso de desear unirse a una mujer hermosa. Su sexualidad normal había desaparecido,
siendo reemplazada por una realidad que, según me contó después, sólo había existido en
sus fantasías, pero en aquel momento era real. Era real en el ámbito de la energía
corporal.
De pronto, y a la misma velocidad con que la había inundado aquella experiencia, una
nueva ola de energía penetró en su cuerpo y la hizo cambiar involuntariamente de
posición. Se agarró a la Tierra y gimió aún más fuerte hacia el Padre Sol, que se
encontraba directamente por encima de ella. Su sexualidad se había mudado al polo
opuesto. Ahora era completa y totalmente femenina, y deseaba ser penetrada tan hondo
como fuera humanamente posible.
Todo lo que podía decir era:
—Dios mío. Te amo —las palabras iban dirigidas a alguien que sólo ella podía ver.
Entonces otra onda de energía la inundó y volvió a ser hombre. Pero en esta ocasión
había algo de mujer mezclado con todo aquel deseo masculino. Cada vez que la energía de
la Madre penetraba en su cuerpo, entraba en la polaridad sexual contraria, pero se iba
acercando más al equilibrio. Como un péndulo que oscilase de un lado al otro, su
sexualidad continuó cambiando de una ola de energía a otra, hasta que finalmente alcanzó
un lugar cercano al centro.
Cuando la energía se estabilizó, al cabo de una media hora, ambos supimos que aquella
experiencia la había cambiado para siempre, a ella y a la Tierra.
En el futuro de este querido planeta, las hembras iban ahora a ser alteradas muy
ligeramente, para quedar más centradas en su sexualidad femenina, pues los últimos
trece mil años de dominación masculina las habían arrastrado en exceso hacia el mundo
de la experiencia masculina. Ahora las hembras estarían preparadas para los cambios que
iban a tener lugar en el futuro, unos cambios que no podrían haber experimentado y que
no hubieran sido capaces de absorber mientras permanecieran atormentadas por el
desequilibrio sexual de los tiempos modernos. Sólo era el principio, pues lo que realmente
había cambiado era la Red de Conciencia de Unidad sobre la Tierra. Esa red era el futuro
de la humanidad, y este futuro estaba a punto de hacerse completamente dependiente de
las mujeres de todos los países, culturas y religiones que la humanidad ha creado desde
su mente.
La precesión de los equinoccios estaba a punto de entrar en un nuevo ciclo de trece mil
años, pero en esta ocasión conducido por la sabiduría femenina que todas las mujeres han
guardado en un pequeño reducto secreto del interior de sus hermosos corazones
femeninos. Sin ese amor incondicional, la humanidad estaría a merced de las limitaciones
mentales que los hombres han construido en los últimos trece mil años para protegernos.
Esta protección fue necesaria en el pasado, pero ahora constituye el mayor impedimento
para la supervivencia, para la expansión de nuestra consciencia y para la ascensión de la
raza humana hacia un nuevo mundo de luz.
Doy gracias a Dios por el corazón femenino. Siempre ha sido así. Los hombres nos
protegen cuando entramos en la parte oscura del ciclo, y las mujeres nos conducen de
vuelta a la luz cuando el Gran Ciclo vuelve hacia el centro de la galaxia.
Mi novia yacía desfallecida sobre el suelo, con todos y cada uno de sus músculos
agotados. Acababa de experimentar el orgasmo más asombroso e inusual de su vida, y al
hacerlo había salvado a la humanidad.
De repente, un relámpago cruzó el cielo y los truenos retumbaron a nuestro alrededor.
Aquello nos sobresaltó a los dos. Ella saltó a mis brazos y pudimos contemplar una
atmósfera completamente diferente del cielo azul y las blancas nubes hinchadas que se
encontraban allí cuando comenzó la ceremonia. Yo había estado tan inmerso en la energía
de la ceremonia que ni siquiera me había dado cuenta de la enorme tormenta que
rápidamente había envuelto toda la isla. Los rayos caían por todas partes. Se estaba
convirtiendo, por momentos, en una situación muy seria.
Recogimos rápidamente todas nuestras cosas y nos pusimos a buscar un refugio, pero era
demasiado tarde. Un cuarto de hora después de la ceremonia, la furia de la lluvia y del
viento huracanado barrían todo nuestro entorno. Nunca había visto algo parecido. Sólo
podíamos ver a escasos metros delante de nosotros. Del cielo caía un muro de agua.
Encontramos un lugar bajo una formación rocosa en el que apartarnos de la lluvia
torrencial y nos abrazamos mientras la tormenta bramaba. Lo que ignorábamos en aquel
momento era que la lluvia no iba a cesar durante tres días y tres noches. Eventualmente
conseguimos regresar hasta nuestra «familia» cerca de la playa, pero nuestras vidas
habían cambiado en formas que no soy capaz de explicar en estas páginas.
Una tormenta de aquella magnitud no era rara en Moorea, pero que sucediera al mismo
tiempo en Egipto, sí. Quince minutos después de la ceremonia de Egipto, las lluvias
torrenciales se desataron en Giza y continuaron durante tres días y tres noches en
aquella región desértica de la Gran Pirámide, habitualmente seca. Los periódicos
informaron de que las calles de Giza estaban cubiertas por un metro de agua. Tres
personas murieron ahogadas. Un periodista afirmó que Egipto nunca había experimentado
algo parecido a lo largo de su historia conocida.
Echando la vista atrás, aquello me pareció una liberación emocional de nuestra Madre
para encontrar, una vez más, el equilibrio a sus necesidades interiores. Aunque este
nuevo equilibrio sexual femenino no iba a manifestarse en el mundo hasta unos cuantos
años después, para nuestra Madre era real, allí y en aquel momento, y suponía el comienzo
de un nuevo ciclo de vida para su querido cuerpo, el planeta Tierra
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