jueves, 11 de marzo de 2010

CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO SIETE


LA PUESTA EN EQUILIBRIO DE LA RED FEMENINA QUE RODEA LA TIERRA

EL YUCATÁN Y LOS OCHO TEMPLOS (SEGUNDA PARTE)

Los últimos cuatro templos

El tiempo se fue ralentizando, más y más, hasta que perdí la noción del día en que

estábamos. Ya ni siquiera se trataba de pensar. Era un segundo tras otro segundo y el

eterno ahora. Todos mis sentidos estaban abiertos de par en par a medida que cada

templo disolvía cada vez más mis formas de ser urbanas, y mi espíritu iba lentamente

haciéndose consciente del mundo tridimensional con una nueva luz.

Allí estábamos sobre la tierra firme de cada día, profundamente inmersos en cada

nanosegundo. La vida se abría constantemente a otra nueva apertura.

Me sentía de maravilla. Casi no podía esperar a llegar a Tulum. Aquél era el chakra

garganta, conectado con el mundo de las corrientes de sonido, una de las primeras

energías de la creación. A medida que pasábamos por cada uno de los templos, íbamos

ascendiendo cada vez más niveles de consciencia de la parte femenina de la Red de

Conciencia de Unidad. Podía sentirla, a pesar incluso de mis problemas para sintonizar con

ella.

Tulum está a orillas del Caribe, de cara al mar. Había sido fácil conectarse con Chichén

Itzá, pues resultaba enormemente familiar, pero Tulum vibraba en lo que me parecía un

nivel mucho más elevado. Y era precioso: hierba, piedras vivas, cielo azul claro y agua azul

oscuro por todas partes. Pude comprobar con mis propios ojos por qué los mayas habían

elegido aquel lugar, pero supe que pronto iba a tener que ver con mi tercer ojo, mi «ojo

único», la razón energética de por qué habían ido allí.

Antes de que saliéramos de Estados Unidos, Thoth nos había dicho que nos indicaría

dónde debían ir los primeros cuatro cristales, pero que para los cuatro últimos Ken y yo

estaríamos solos a la hora de encontrar el emplazamiento exacto que devolvería cada

templo a la vida o a otro nivel de vibración.

En Tulum me sentía confiado cuando comencé a buscar el lugar, pero a medida que

pasaba el tiempo comencé a pensar que aquel trabajo estaba por encima de mi

comprensión o de mi capacidad. Había estado utilizando un péndulo para sentir las

energías antiguas, al igual que había hecho Ken; pero en Tulum cada punto parecía tan

increíblemente fuerte que la tarea de elegir uno u otro resultaba en principio

insuperable. Le confié a Ken que era como distinguir la melodía de un violín en una

orquesta de cien instrumentos. Todos producían la misma sensación: ¡poder!

Buscamos durante cinco horas sin encontrar ni una sola posibilidad. En un punto

concreto, paramos a comer. Ken me decía que se sentía completamente desconcertado, y

que si no éramos capaces de encontrar el lugar especial bien podíamos volver a casa. Eso

no hacía más que provocarme una tensión mayor, pues yo sentía lo mismo.

Le dije:

—De acuerdo; vamos a meditar y ver si hay algo dentro de nosotros que sienta de forma

nueva. Es evidente que lo que estamos haciendo no funciona.

Encontramos los dos un lugar en el que sentarnos a unos pocos metros uno del otro y

entramos en nosotros mismos. Al cabo de media hora obtuve un «conocimiento». No

podría decirte cómo llegué a aquella conclusión, pero sentí que sería capaz de encontrar

el emplazamiento del cristal si dejaba que mi intuición tomara el control de mi mente

emitiendo un zumbido y «siguiendo» el sonido. Después de todo, estábamos en el chakra

garganta.

Ken dijo simplemente:

—Yo te sigo. ¡Adelante, tío!

(Tener a Ken allí era como tener al personaje serio de un dúo cómico siguiéndome por

todo México.)

Pues funcionó. Comencé a moverme sin pensar, escuchando el sonido de mi garganta. Este

método nos condujo, en cuestión de minutos, a un pequeño templo situado en las alturas,

cerca del borde de un acantilado que daba al océano, un lugar en el que antes no habíamos

reparado. Si me alejaba del punto donde debía enterrar el cristal, el sonido cambiaba y

bajaba de tono, pero cuando me acercaba a él aumentaba su potencia.

Cuando entramos en el pequeño edificio, de no más de tres metros cuadrados y medio, el

sonido de mi garganta paró por completo. Supe que había llegado. Lo supe con certeza

cuando saqué el cristal y pude comprobar que la antigua pintura que cubría el interior de

la cúpula era exactamente del mismo color. Enterramos el cristal bajo aquella cúpula y

nuestro trabajo quedó finalizado.

Kohunlich

Mientras circulábamos siguiendo la costa hasta nuestro próximo templo, nos mantuvimos

en silencio. Después de Tulum, sabíamos que aquello iba a ser mucho más complicado de lo

que creímos en Nuevo México, ¿íbamos a tener que cambiar psíquicamente en cada uno de

los templos? ¿Poseíamos en nuestro interior ese tipo de habilidades? ¿Las poseía todo el

mundo? ¿Qué iban a suponer para nosotros, como seres humanos, aquellas experiencias?

¿Había algún propósito en nuestra estancia allí más allá de lo que Thoth nos había dicho?

Las preguntas no cesaban de formularse en mi mente.

Dejamos el océano a nuestra izquierda cuando pasamos de la cosa oriental de México a

un pueblecito llamado Chetumal, cerca de Belize. Al principio no sabíamos si el templo de

Kohunlich estaba en aquel país o en México. Se había descubierto hacía poco y no llevaba

mucho tiempo reflejado en los mapas, y daba la sensación de estar situado justo en la

frontera.

Una vez en Chetumal, sin embargo, la gente nos dijo que Kohunlich estaba en México. Fue

un gran alivio, pues pronto descubrimos que el gobierno mexicano no nos dejaría llevar

nuestro coche alquilado a Belize.

— ¿Están ustedes locos? —dijeron—. Si llevan ese coche a Belize, se lo habrán

desguazado y vendido antes de que transcurra un solo día.

Así que fuimos disminuyendo la marcha cada vez más y nos detuvimos para pasar la noche

en una hacienda apartada de la carretera. Decidimos beber un poco de tequila por vez

primera para relajar nuestros cuerpos cansados. Y lo logramos. Yo no estoy

acostumbrado a beber. A la mañana siguiente nos despertamos muy tarde, pero con

anchas sonrisas de felicidad en nuestros rostros. Estábamos preparados para cualquier

cosa. O eso pensábamos.

Echamos todas nuestras cosas en el «viejo rojo» y partimos llenos de emoción, como si

estuviéramos sobre el camino de baldosas amarillas del Mago de Oz. Estábamos

convencidos de que aquel día iba a suceder algo mágico. Tulum había sido increíble y

Kohunlich tenía que serlo aún más. Estaba más alto en el espectro de energía.

Habíamos comprado un mapa del terreno que mostraba con gran detalle las carreteras

secundarias y los pueblecitos pequeños. Kohunlich estaba claramente señalado y el camino

para llegar allí parecía muy sencillo. Creíamos que nuestro día estaba ya establecido.

Pero cuando llegamos al lugar en el que el mapa señalaba Kohunlich, éste no estaba allí.

De hecho, allí no había nada. Las gentes del lugar nos miraban como si estuviéramos locos.

Confundidos, regresamos a Chetumal. No sabíamos qué hacer.

De vuelta al pueblo, decidimos preguntar a alguien que pudiera saber dónde estaba

realmente situado Kohunlich. Vimos a un militar de pie junto a un viejo y destartalado

restaurante mexicano, y Ken entabló conversación con él, pues aquel hombre hablaba

inglés. Ken le preguntó si conocía Kohunlich, y los ojos del hombre se iluminaron.

—Sí !. Llevé a mi familia y a mis hijos a Kohunlich el mes pasado, y sé exactamente dónde

está.
Estudió nuestro mapa y se echó a reír. Nos dijo que la persona que lo había dibujado no

tenía ni idea de dónde se encontraba el templo. Según él, ni siquiera estaba en el mismo

lado del mapa. Nos marcó el lugar y nos dio detalles de cómo llegar a él. Le dimos las

gracias y nos pusimos en camino hacia Kohunlich, con la sensación de que por fin íbamos a

ser capaces de empezar aquella parte de nuestro viaje.

Unos tres cuartos de hora más tarde, llegamos a la zona donde el militar nos había dicho

que estaba Kohunlich, pero allí no era. Nadie sabía de qué estábamos hablando. Kohunlich

estaba empezando a constituir un problema.

Volvimos al pueblo una vez más, pensando a quién podríamos pedir que nos indicara el

camino, y decidimos que un conductor de taxi sería quien mejor lo podría saber. Elegimos

a uno y le preguntamos acerca de Kohunlich. Él sacó nuestro mapa y reunió a otros cinco

taxistas en corro. Empezaron a hablar en español muy rápido. Luego se separaron, y el

primero nos dijo:

—Bueno 2, podemos mostrarles exactamente dónde se encuentra en este mapa. Todos

hemos estado allí muchas veces, pero estaba intentando buscarles la mejor ruta para

llegar desde aquí. La he marcado con el bolígrafo. Es un sitio precioso. Les gustará.

Le dimos las gracias y Ken le entregó una propina por su ayuda. Su sonrisa se hizo casi

más ancha que su cara.

Seguimos la ruta que nos había sugerido el taxista y ésta nos llevó directamente al punto

al que él había pretendido que fuéramos, pero, como de costumbre, Kohunlich no estaba

allí. Después de tres viajes, lentamente estábamos perdiendo el día. Paramos a la orilla de

la carretera, mudos de asombro. No dijimos nada, sino que nos quedamos mirando el

paisaje. Parecía imposible.

De repente, Ken se incorporó de golpe y gritó:

—Ya lo tengo. Sé lo que se supone que debemos hacer.

Me hizo dar un brinco, pues estaba empezando a dejarme llevar por mis pensamientos.

— ¿Y qué es lo que debemos hacer, Ken?

— ¿No es Kohunlich el sexto chakra, el del tercer ojo? ¿No te acuerdas de que en Tulum

tuvimos que cambiar? Quizá se suponga que debemos utilizar nuestro tercer ojo para

encontrar este templo. Drunvalo, estoy seguro de que es así. Escucha, tú utilizas tus

habilidades psíquicas para encontrar Kohunlich y yo conduzco.

Todo lo que pude decir fue:

—Gracias, Ken.

Me di cuenta de que probablemente tenía razón. Thoth había dicho que en los últimos

cuatro templos deberíamos encontrar el punto especial por nosotros mismos, y que ambos

íbamos a aprender de este viaje. Quizá había llegado el momento de hacerlo.

La idea me excitó y levantó mi ánimo.

—De acuerdo, tú conduces —me volví hacia Ken—, y yo te diré cuándo debes girar. Sigue

de frente —Ken arrancó y volvió a la carretera, dirigiéndose a algún lugar.

Cerré los ojos y repetí el sonido del nombre del templo, «Kohunlich», una y otra vez para

mis adentros. Tras tres o cuatro minutos, dejé de pensar y comencé a sentir. Cada vez

que llegábamos a una intersección o un cruce de caminos, dejaba que mi cuerpo sintiera y

respondiera. Cualquier cosa que mi cuerpo sugiriera, yo lo aceptaba.

—Ken, gira a la izquierda en esta próxima intersección.

Sin hacer ninguna pregunta, Ken giraba. Continuamos así durante casi ciento veinte

kilómetros, girando allí donde mi cuerpo decía que lo hiciéramos. Estábamos

completamente perdidos. Todo nos resultaba extraño y estábamos muy lejos de nuestro

hotel.

Recuerdo el último desvío hacia un camino de tierra muy poco transitado. Era estrecho y

estaba lleno de baches. Y lo peor de todo era que nos estábamos metiendo en una selva

muy espesa. Yo creo que Ken estaba empezando a ponerse nervioso por la forma en la que se

sentaba, erguido en su asiento, y por primera vez expresó una duda.

—Drunvalo, ¿estás seguro de que este camino es el correcto?

—Ken, no estoy seguro de nada. Sólo estoy intentando utilizar mis posibilidades.

Y el camino nos llevaba cada vez más hacia el interior de la selva. Ya no había ningún

rastro de civilización, sólo jungla.

Seguimos unos cinco minutos más por aquel camino y, de repente, observamos una señal

marrón con una flecha dorada señalando el camino: Kohunlich.

Ken y yo casi nos volvimos locos de alegría. ¡Bien! ¡Había funcionado! Nada en mi vida

había jamás despertado mis emociones y movilizado mi adrenalina tanto como la vista de

aquella sencilla señal. También me enseñó cosas acerca de mí mismo y de las posibilidades

de los seres humanos, cosas que he conservado hasta hoy. Thoth tenía razón, íbamos a

aprender mucho el uno del otro.

El tercer ojo

Entramos en aquel recinto, inmerso en la jungla, en el que el cielo quedaba

completamente fuera de la vista. Había estanques con flores de loto flotando en la

superficie del agua y plantas tropicales por todas partes. Era increíblemente

fantástico..., ¡y tan surrealista! Nada parecía real. Me sentí como si estuviera en el

escenario de una película de Hollywood.

Encontramos a un hombre solitario, un arqueólogo a punto de irse a casa, y nos dijo que

su equipo acababa de descubrir Kohunlich hacía un año y medio. Sólo estaban trabajando

en la primera pirámide, pero el lugar se extendía a lo largo de kilómetros en todas

direcciones.

—Adelante, echad un vistazo —nos dijo—. Pero, por favor, no toquéis la superestructura

que rodea la pirámide.

Y nos dejó solos.

Subimos por la única pirámide expuesta y por primera vez vimos algo que nos dejó muy

claro el concepto de la conexión de cada uno de estos templos con los chakras. Cubriendo

cada superficie de esta pirámide de cuatro lados había caras humanas en relieve. Cada

una de estas caras medía unos tres metros de altura y sobresalía de la pirámide

alrededor de medio metro. Y en cada cara, en la zona situada entre las cejas, aparecía un

punto redondo señalando el tercer ojo. Nunca había visto nada parecido en todo México.

Kohunlich estaba conectado con el sexto chakra, que se localiza exactamente en el

tercer ojo. Y allí, sobre la frente de cada uno de aquellos rostros regios, estaba la

prueba de que los antiguos mayas también conocían la función energética de este lugar

sagrado. Era impresionante.

Pero teníamos trabajo que cumplir, y al cabo de un cuarto de hora dejamos de ser

turistas y comenzamos a buscar psíquicamente el lugar secreto donde debíamos colocar

nuestro cristal.

Kohunlich era el lugar más poderoso, en términos de energía pura, de todos los que

habíamos visitado hasta entonces. Pero fue como si padeciéramos de muerte cerebral y,

olvidándonos de la lección de Tulum, una vez más comenzamos a utilizar nuestros

péndulos. Al cabo de una hora nos rendimos. Aquello no funcionaba. La realidad nos hizo

recordar nuestro dilema inicial.

Nos sentamos en los escalones de un pequeño templo cercano a la pirámide grande y

comenzamos a razonar como habíamos hecho en Tulum.

—Drunvalo, esto no vale para nada —dijo Ken—. Deberíamos haber aprendido algo de

Tulum. Puesto que aquí está el tercer ojo, y dado que encontramos este templo gracias a

nuestras habilidades psíquicas, creo que sólo necesitamos ese método para localizar el

punto. Tú fuiste el que encontraste este sitio, pero ahora quiero hacer yo lo que tú

hiciste y, de un modo u otro, encontrar el punto en meditación. ¿Crees que podré

hacerlo?

—Ken, yo creo en ti. Adelante, y hazme saber lo que encuentres.

Las caras de Kohunlich mostrando el tercer ojo.

Ken cerró los ojos y estuvo ausente unos veinte minutos. Luego los volvió a abrir muy

excitado.

—Ya sé lo que estamos buscando. Déjame que te lo enseñe.

Sacó papel y bolígrafo y dibujó lo que había descubierto en su meditación. Me dijo que

en el suelo había un agujero como el del dibujo, y que directamente delante de él había un

arbolito. Entre el árbol y el agujero grande había otro agujero pequeño de unos siete

centímetros de diámetro. Allí, en ese agujero pequeño, era donde debíamos colocar el

cristal.

El agujero grande era tan raro que, si lo encontrábamos, no íbamos a tener ninguna duda

de que fuera ése, pero resultaba muy extraño que un agujero así pudiera existir. En lugar

de expresar mis dudas, me levanté y dije:

—De acuerdo, vamos allá. Si está por ahí, lo encontraremos.

Ken respondió con rapidez:

—Drunvalo, yo he descubierto el aspecto que tiene el agujero. Te toca a ti encontrarlo —

no hay duda de que lo suyo es la oratoria.

Acepté el reto. Mantuve la imagen del agujero en mi mente e intenté percibir la realidad

para buscarlo. Mi cuerpo se vio empujado en una dirección que nos alejaba de la pirámide

principal hacia la jungla. En cuestión de segundos había desaparecido todo rastro de

civilización y estábamos rodeados sólo de naturaleza. Pero el tirón de mi cuerpo

continuaba.

Era difícil moverse a través de la densa jungla, y no contábamos con ningún machete, que

es lo que la mayoría de los mexicanos utiliza. Pero no dejamos que eso nos detuviese. Nos

abrimos camino entre la maleza y seguimos avanzando. Noté que me estaba arañando los

brazos, por lo que me bajé las mangas y las abotoné para protegerme.

Debíamos llevar casi tres kilómetros recorridos cuando el tirón de mi cuerpo cambió.

Estábamos pasando a la izquierda de dos grandes colinas cuando mi cuerpo, literalmente,

se volvió hacia ellas. Entre ambas colinas había un espacio abierto y supe que debíamos

entrar en él.

—Ken, ven conmigo. No estoy seguro, pero creo que el camino es por aquí.

Aquel espacio abierto entre las dos colinas medía unos dieciocho metros de ancho y, por

alguna extraña razón, estaba limpio de maleza. Por primera vez pudimos caminar con

facilidad, y habíamos recorrido la mitad del camino cuando ambos paramos de golpe.

Estábamos contemplando algo que no debería haber estado allí, pero que estaba.

Sobre la ladera que quedaba a nuestra derecha había una escalera que conducía a la

cumbre. Allí, en medio de la densa selva mexicana, una escalera que parecía traída de

Grecia. Estaba fabricada de un mármol dorado y blanco formando dibujos y pulido como

el cristal. Daba la sensación de haber sido construida el día anterior. Una barandilla de

mármol conducía a lo que debían ser unos ciento cincuenta o doscientos escalones. A

ambos lados de la escalinata, selva áspera y enmarañadas raíces de viejos árboles.

Realmente era como si alguien la hubiera construido hasta la cima de la selva y es tuviera

escondido en algún lugar, observándonos. Producía escalofríos.
Habíamos olvidado totalmente nuestra misión. Aquello resultaba demasiado fascinante.

Finalmente, Ken preguntó:

— ¿Tú crees que habrá alguien que conozca esto?

Yo no supe qué responder. En su lugar, le dije:

—Subamos y veamos dónde nos conduce.

En completo silencio, como si pudiésemos despertar a alguna criatura mitológica,

trepamos por aquellas escaleras que parecían elevarse hasta el cielo. En la parte superior,

la escalera giraba a la derecha y se abría a una zona dispuesta para el descanso, de unos

trece metros cuadrados, con suelo y bancos de mármol. Toda la cumbre de la colina

estaba cubierta por la selva excepto aquella zona. Totalmente confundidos y fascinados,

nos sentamos en uno de los bancos.

— ¿Qué te parece, Ken? ¿Tú crees que los griegos llegaron a Yucatán y reclamaron esta

colina como de su propiedad?

Ken negó silenciosamente con la cabeza.

Por alguna razón, saqué mi péndulo y lo probé. Funcionaba. A través de él podía sentir

que el extraño agujero de Ken estaba allí, en aquella colina. La excitación recorrió mi

cuerpo.

—Ken, está funcionando. Creo que es aquí.

— ¿Dónde? ¿En esta colina?

Sin contestarle, le pedí que me siguiera y caminé en la dirección que sugería el péndulo.

Me condujo directamente al otro lado de la cumbre de la colina. Otra vez estábamos

envueltos por la densa selva, avanzando con lentitud.

Y de repente, allí estaba. Nos sentimos como si acabara de tocarnos la lotería y no

supiéramos qué hacer con todo el dinero. Cuando miré hacia abajo, hacia aquel

extrañísimo agujero del suelo, me recorrió el cuerpo un sentimiento que nunca olvidaré.

Aquel sentimiento me decía: «Recuerda esto, pues la Vida te va a presentar cosas aún

más extrañas durante tu vida, y todas ellas poseen un significado y un propósito».

Aquel agujero medía unos tres metros de profundidad y entre tres y medio y cuatro de

ancho. Las paredes y el suelo, que se adentraban en la tierra, estaban fabricados por el

hombre y bordeados de piedras perfectamente cortadas en forma rectangular. Había

algo obvio que Ken no había visto en su meditación: del suelo salían dos tubos de arcilla

roja. Cada uno de estos tubos tenía unos treinta centímetros de diámetro y sobresalía

otros treinta del suelo. Reflexioné acerca de lo que podrían ser, pero no se me ocurrió

nada.

Volví a mirar hacia arriba y vi el arbolito que Ken había visto en su meditación. Me

levanté de un salto, me dirigí hacia él a través de la vegetación y busqué un agujero

pequeño frente a él. Allí estaba, tal y como Ken lo había visto con su visión interior.

Enfoqué mi linterna a través de él para ver lo que había en su interior, pero no pude ver

nada. Estaba negro como ala de cuervo. Pero en cuanto al lugar donde se suponía que

debíamos colocar el cristal, no cabía ninguna duda.

Ken se acercó y miró también hacia el interior, pero tampoco pudo ver nada. Era como

mirar hacia las estrellas, pero sin que hubiera estrellas. ¡Todo lo que podíamos ver era

misterio! Misterio, pero confianza.

Retiramos el cristal de la tela. Ambos lo sostuvimos un momento en oración por los mayas

y luego yo fui el elegido para colocarlo en el interior de la Tierra. Recuerdo que, durante

nuestra ceremonia y en el momento adecuado, dejé caer el cristal en la oscuridad y pude

sentir cómo caía. No estaba golpeando contra nada. Psíquicamente era como si lo hubiera

liberado al espacio profundo y el cristal estuviera flotando, alejándose del planeta.

Nos mantuvimos en silencio durante largo rato. Sin decir nada, ambos nos sentamos en el

borde del gran agujero maya para observar el arbolito. Cerramos los ojos. Me daba la

sensación de que los mayas estaban a nuestro alrededor, y ahora eran mis hermanos y

hermanas. Éramos del mismo espíritu. Nuestro propósito era el mismo: acercar el cielo a

la tierra.

Estuve bastante tiempo meditando y, de repente, volví a mi cuerpo y me encontré

sentado frente al sagrado agujero maya, mirando hacia la tierra. Ken seguía meditando.

En silencio me levanté y seguí a mi corazón a través de la selva hasta el borde de la

colina, y mis sospechas se confirmaron. ¡La colina era una pirámide maya! Los tubos de

arcilla roja eran los que habían despertado mis sospechas. Creo que eran los tubos de

respiración de los espacios interiores.

Todo quedó claro. En ese momento comprendí muchas cosas. Me sentí increíblemente

honrado por ser una de las personas que estaban ayudando a traer de vuelta los antiguos

recuerdos, algo que le sucede a la consciencia sobre la Tierra siempre que la humanidad

de ese momento comienza a recordar lo que realmente es.

Palenque

Estuvimos conduciendo toda la tarde con la intención de llegar a Palenque a la puesta de

sol, pero no lo conseguirnos. Estaba mucho más lejos de lo que creíamos. Palenque estaba

vallado y no lo abrían hasta las ocho de la mañana siguiente, por lo que nos dimos la vuelta

para encontrar el hotel más cercano.

Ken aparcó y pagó el hospedaje mientras yo descargaba el equipaje. Habíamos

encontrado una habitación pequeña y sin grandes lujos, con dos camas bastante viejas que

casi la ocupaban por completo. La puerta chocó contra mi cama antes incluso de llegar a

abrirse a la mitad, lo que me pareció que tenía una cierta elegancia desde el punto de

vista mexicano. (No me malinterpretes; me encantan México y los mexicanos. Por tanto,

si sabes lo que quiero decir, sabes lo que quiero decir.)

Saltamos de la cama al amanecer y ya estábamos en los terrenos del templo cuando lo

abrieron. Éramos los primeros y únicos en entrar a aquella hora, y todo el espacio era

perfecto para nosotros. Muy pronto aquello se iba a convertir en un hormiguero de

personas. Sin perder un minuto comenzamos a buscar el punto sagrado.

Como el templo estaba conectado con el séptimo chakra, el pineal, nos encontramos en la

misma situación que en Tulum y Kohunlich. Sabíamos que teníamos que cambiar nosotros

mismos de alguna forma para adquirir la sensibilidad necesaria para encontrar el lugar.

Cuando una persona alcanza el nivel de consciencia asociado con el chakra pineal en el

cuerpo humano, es porque se está preparando para dejar su cuerpo y ascender al

siguiente nivel de consciencia, más allá de lo humano. En los doscientos mil años

anteriores de consciencia humana, sólo tres Maestros Ascendidos habían sido capaces de

alcanzarlo. Ahora, por supuesto, todo ha cambiado. Todos los ocho mil Maestros

Ascendidos han pasado ese nivel en los últimos diez años, llevando la consciencia humana

hasta la frontera de nuevas y realmente asombrosas posibilidades. Con el tiempo, todos

sabremos de lo que estoy hablando, pues ninguno de nosotros escapará a los cambios que

están a punto de sobrevenirnos.

La glándula pineal, situada muy cerca del chakra pineal, en el centro de la cabeza, es la

clave para el tercer ojo. Y el tercer ojo tiene posibilidades de largo alcance y que

superan en mucho lo que la mayoría de las enseñanzas permiten que se conozca en el

mundo exterior. Es el enlace entre el campo Mer-Ka-Ba y el Espacio Sagrado del Corazón.

Cuando ambos se unen, un ser humano se convierte en más que humano. Se extiende a la

divinidad. (El próximo libro que escriba explicará esto con gran detalle.)

Jesús no podría haber caminado sobre las aguas si no se hubiera abierto su tercer ojo y

los ocho rayos de luz procedentes del chakra pineal no hubieran salido sobre la superficie

de su cabeza. No es más que un dato cósmico.

Tras varias horas de búsqueda, Ken y yo nos rendimos, como habíamos hecho las veces

anteriores, y nos sentamos en los escalones de un templo pequeño, pero muy elegante, al

borde de la selva. Habíamos probado con el péndulo, con una aproximación psíquica y con

todo lo que conocíamos, pero nada había funcionado. Estábamos realmente cansados y la

sensación de estar perdidos inundó nuestros espíritus. Nos quedamos mirando hacia la

selva y pedimos ayuda interior.

De repente, un joven maya pasó corriendo a nuestro lado, vestido sólo con un taparrabos,

y desapareció en la jungla. Aquella imagen nos produjo la sensación de haber retrocedido

unos cuantos cientos de años. Era tan maya y tan real...

Sentimos una sacudida. Nos miramos mutuamente y supimos con exactitud qué era lo que

debíamos hacer, pero no el porqué. Sin pronunciar una sola palabra, corrimos tras el joven

y entramos en el muro de vegetación.

Un camino bien definido se alejaba de Palenque, y al cabo de unos minutos estábamos

avanzando por la selva más espesa que habíamos visto en México. Palenque no está

situado en Yucatán, sino en una zona denominada Chiapas, más hacia el interior del país.

Allí las colinas podrían denominarse montañas. Ésa es la belleza de Palenque; todos los

templos están edificados sobre montañas a diferentes alturas, lo que le da un cierto aire

de misterio.

Nuestro joven amigo maya había desaparecido. O bien era mucho más rápido que

nosotros, o bien había tomado otro sendero, pero aquello carecía de importancia.

Sabíamos que ése era el camino para encontrar el punto especial, aunque no sabíamos por

qué ni cómo.

Debimos caminar al menos once o doce kilómetros por la jungla. A esa distancia de la

civilización, la selva vuelve a la vida. De los árboles colgaban las serpientes y unos raros y

coloridos pájaros pasaron volando junto a nosotros para ver quién era el loco que

penetraba en aquel mundo misterioso. Todo estaba húmedo y viscoso, lo que nos hacía

resbalar y caer a cada momento. Pronto adquirimos el aspecto de dos mugrientos

mendigos escapando de la justicia. Pero nada podía detenernos.

De repente, el terreno cambió y comenzamos a correr cuesta arriba. Aquello parecía no

tener fin. En lo alto de la colina prácticamente tuvimos que escalar, usando nuestras

manos para auparnos a lo que parecía ser un saliente de la roca. Y entonces, cuando

alcanzamos la cumbre de la montaña, nos asomamos al otro lado para descubrir otro

mundo. Toda la falda sur era un campo de maíz. Resultaba enormemente extraño pasar de

la jungla salvaje, húmeda y fresca, aparentemente interminable, a un campo de maíz,

fabricado por el hombre, seco y cálido. Aquello supuso un fuerte choque para mi cuerpo.

No podíamos creer lo que estábamos viendo. Pero cuando nuestros ojos se volvieron a

acostumbrar a la luz, tras salir de la oscuridad de la maleza, pudimos ver que allá abajo,

en el valle que se encontraba frente a nosotros, había un auténtico pueblo maya, a poco

más de un kilómetro de distancia. Nos quedamos muy quietos y nos sentamos para

observar a sus pobladores.

Mi corazón se sentía inmensamente feliz de poder comprobar que los mayas seguían

viviendo igual que hacía cientos de años. Me eché a llorar. No pude evitarlo. Seguían vivos.

De alguna forma, me habían hecho creer que los mayas ya no conservaban sus antiguos

modos de vida y que habían sido asimilados por la civilización.

Había al menos quince cabañas redondas de hierba, con perros y otros animales

correteando a su alrededor. En un hoyo en el centro del grupo ardía un fuego. Unas

cuantas personas se movían de acá para allá entre las cabañas. Era como si hubiéramos

corrido hasta un pasado distante muy anterior a la llegada del hombre moderno.

Me invadió una sensación de paz y mi respiración se ralentizó, pues mi cuerpo

prácticamente había detenido su funcionamiento. Alguien se estaba comunicando conmigo.

Se me apareció la imagen de un templo y el espacio junto a él. No lo reconocí. La imagen

se concentró en una zona pequeña, de no más de un metro cuadrado, junto a una de las

paredes del templo. El punto especial para el cristal vibraba de energía. En ese momento

supe dónde debía plantarse.

Llevábamos allí sentados una media hora cuando, sin previo aviso para Ken, me levanté y

le dije.

—Ken, vámonos. Creo que sé lo que debemos hacer.

Ken no dijo ni una palabra. Pude ver que aquella experiencia también había sido fuerte

para él.

Cuando volvimos a Palenque, mi cuerpo se vio empujado directamente a través del

complejo del templo, por detrás del Templo de las Inscripciones; pasamos el palacio y el

observatorio astronómico, y llegamos a un pequeño templo que se encontraba a un lado, a

unos trescientos metros de distancia.

Al llegar a él, mi cuerpo se movió hacia una pared en concreto. Cuando llegué a aquella

zona, miré hacia el suelo y, en unos pocos minutos, encontré el punto exacto. Reconocí

cada piedra de aquel espacio de un metro cuadrado junto a la pared. Había estado allí

anteriormente.

Justo cuando el Sol se estaba poniendo, enterramos el cristal elevando oraciones para

que los sueños de los mayas y los de otras personas conectadas con aquella tierra

pudieran sincronizarse y crear una nueva realidad, un nuevo comienzo.

La séptima nota de la octava estaba terminada. La octava nota está, en realidad, en otra

dimensión, en otra octava, en otro ciclo. En otras palabras, el regreso de la energía a los

templos de Palenque estaba completando la primera espiral. La siguiente no estaba en

México, sino en Guatemala, y representaba el comienzo de un nuevo ciclo de consciencia.

El octavo chakra es una bola de energía, un diminuto campo Mer-Ka-Ba, que flota en el

espacio a un palmo de distancia sobre la cabeza. Es la primera nota de la siguiente octava

de la consciencia superior.

Khan Kha: un ojo

Di la espalda a la pared y al punto en que acabábamos de enterrar el cristal vivo, el punto

sagrado de luz, y mirando hacia la entrada di un paso al frente. Un terrible dolor me

atravesó la cabeza, especialmente entre los ojos, y me hizo tambalearme. Me rehíce y

consideré mi situación. No suelo padecer dolores de cabeza, quizá uno cada diez años, y

no suelen durarme más de unas horas. Pero en aquel momento estaba padeciendo uno de

los peores de mi vida. Parecía no proceder de ningún sitio.

Cuando busqué sus causas, descubrí que había abusado de mis habilidades psíquicas,

prácticamente infantiles. Había sido como utilizar los músculos de las piernas por primera

vez en muchos años y hacer una caminata de cuarenta kilómetros cuesta arriba. Los

músculos se agotan, y eso era lo que les había sucedido a mis habilidades psíquicas.

Necesitaba descansar lo antes posible.

Cerraron las puertas del templo detrás de nosotros cuando salimos. Habíamos sido los

primeros en entrar y los últimos en salir. El hotel se encontraba a pocos cientos de

metros, por lo que unos minutos después estábamos dejando el coche. Ken aparcó en la

cuneta, entre otros dos.

Salí y la primera cosa que vi fue la matrícula del coche aparcado delante de nosotros.

Era 444-XY-OO. Hace mucho tiempo, los ángeles me enseñaron que ver un número triple

en la Realidad posee un significado relacionado con lo que estás pensando o con tu

entorno. Tiene que ver con la música y con el hecho de que todas las notas de una octava

están separadas entre sí por intervalos de once ciclos por segundo. Por tanto, los

intervalos entre las notas son de 11, 22, 33, 44, 55, 66, 77, 88 y 99 ciclos por segundo, o

múltiplos de esos números, lo que nos presenta un afinamiento armónico o momento en el

tiempo, dado que toda la Realidad fue creada a través de los armónicos de la música.

Por eso, cuando aparecen números triplicados o repetidos más veces de cualquier

manera, representan físicamente un momento matemático en el tiempo que contiene los

armónicos del valor de ese número. En palabras humanas, 444 podría describirse como la

Escuela de Misterio, allí donde uno aprende acerca de la Realidad. Alice Bailey fue la

primera persona en escribir acerca de este significado de los números. Brevemente, he

aquí los significados de los números triples.

111= Flujo de energía: cualquier flujo energético, como la electricidad, el dinero, el agua,

la energía sexual, etc.

222 = Nuevo ciclo: el comienzo de un nuevo ciclo cuya naturaleza depende del siguiente

número triple que veas.

333 = Decisión: debes tomar una decisión, que te llevará al 666, lo que significa que

debes repetirla de alguna otra forma, o al 999, que significa culminación y que has

aprendido la lección.

444 = La Escuela de Misterio: lo que está ocurriendo en la vida es una lección para

aprender acerca de la Realidad. En esta escuela se trata de aprender, leyendo libros o

estudiando un tema, y no de hacer.

555 = Conciencia de la Unidad: es el número de alguien que ha obtenido la Conciencia de

la Unidad. Ha dominado todos los niveles de la Escuela de Misterio. Es el número más alto.

Es el número de Cristo.

666 = Consciencia de la Tierra: en la Biblia es el número de la Bestia, por lo que puede

representar el mal puro, pero también es el número de la humanidad y de la vida. El

carbono es la base de ésta, y este elemento cuenta con seis protones, seis neutrones y

seis electrones. Cuando vemos este número, suele significar que debemos estar alerta

ante los acontecimientos físicos que se presentan en ese momento, y que debemos tener

cuidado.

777 = La Escuela de Misterio: ésta es la parte de la escuela en la que no estás sólo

leyendo libros sobre la vida, sino poniéndolos en práctica.

888 = Culminación de una lección concreta en la Escuela de Misterio.

999 = Culminación de un ciclo de acontecimientos concreto.

000 = Carece de valor.

De pie junto al coche, y mientras observaba el 444, me pregunté qué era lo que se me iba

a presentar. Me di la vuelta y vi que la matrícula del coche que estaba detrás era 666.

Esto me indicó que la lección estaría relacionada con el plano físico. Me dirigí hacia el

hotel y, por primera vez, vi su nombre. Era el hotel Khan Kha. Me quedé mudo durante

cinco minutos pensando en lo que aquello significaba.

Cuando estaba a medio camino del hotel, Ken me vio de pie allí y volvió sobre sus pasos

hasta donde yo me encontraba.

—Drunvalo, ¿qué ocurre?

—Ken, mira el nombre del hotel.

— ¿No es ése el nombre del maya que habló contigo en Chi-chén Itzá?

—Sí —y le mostré las dos matrículas.

— ¡Vaya! ¿Qué crees que significa?

—Ken, no lo sé, pero creo que es importante. Recuerda: Khan Kha dijo que era el

arquitecto del Templo de las Inscripciones de Palenque. Es posible que realmente lo sea.

Nos encaminamos hacia nuestra habitación, charlando acerca de la lección que nos

estaba presentando la vida. Abrimos la puerta, entramos, e inmediatamente encontré una

nota doblada por la mitad sobre mi cama. La cogí, y Ken se colocó a mi lado mientras la

leía. Decía: «Gracias por todo lo que habéis hecho. Permaneceréis en el corazón del

pueblo maya por siempre». Y firmaba «Khan Kha».

Antes de que pudiera reaccionar ante la nota, Ken me la arrebató de las manos, la

contempló durante un segundo, me miró a los ojos, y dijo:

—Lo has hecho tú. Sé que lo has hecho tú. Khan Kha nunca escribió esta nota.

Intenté decirle que yo no tenía nada que ver con aquello, pero no me creyó. Durante casi

media hora estuvo gruñendo cosas como: «Seguro, un espíritu escribió esta nota y la

colocó sobre tu cama. ¿Es que te has creído que soy idiota?»

No paraba. Continuó murmurando hasta que, por fin nos quedamos dormidos.

Para que lo sepas, guardé la nota durante muchos años. Incluso ahora sigue siendo una

inspiración para mí.

Me costó dormirme, pues el dolor de cabeza no cesaba. Eventualmente, me quedé

traspuesto. Y de repente, en medio de la noche, me desperté. Algo me había sacado de un

profundo sueño. Me di la vuelta y miré hacia el espacio sobre mi cama. Allí había un

enorme ojo humano que me miraba fijamente. Al principio pensé que seguía soñando, pero

el ojo no se iba y la habitación era real.

Aquel ojo medía casi dos metros de ancho y algo más de uno de alto. Era

fundamentalmente dorado, pero el iris era verde y negro. De cuando en cuando,

parpadeaba.

He visto tantos fenómenos psíquicos a lo largo de mi vida que aquello no me alteró, pero

supe que tenía que entender lo que estaba ocurriendo. Mientras lo intentaba, una voz

masculina comenzó a hablar. Inmediatamente la reconocí. Era la de Khan Kha.

Comenzó a hablarme acerca de Palenque y de lo que había sucedido aquel día. De

repente, paró un segundo y dijo:

—Drunvalo, tienes un terrible dolor de cabeza. Debemos ponerle solución. Dentro de un

momento voy a enviarte un conocimiento que te lo curará. Pero ese conocimiento tiene un

significado y un propósito que exceden en mucho a tu dolor de cabeza.

Al instante siguiente, en un abrir y cerrar de ojos, recibí un conocimiento ancestral

relacionado con la glándula pineal del centro de la cabeza y con los rayos de luz que salen

del chakra pineal cuando se dan las debidas condiciones. Hice lo que me indicaba aquel

conocimiento y al instante desapareció el dolor. Resulta impresionante pasar del dolor a

la falta de él en unos segundos. Khan Kha dijo:

—Así está mejor —y siguió hablando de Palenque. En ese momento, Ken rebulló en su

cama. Supongo que fueron mis movimientos los que lo estaban despertando. Se giró para

mirarme, luego hacia lo alto de la habitación, y vio el inmenso ojo de Khan Kha.

Se sentó de un salto, tiró de las sábanas contra su pecho y gritó todo lo fuerte que

puede hacerlo un hombre adulto. Estoy seguro de que despertó a todo el hotel.

Rápidamente intenté calmarle:

—Ken, tranquilo. Sólo es Khan Kha.

Pero aquello no sirvió de nada. Ken estaba mirando fijamente hacia el fenómeno psíquico

y parecía estar en estado de shock.

Al cabo de unos minutos logré captar su atención y me escuchó cuando le dije que todo

iba bien. Creo que fue su primera experiencia de un fenómeno psíquico que apareciera en

la Realidad misma y no sólo dentro de su cabeza.

Tardamos un rato en volver a quedarnos dormidos, pero al cabo de un tiempo lo logramos.

La iniciación de Ken en Palenque completó el chakra pineal.

La reacción de Ken ante Khan Kha puso fin a la conversación, pero la información que me

había dado era de lo más interesante. Y al cabo de los años he descubierto la increíble

importancia que tiene para la consciencia humana en expansión. Es demasiado complicada

para un libro de relatos, pero algún día, en otro libro, te la explicaré claramente para que,

si lo deseas, puedas comprenderla y ponerla en práctica.

Guatemala

Me sentía completo. Ir al siguiente templo en Guatemala parecía un trabajo que casi no

necesitara ni ser terminado, pero sabíamos que sí debíamos hacerlo. Tikal era el lugar en

que debíamos terminar nuestro viaje. Aquél es el lugar donde viven los mayas más

ancianos y con mayores conocimientos. El Templo del Jaguar era el que guardaba el punto

de luz sagrado que necesitaba recibir el último cristal.

Sin embargo, allí tuvo lugar un acontecimiento del que los mayas no me dejan hablar. Lo

siento. Nuestro relato debe terminar en este punto. Quizá en un futuro, cuando llegue el

momento adecuado, pueda contar la historia de lo que realmente sucedió. Pero debo

obedecer, en honor al deseo maya, de que esta información quede reservada por el

momento.

In Lak'esh. Es el saludo y la despedida maya, y significa «tú eres otro yo».

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